Incorporación de un nuevo sacerdote a nuestra comunidad


Durante la celebración de la Divina Liturgia, nuestra comunidad tuvo el pasado domingo 13 de septiembre de 2026 la alegría de recibir a un nuevo sacerdote, el P. Dominic Catrinescu, recién llegado a Madrid junto con su esposa Ana, y sus hijos Rodrigo y Efrén.



Cabe señalar que el P. Dominic es hijo del también sacerdote Sorin Catrinescu, que sirve en la provincia de Granada, en el territorio del Arciprestazgo greco-católico rumano de la Estrella del Oriente.



La llegada del P. Dominic permitirá intensificar la actividad pastoral y litúrgica de nuestra Capellanía en el ámbito del Arciprestazgo greco-católico rumano de la Madre de Dios, principalmente las zonas sur, norte y oeste de la Archidiócesis de Madrid (Pozuelo de Alarcón, Las Rozas. Majadahonda…) y la Diócesis de Getafe.



Damos gracias a Dios por esta gran noticia y le deseamos al P. Dominic y a su familia un ministerio fructífero y lleno de bendiciones de lo alto… ¡Que sea por muchos años!

14/09 - La Exaltación Universal de la Preciosa y Vivificadora Cruz


La fiesta del 14 de septiembre lleva como título en los libros litúrgicos de la tradición bizantina "Universal Exaltación de la Preciosa y Vivificante Cruz". Es una fiesta relacionada con la ciudad de Jerusalén y con la dedicación de la basílica de la Resurrección edificada sobre la tumba del Señor en el año 335, y también se celebra el hallazgo de la reliquia de la Cruz por parte de la emperatriz Elena y del obispo Macario.


La cruz tiene un lugar relevante en la liturgia bizantina: todos los miércoles y viernes del año se la conmemora con el canto de un tropario; además, se conmemora también el tercer domingo de Cuaresma y los días 7 de mayo y 1 de agosto. En los textos litúrgicos bizantinos la Cruz es presentada siempre como lugar de victoria: de victoria de Cristo sobre la muerte, de victoria de la vida sobre la muerte, lugar de derrota y muerte de la muerte. La celebración litúrgica del 14 de septiembre en la tradición bizantina está precedida por un día de pre-fiesta el 13, en el cual se celebra la dedicación de la basílica de la Resurrección, y se extiende con una octava hasta el 21 del mismo mes de septiembre.


El icono de la fiesta de la exaltación de la Cruz presenta la figura del obispo Macario elevando la santa Cruz, con diáconos a su alrededor; algunos iconos introducen también entre los personajes a la emperatriz Elena. El icono representa la misma celebración litúrgica del día con la gran bendición y veneración de la Cruz preciosa y vivificante. El icono, por tanto, hace presente el misterio que se celebra en este día y la liturgia misma que la Iglesia celebra. La ostensión y la exaltación de la cruz lleva, en primer lugar, a toda la creación a la alabanza de Aquel que en ella ha sido elevado, y a su victoria sobre la muerte: "La cruz exaltada de Aquel que en ella ha sido elevado induce a toda la creación a celebrar la inmaculada pasión: ya que fue matado con ella Aquel que nos había matado, Él nos ha dado vida de nuevo a los que estábamos muertos, nos ha dado belleza y nos ha hecho dignos, en su compasión, por su suma bondad, de obtener la ciudadanía en los cielos... Cruz venerabilísima que las huestes angélicas rodean gozosas, hoy, en tu exaltación, por el divino querer, levanta a todos aquellos que, por el engaño de aquel fruto, habían sido expulsados y habían sido precipitados en la muerte... Nosotros, por tanto, aclamamos: Exaltad a Cristo, Dios bondadosísimo, y postraos al estrado de sus pies...


En uno de los largos troparios de Vísperas se reseña casi toda la teología de la cruz y cómo la misma Iglesia la profesa y la vive. Poniendo en paralelo el árbol del paraíso con el árbol de la cruz, esta es presentada y mostrada como lugar de la salvación y de la vida; el engaño del primer árbol se convierte en vida en el segundo árbol: "Venid, naciones todas, adoremos el leño bendito por el cual se ha realizado la eterna justicia: ya que aquel que con el árbol ha engañado al progenitor Adán es alimentado en la cruz, y cae envuelto en una funesta caída, él, que se había adueñado tiránicamente de una criatura real...". El veneno de la serpiente es anulado por la sangre vivificante de Cristo en la cruz: "Con la sangre de Dios es lavado el veneno de la serpiente, y es anulada la maldición de la justa condena por la injusta condena infligida al justo: ya que con un árbol necesitaba sanarse el árbol, y con la pasión del impasible destruir en el árbol las pasiones del condenado...".


En esta fiesta la tradición bizantina da a la cruz de Cristo títulos que la relacionan directamente, como la liturgia misma lo hace también, con la Madre de Dios, con el misterio de la salvación obrado por Cristo mismo a través de la cruz. Y, al igual que en otras liturgias orientales, también la tradición bizantina da a la cruz como primer título el de puerta o llave que abre de nuevo el paraíso: "Alégrate, cruz vivificante, puerta del paraíso, sostén de los fieles, muro fortificado de la Iglesia: por ti es aniquilada la corrupción, destruido y engullido el poder de la muerte, y nosotros hemos sido elevados de la tierra al cielo. Arma invencible, enemiga de los demonios, gloria de los mártires, verdadero ornamento de los santos, puerto de salvación, tú das al mundo la gran misericordia".


La cruz es presentada, por tanto, como lugar y fuente de la salvación que nos viene por Cristo: "Alégrate, cruz del Señor, por la cual ha sido desatado de la maldición el género humano; eres señal del verdadero gozo, fortaleza de los reyes, vigor de los justos, decoro de los sacerdotes, tú que, siendo impresa, libras de graves males; cetro de poder con el cual somos pastoreados; arma de paz, que los ángeles veneran con temor; divina gloria del Cristo... Guía de los ciegos, médico de los enfermos, resurrección de todos los muertos... Cruz preciosa, por la cual la corrupción ha sido disuelta, la incorruptibilidad ha florecido, nosotros los mortales hemos sido deificados... Viéndote hoy alzada por las manos de los pontífices, nosotros exultamos a  Aquél que en ti ha sