Carta pastoral: La Sagrada Escritura – Carta de amor de la familia de Dios


Carta pastoral

«La Sagrada Escritura – Carta de amor de la familia de Dios»

sobre el tema del nuevo año eclesial 2026-2027


Al estimado clero concelebrante, a los venerables monjes y religiosas,


A los amados fieles greco-católicos y a todos los cristianos que aman a Dios:


Amados hermanos y hermanas en Cristo:


Sabemos que una carta implica un autor, un destinatario, un mensaje y una respuesta; pero también sabemos que una carta de amor debe leerse con atención, porque cada palabra lleva algo del corazón de quien la escribió. Del mismo modo, en la Sagrada Escritura, Dios es quien toma la iniciativa y se dirige a cada uno de nosotros. San Gregorio Magno, al preguntarse: «¿Qué es la Sagrada Escritura sino una carta de Dios Todopoderoso a su creación?», añadía esta exhortación: «Aprende a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios». En este sentido, deseamos que el año eclesial 2026-2027 sea, en nuestras comunidades, una oportunidad bendita para acercarnos más a Dios y redescubrir la Sagrada Escritura como una carta de amor que Dios dirige a su familia.


Para muchos de nosotros, la Sagrada Escritura ha representado probablemente uno de los primeros contactos con la realidad espiritual de la vida. Junto con las oraciones aprendidas de nuestros abuelos o padres, las páginas del Libro Sagrado nos revelan el mundo en el que vivimos y, con él, nuestra propia existencia, vista a través de los ojos de Dios e iluminada por el amor que acompaña a la creación desde sus inicios hasta su plenitud tal y como es descrita en el libro del Apocalipsis. Así, la Biblia nos ofrece la verdadera medida del mundo que nos rodea.


El Concilio Vaticano II expresa bellamente esta realidad: «En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale al encuentro de sus hijos con gran amor y conversa con ellos» (Dei Verbum, 21). ¡Recibamos también nosotros la Palabra viva del Padre celestial abriendo las Sagradas Escrituras y entrando en diálogo con Él! San Agustín nos asegura que la lectura de la Escritura no puede separarse de la oración: «Tu oración es tu hablar con Dios: cuando lees, Dios te habla; cuando oras, tú hablas con Dios». A medida que profundizamos en nuestra lectura, comprendemos que necesitamos la luz de Aquel que inspiró las Sagradas Escrituras: la gracia del Espíritu Santo. Somos como los discípulos de Emaús, a quienes el Hijo de Dios ilumina la mente y muestra cómo todo lo anunciado en el Antiguo Testamento conforma una única historia de salvación, que encuentra su plenitud en el Nuevo Testamento. Sobre todo, sin embargo, descubrimos que todo forma parte de un plan de amor que Dios prepara para cada uno de nosotros.


Queridos fieles:


Hoy tenemos una gran necesidad de leer y releer la Sagrada Escritura para recordar que, más allá de todo lo que vemos en el mundo en que vivimos, más allá de las crisis y las guerras, hay un cuidado misterioso de Dios por la humanidad, un cuidado que nunca cesa. Al leer la Biblia, comprendemos que no hay nada nuevo bajo el sol: en sus páginas encontramos momentos de crisis, dolor, muerte y pecado; y, sin embargo, en medio de todo ello, el plan de Dios sigue cumpliéndose. Lo mismo sucede hoy. La Sagrada Escritura nos ofrece la esperanza que tanto necesitamos y, a través de sus páginas, el Salvador nos asegura que está con nosotros «todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).


Con esta fe inquebrantable en la presencia de Cristo nuestra Iglesia vivió los años de persecución. El beato cardenal Iuliu Hossu, que se encontraba detenido, señalaba con sencillez y emoción: «Me alegraba mucho poder acceder a la Sagrada Escritura, al Antiguo y al Nuevo Testamento; así tenía lectura sagrada cada día». Tras estas palabras se esconde una experiencia espiritual de gran profundidad: el jerarca hallaba en la Escritura un alimento cotidiano, la presencia y el poder de Dios. Al meditar sobre este testimonio, podríamos preguntarnos: ¿qué espacio damos a la Sagrada Escritura en nuestras vidas, especialmente en el contexto actual, cuando la tenemos al alcance de la mano y nadie nos impide abrirla?


El hecho de que la Sagrada Escritura sea para nosotros una carta de amor de Dios se revela también en la ternura de las páginas que narran el doloroso momento de la crucifixión. Incluso en la hora de su propio sufrimiento, desde allí arriba, en la Cruz, Jesús piensa en nosotros y nos confía a su Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». (Jn 19, 26). La Santísima Madre de Dios es la Mujer bíblica anunciada desde el principio de la creación mediante la profecía del libro del Génesis (Gn 3, 15), y a quien encontramos de nuevo, en la plenitud de la historia, en el libro del Apocalipsis, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y coronada por las estrellas del cielo (Ap 12, 1). María es el signo visible del amor de Dios que acompaña nuestros tiempos turbulentos con su presencia materna a través de sus apariciones y nos infunde esperanza mediante la promesa reconfortante pronunciada en Fátima: «¡Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará!».


Si la Sagrada Escritura es la carta dirigida a la humanidad, la Santísima Virgen María es quien la recibe con corazón abierto, respondiendo: «¡Hágase en mí según tu palabra!» (Lc 1, 38). Ella sigue siendo nuestro modelo, porque nos enseña cómo debemos recibir la Palabra de Dios, vivirla y profesarla. Por ello sigue vigente la reflexión que san Ambrosio dirigió a los creyentes de su tiempo: «¡Que esté en cada uno el alma de María para glorificar al Señor!».


Queridos hermanos:


Así como el propósito de una carta es ser recibida y leída, también la Sagrada Escritura debe estar presente en nuestros hogares para ser acogida en nuestros corazones y vivida. Por eso os animo a hacer de la Biblia la guía de nuestras vidas. Leamos algunos versículos cada día y, pidiendo la luz del Espíritu Santo, preguntémonos: ¿Qué me dice Dios hoy a través de su Palabra? ¿A qué me llama? ¿Qué necesito cambiar en mi vida? ¿A quién estoy llamado a amar, perdonar, ayudar o animar?


Exhorto especialmente a los padres y abuelos a acercar a los niños y jóvenes a esta Carta de Amor. Una página del Evangelio leída en común o un salmo rezado en familia pueden permanecer en sus almas para toda la vida. También animo a los sacerdotes y a todos los agentes de pastoral a ayudar a los fieles a descubrir la belleza de la Palabra mediante la catequesis y la oración compartida en la Familia de Dios; pues esta Carta, aunque dirigida a cada uno de nosotros personalmente, está confiada al mismo tiempo a una familia: la Iglesia. Recibámosla y escuchémosla juntos en cada Divina Liturgia, donde Dios nos habla a través de las lecturas sagradas antes de entregarse a nosotros en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo. El plan de Dios para cada uno de nosotros se encuentra con su plan para los demás, del mismo modo que la vocación del Pueblo Elegido se cumple en la bendición que alcanza a todos los pueblos de la tierra. Por tanto, estamos llamados a poner en común los dones recibidos dentro de la Familia de Dios, viendo a los demás como hermanos y aceptando la invitación del Señor a estar junto a los pobres, los enfermos o los desalentados.


¡Y no olvidemos que esta Carta de Amor merece una respuesta! ¡Aquel que nos escribió primero porque nos amó antes de que aprendiéramos a amar espera nuestra respuesta! ¡Escribamos también nosotros a Dios, en nuestra vida cotidiana, páginas de amor demostrado mediante la fidelidad, el perdón y la entrega! ¡Que nuestras vidas se conviertan así en la respuesta viva y alegre a su amor por nosotros!


Por la intercesión de la Santísima Madre de Dios y de los beatos obispos mártires pido al Señor que nos acompañe en el nuevo año eclesiástico para que la Sagrada Escritura sea cada vez más luz para nuestros pasos, consuelo en las pruebas y fuente de esperanza en el camino de la salvación.


Con mi bendición jerárquica,


† Claudio


Arzobispo y Metropolitano de Alba Iulia y Făgăraș

Administrador de la Eparquía de Cluj-Gherla

Arzobispo Mayor de la Iglesia Rumana Unida con Roma, Greco-católica

Scrisoare pastorală: Sfânta Scriptură – Scrisoarea de iubire a Familiei lui Dumnezeu


Scrisoare pastorală 

 „Sfânta Scriptură – Scrisoarea de iubire a Familiei lui Dumnezeu”
despre tema noului an bisericesc 2026-2027

Onoratului cler împreună slujitor, cuvioșilor călugări și călugărițe,

Iubiților credincioși greco-catolici și tuturor creștinilor iubitori de Dumnezeu

Iubiți frați și surori în Cristos,


Știm că o scrisoare presupune un autor, un destinatar, un mesaj și un răspuns, dar și că o scrisoare de iubire se citește cu atenție, pentru că fiecare cuvânt poartă ceva din inima celui care a scris-o. Tot astfel, în Sfânta Scriptură, Dumnezeu este Cel care ia inițiativa și Se adresează fiecăruia dintre noi. Sfântul Grigore cel Mare, întrebându-se: „Ce este Sfânta Scriptură, dacă nu o scrisoare a Dumnezeului atotputernic către făptura Sa?”, a adăugat îndemnul: „Învață să cunoști inima lui Dumnezeu în cuvintele lui Dumnezeu”. În acest sens, ne dorim ca anul bisericesc 2026–2027 să fie, în comunitățile noastre, un prilej binecuvântat de a ne apropia de Dumnezeu și de a redescoperi Sfânta Scriptură ca pe o Scrisoare de iubire pe care Dumnezeu o adresează Familiei Sale.


Pentru mulți dintre noi, Sfânta Scriptură a reprezentat, probabil, unul dintre primele contacte cu realitatea spirituală a vieții. Împreună cu rugăciunile învățate de la bunici sau de la părinți, paginile Cărții Sfinte ne dezvăluie lumea în care trăim și, odată cu ea, propria noastră existență, privită prin ochii lui Dumnezeu și luminată de iubirea care însoțește creația de la începuturile ei până la împlinirea descrisă în cartea Apocalipsei. Astfel, Biblia ne oferă adevărata măsură a lumii care ne înconjoară.


Conciliul Vatican II exprimă în mod minunat această realitate: „În Cărțile sfinte, Tatăl care este în ceruri iese cu multă iubire în întâmpinarea fiilor Săi și vorbește cu ei” (Dei Verbum, 21). Să primim și noi Cuvântul viu al Tatălui ceresc, deschizând Sfânta Scriptură și intrând în dialog cu El! Sfântul Augustin ne încredințează că lectura Scripturii nu poate fi despărțită de rugăciune: „Rugăciunea ta este vorbirea ta către Dumnezeu: când citești, Dumnezeu îți vorbește; când te rogi, tu Îi vorbești lui Dumnezeu”. Pe măsură ce aprofundăm lectura noastră, ne dăm seama că avem nevoie de lumina Celui care a inspirat Sfânta Scriptură, de harul Spiritului Sfânt. Suntem asemenea ucenicilor de la Emaus, cărora Fiul lui Dumnezeu le luminează mintea și le arată cum toate cele vestite în Vechiul Testament alcătuiesc o unică istorie a mântuirii, care își află împlinirea în Noul Testament. Mai presus de toate, însă, descoperim că totul se înscrie într-un plan de iubire pe care Dumnezeu îl pregătește pentru fiecare dintre noi.


Iubiți credincioși,


Astăzi avem mare nevoie să citim și să recitim Sfânta Scriptură, pentru a ne aminti faptul că, dincolo de tot ceea ce vedem în lumea în care trăim, dincolo de crize și de războaie, există grija tainică a lui Dumnezeu pentru omenire, care nu încetează niciodată. Citind Biblia, înțelegem că nu este nimic nou sub soare: și în paginile ei întâlnim momente de criză, de durere, de moarte și de păcat; și totuși, în mijlocul acestora, planul lui Dumnezeu continuă să se împlinească. Așa este și astăzi. Sfânta Scriptură ne dăruiește speranța de care avem atâta nevoie, iar prin paginile ei, Mântuitorul ne asigură că este cu noi „în toate zilele, până la sfârșitul veacului!” (Mt 28,20).


Cu această credință neclintită în prezența lui Cristos a trăit Biserica noastră în anii persecuției. Fericitul Cardinal Iuliu Hossu, aflat în detenție, nota cu simplitate și emoție: „M-am bucurat mult că am putut ajunge la Sfânta Scriptură, Vechiul și Noul Testament; așa, aveam lectura sfântă zilnică”. În spatele acestor cuvinte se află o experiență spirituală de o mare profunzime: ierarhul găsea în Scriptură o hrană zilnică, prezența și puterea lui Dumnezeu. Meditând la această mărturie, ne-am putea întreba: cât loc oferim Sfintei Scripturi în viața noastră, mai ales în contextul de astăzi, când o avem la îndemână și nimeni nu ne împiedică să o deschidem?


Faptul că Sfânta Scriptură este, pentru noi, o scrisoare de iubire din partea lui Dumnezeu se descoperă și în gingășia paginilor care relatează momentul dureros al răstignirii. Chiar în ceasul propriei suferințe, de acolo, de pe Cruce, Isus Se gândește la noi și ne încredințează Mamei Sale: „Femeie, iată fiul tău!” (In 19,26). Maica Sfântă este Femeia biblică vestită încă de la începuturile creației, prin profeția din Cartea Facerii (Fac 3,15), și pe care o regăsim, la împlinirea istoriei, în cartea Apocalipsei, îmbrăcată în soare, cu luna la picioare și încununată de stelele cerului (Apoc 12,1). Maria este semnul vizibil al iubirii lui Dumnezeu, însoțind timpurile noastre zbuciumate prin prezența ei maternă, prin aparițiile ei, și dăruindu-ne speranță prin mângâietoarea promisiune de la Fatima: „În cele din urmă, Inima mea Neprihănită va triumfa!”.


Dacă Sfânta Scriptură este Scrisoarea adresată omenirii, Preasfânta Fecioară Maria este cea care o primește cu o inimă deschisă, răspunzând: „Fie mie după cuvântul Tău!” (Lc 1,38). Ea rămâne modelul nostru, deoarece ne arată cum trebuie să primim Cuvântul lui Dumnezeu, să îl trăim și să îl mărturisim. De aceea, gândul adresat de Sfântul Ambrozie credincioșilor din vremea sa își păstrează actualitatea: „Să fie în fiecare sufletul Mariei, pentru a-L preamări pe Domnul!”.


Dragii mei,


Așa cum rostul unei scrisori este acela de a fi primită și citită, tot așa Sfânta Scriptură trebuie să fie prezentă în casele noastre, să fie primită în inimi și să fie trăită. De aceea, vă îndemn să facem din Biblie călăuza vieții noastre. Să citim zilnic câteva versete și, cerând lumina Spiritului Sfânt, să ne întrebăm: Ce îmi spune astăzi Dumnezeu, prin Cuvântul Său? La ce mă cheamă? Ce trebuie să schimb în viața mea? Pe cine sunt chemat să iubesc, să iert, să ajut sau să încurajez?


Îi îndemn în mod deosebit pe părinți și pe bunici să îi apropie pe copii și pe tineri de această Scrisoare de iubire. O pagină din Evanghelie citită împreună sau un psalm rostit în familie pot rămâne în sufletele lor pentru întreaga viață. Îi îndemn, de asemenea, pe preoți și pe toți cei implicați în viața pastorală să îi ajute pe credincioși să descopere frumusețea Cuvântului prin cateheză și rugăciune, împreună, în Familia lui Dumnezeu, fiindcă această Scrisoare, chiar dacă este adresată fiecăruia dintre noi în mod personal, este, în același timp, încredințată unei familii: Biserica. Să o primim și să o ascultăm împreună, la fiecare Sfântă Liturghie, acolo unde Dumnezeu ne vorbește prin lecturile sfinte, înainte de a ni Se dărui în Trupul și Sângele Fiului Său. Planul lui Dumnezeu pentru fiecare dintre noi se întâlnește cu planul Său pentru ceilalți, așa cum vocația Poporului ales se împlinește în binecuvântarea care ajunge la toate popoarele pământului. De aceea, suntem chemați să punem împreună darurile primite, în Familia lui Dumnezeu, privindu-i pe ceilalți ca frați și surori și acceptând invitația Domnului de a fi alături de cei săraci, bolnavi sau descurajați.


Și să nu uităm că acestei Scrisori de iubire i se cuvine un răspuns! Cel care ne-a scris primul, pentru că ne-a iubit înainte ca noi să învățăm să iubim, așteaptă răspunsul nostru! Să-i scriem și noi lui Dumnezeu, în viața noastră de zi cu zi, pagini de iubire dovedită prin fidelitate, iertare și dăruire! Viața noastră să devină, astfel, răspunsul viu și plin de bucurie la iubirea Sa pentru noi!


Prin mijlocirea Maicii Sfinte și a Fericiților Episcopi Martiri, Îl rog pe Domnul să ne însoțească în noul an bisericesc, astfel încât Sfânta Scriptură să fie tot mai mult lumina pașilor noștri, mângâiere în încercări și izvor de speranță pe drumul mântuirii!


Cu arhierească binecuvântare,


† Claudiu


Arhiepiscop și Mitropolit de Alba Iulia și Făgăraș
Administrator al Eparhiei de Cluj-Gherla
Arhiepiscop Major al Bisericii Române Unite cu Roma, Greco-Catolică

15/08 - Dormición de la Santísima Madre de Dios y Siempre Virgen María


Después de la ascensión del Señor, la Madre de Dios permaneció bajo el cuidado del apóstol y evangelista Juan, y durante los viajes de este ella solía quedarse en la casa de sus allegados cerca del Monte de los Olivos. Su función en la primitiva iglesia fue ser fuente de consolación y de edificación tanto para los apóstoles como para los creyentes. 


Durante la persecución que inició el rey Herodes en contra de la joven Iglesia de Cristo (Hechos 12:1-3), la Madre de Dios y el Apóstol Juan se dirigieron a la ciudad de Éfeso en el año 43. También viajó a Chipre para estar con San Lázaro, el resucitado por el Señor, donde este era obispo, como también estuvo en el Monte Athos. San Esteban de la Santa Montaña dice que la Madre de Dios proféticamente dijo: “Dejad que este lugar sea entregado a mi hijo y Dios. Yo protegeré este lugar e intercederé ante Dios por él”.


De acuerdo a la Santa Tradición, basada en las palabras de los mártires Dionisios el Areopagita (3 de octubre) e Ignacio el revestido de Dios (20 de diciembre) San Ambrosio de Milán (7 de diciembre) tuvo la oportunidad de escribir en su obra “Sobre las vírgenes” que la Madre de Dios “era virgen no solo de cuerpo, sino también de alma, humilde de corazón, de pocas palabras, sabia en su mente, trabajadora y prudente. Su regla de vida era la de no ofender a nadie sino hacer el bien a todos”.


Las circunstancias en que sucedió la dormición de la Madre de Dios se conocieron en la Iglesia desde tiempos apostólicos. Ya en el primer siglo de la cristiandad, San Dionisio el Areopagita escribió sobre su “dormición”. En el siglo II, la historia de que su cuerpo subió a los cielos la encontramos en las obras de Melitón, Obispo de Sardis. En el siglo IV, San Epifanio de Chipre hace referencia a la tradición sobre la “dormición” de la Madre de Dios. En el siglo V, San Juvenal, Patriarca de Jerusalén, le dice a la Emperatriz Bizantina Pulqueria: “pese a que no existen datos sobre su muerte en las sagradas Escrituras, sabemos sobre todo esto de  la más antigua y creíble tradición”.  Dicha tradición fue expuesta en la historia de la Iglesia de Nicéforos Callistos durante el siglo XIV.


En el momento de su dormición, la Madre de Dios estaba de regreso en Jerusalén. Día y noche perseveraba en la oración e iba con frecuencia al Santo Sepulcro. En una de esas visitas, el Arcángel Gabriel apareció ante ella y le anunció que pronto dejaría esta vida. Así es que ella decidió visitar por última vez Belén llevando consigo las tres jóvenes que la atendían (Séfora, Abigail y Jael). Antes de esto le anunció a José de Arimatea y a otros discípulos que pronto partiría de este mundo.


En su oración, la Madre de Dios pidió que el Apóstol Juan  viniera a verla por última vez. El Espíritu Santo lo trajo desde Éfeso. Después de la oración, María ofreció incienso y Juan escuchó una voz del cielo que concluía la oración de la Virgen y que decía “amén”. La Madre de Dios interpretó que la voz significaba que pronto los apóstoles y los discípulos llegarían hasta el lugar en el que ella se encontraba.


Los creyentes, reunidos en gran número a su alrededor, dice San Juan Damasceno, escucharon las últimas palabras de la Madre de Dios.  Ninguno sabía la razón de encontrarse presentes en este lugar hasta que San Juan se acercó a ellos, con lágrimas, y explicándoles que el Señor había decidido juntarlos a todos nuevamente para la dormición de la Madre de Dios.


También apareció entre los presentes el apóstol Pablo con sus discípulos Dionisio el Areopagita, Hieroteos y San Timoteo y algunos de los setenta.


A la tercera hora del día (9 de la mañana) la dormición de la Madre de Dios se llevó a cabo. Los apóstoles se acercaron a su lecho y ofrecieron alabanzas a Dios. De repente, la luz de la divina Gloria resplandeció enfrente de ellos. El mismo Cristo apareció rodeado de ángeles y profetas.


Viendo a su Hijo, la Virgen María exclamó “mi alma magnifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi salvador por que ha visto la humildad de su esclava” (Lc 1:46). Así entregó su alma a su Hijo y Dios; milagrosa fue la vida de la Purísima Virgen y maravillosa su dormición.


A partir de ese momento comenzaron a preparar el entierro de su cuerpo purísimo. Los apóstoles fueron los encargados de llevar su féretro sobre sus hombros. Esta procesión se realizó por toda Jerusalén hasta llegar al jardín del Getsemaní.


Un sacerdote judío de aquella ciudad llamado Efonio, lleno de odio, quiso tirar el féretro que transportaba el cuerpo de la Purísima Madre de Dios. El Arcángel Miguel cortó sus manos. Viendo esto se arrepintió y confesó la majestad de la Madre de Dios y así comenzó a ser un ferviente seguidor de Cristo.


Cuando la procesión llegó al jardín del Getsemaní, los apóstoles y los discípulos comenzaron a dar el último adiós a la Virgen María. Recién a medianoche lograron depositar el cuerpo dentro del sepulcro y sellar la entrada con una gran piedra.


Por tres días no se fueron de ese lugar, orando y cantando salmos. Por la providencia de Dios, el apóstol Tomás no estuvo presente en el funeral. Llegando el tercer día a Getsemaní se acercó a la tumba y allí lloró preguntándose por qué no se le había  permitido a él presenciar la partida de la Madre de Dios. Los apóstoles decidieron abrir la tumba para que Tomás pudiera dar su último adiós. Cuando abrieron el sepulcro, solo encontraron sus lienzos y entendieron que su cuerpo también había sido recibido en los cielos por Nuestro Señor.


La tarde del mismo día, estando los apóstoles reunidos en una casa para poder comer, la Madre de Dios se les apareció y les dijo: “Regocíjense, estaré con ustedes todos los días de sus vidas”. Ellos exclamaron “Santísima Madre de Dios, sálvanos” iniciando esta exclamación que acompañará a la Iglesia eternamente.


Esta fiesta que celebramos todos los 15 de agosto es celebrada con mucha reverencia y especial solemnidad en el Getsemaní, el lugar de su entierro.


Una tumba que se convierte en escala para el cielo


Todas las liturgias de las Iglesias cristianas tienen un sentido pedagógico- o, mejor, mistagógico - muy claro. Este aspecto está subrayado claramente en las liturgias del Oriente cristiano: para los creyentes la liturgia es un maestro que instruye sobre la verdad de la fe.


De modo particular esta mistagogía/catequesis de la liturgia la encontramos en las celebraciones de la Madre de Dios, aquella que acogió en su vientre al Verbo eterno de Dios. La presencia de María articula los diversos momentos del año litúrgico de las Iglesias de tradición bizantina: la primera gran fiesta del ciclo litúrgico es la del 8 de septiembre, es decir, la Natividad de la Madre de Dios, y se cierra con la fiesta del 15 de Agosto, su Dormición. Todo el misterio de Cristo que se celebra a lo largo del año litúrgico comienza con la Natividad de María y se cierra con su tránsito y su plena glorificación.


El amor y la veneración por la Madre de Dios es el alma de la piedad de los Iglesias cristianas de Oriente y el corazón que vivifica la comunidad cristiana. El Oriente cristiano, desde sus comienzos, siempre ha contemplado a la Virgen inseparablemente insertada en el misterio del Verbo encarnado. Las Iglesias de Oriente, dirigiéndose a la Madre de Dios, saben que se dirigen a Aquella que intercede ante su Hijo.


La fiesta del 15 de agosto, que en los libros litúrgicos bizantinos lleva el título de "Dormición" de la Madre de Dios, celebra su tránsito y su plena glorificación encuadrándolos en el misterio pascual de Cristo, y es también una de las fiestas más populares entre los fieles. De hecho, es precedida por la llamada "pequeña cuaresma de la Madre de Dios", periodo de oración y de ayuno que comienza el uno de agosto; en estas dos semanas, mientras se llega al día de la fiesta, por la tarde se celebra el oficio de la Paráklisis ("súplica", "invocación", "consolación"), una oración a la Madre de Dios, muy popular y amada por los fieles. En ésta María es invocada como Madre de Dios, Virgen, Madre del Verbo encarnado, Virgen y Madre divina; títulos en relación a su divina maternidad, u otros relacionados a su función en el misterio de la redención: “poderosa en la intercesión, baluarte inexpugnable, fuente de misericordia, causa de alegría, fuente de incorruptibilidad, torre de seguridad”.


En la liturgia del 15 de Agosto, los textos del Oficio y de la Divina liturgia (troparios, kontákia) subrayan el gozo y la alegría. No el luto, el llanto por la muerte, sino la celebración, en su sentido más fuerte y más litúrgico del término, del tránsito de la Madre de Dios. Los textos de la fiesta se centran en todo el misterio de María en la economía de la redención: “protectora, fuente de Vida, trono del Altísimo, Madre de la eterna Luz, Madre de Dios”; Ésta está, como las demás criaturas, sometida a la muerte, pero la Vida que por Ella nació la hace nacer a la verdadera vida.


La liturgia de este día, con expresiones poéticas con frecuencia contrastantes, manifiesta y confiesa a Aquella que es la fe de la Iglesia: "La fuente de la vida es colocada en un sepulcro; la tumba se convierte en escala para el cielo". La profesión de fe de los primeros concilios de la Iglesia se refleja en la liturgia de hoy: "Esposa toda inmaculada y Madre del beneplácito del Padre, aquella que es elegida por Dios como lugar de su unión sin confusión, entrega hoy el alma inmaculada a Dios creador".


La liturgia eucarística ofrece a los fieles dos textos neotestamentarios: El primero (Filipenses, 2, 5-11) es el canto de la humildad de Dios; para glorificar a su creatura, es decir, al hombre, el Verbo de Dios se abaja y se hace hombre; para glorificar, para llevar al hombre a la primitiva gloria, belleza, el Verbo se hace hombre. Es como si la Liturgia Bizantina, concluyendo el año litúrgico – estamos en la última gran fiesta del calendario – entregase a la Iglesia y a cada cristiano estas palabras del Evangelio: Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica.


Finalmente, el icono de la Dormición de la Madre de Dios nos propone casi una “celebración” de la muerte de la Madre de Dios. Cristo en el centro de un semicírculo, con los ángeles entorno, tiene en sus brazos el alma de su Madre. María - muerta, o mejor dicho, adormecida - está colocada en el centro del icono sobre un lecho. Alrededor de Ella están los Apóstoles y unas mujeres llorando. Entre ellos, Pedro y Pablo, es decir, toda la Iglesia. En este icono el lecho de María es también el altar sobre el cual se celebra la liturgia: los Apóstoles que están celebrando alrededor de él, Cristo al fondo, en el ábside, que preside, Pedro que inciensa en el instante de la Gran Entrada.


En la celebración de la Dormición, María se convierte así en prototipo, es decir, en modelo, de la salvación para la Iglesia y para cada uno de los cristianos. María, la Madre de Dios, junto al Verbo encarnado, junto al misterio de la Iglesia, junto al misterio del hombre. El hombre atormentado y perdido conducido por María al puerto que es Cristo mismo; el hombre, objeto de la misericordia divina por medio de la Madre de Dios; el hombre alegrado por Aquella que engendra a Aquél que es la alegría del mundo, Cristo. El hombre es salvado por Dios gracias a la Encarnación del Verbo en el seno de María.


LECTURAS


En Vísperas


Gn 28,10-17: Jacob salió de Berseba en dirección a Jarán. Llegó a un determinado lugar y se quedó allí a pernoctar, porque ya se había puesto el sol. Tomando una piedra de allí mismo, se la colocó por cabezal y se echó a dormir en aquel lugar. Y tuvo un sueño: una escalinata, apoyada en la tierra, con la cima tocaba el cielo. Ángeles de Dios subían y bajaban por ella. El Señor, que estaba en pie junto a ella, le dijo: «Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abrahán y el Dios de Isaac. La tierra sobre la que estás acostado la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia será como el polvo de la tierra, y te extenderás a occidente y oriente, a norte y sur; y todas las naciones de la tierra serán benditas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy contigo; yo te guardaré donde quiera que vayas, te haré volver a esta tierra y no te abandonaré hasta que cumpla lo que he prometido». Cuando Jacob despertó de su sueño, dijo: «Realmente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía». Y, sobrecogido, añadió: «Qué terrible es este lugar: no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo».


Ez 43,27-44,4: Así dice el Señor: «Concluidos estos días, a partir del día octavo, los sacerdotes ofrecerán sobre el altar los holocaustos y sacrificios de pacificación, y yo os los aceptaré —oráculo del Señor Dios—». Luego me hizo volver al pórtico exterior del santuario que mira hacia oriente. Estaba cerrado. El Señor me dijo: «Este pórtico permanecerá cerrado. No se abrirá nunca y nadie entrará por él, porque el Señor, Dios de Israel, ha entrado por él. Por eso quedará cerrado. El príncipe, porque es príncipe, podrá sentarse allí para comer el pan en presencia del Señor. Entrará por el vestíbulo del pórtico y saldrá por el mismo camino». Después me llevó por el pórtico septentrional hasta la fachada del templo. Vi que la Gloria del Señor llenaba el templo del Señor.


Prov 9,1-11: La sabiduría se ha hecho una casa, ha labrado siete columnas; ha sacrificado víctimas, ha mezclado el vino y ha preparado la mesa. Ha enviado a sus criados a anunciar en los puntos que dominan la ciudad: «Vengan aquí los inexpertos»; y a los faltos de juicio les dice: «Venid a comer de mi pan, a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la inteligencia». Quien corrige al insolente recibe insultos; quien reprende al malvado, desprecios. No corrijas al insolente, que te odiará; reprende al sensato y te querrá; instruye al sabio, y será más sabio; enseña al honrado, y aprenderá. El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor, conocer al Santo implica inteligencia. Por mí prolongarás tus días, se añadirán años a tu vida.


En Maitines


Lc 1,39-49;56: En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá». María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo». María se quedó con ella unos tres meses y volvió a su casa.


En la Liturgia


Flp 2,5-11: Hermanos, tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre. 


Lc 10,38-42;11,27-28: En aquel tiempo, yendo ellos de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada». Mientras él hablaba estas cosas, aconteció que una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».



Fuente: lexorandies.blogspot.com / Arquidiócesis de Buenos Aires y Toda la Argentina (Patriarcado de Antioquía y Todo el Oriente) / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española
Adaptación propia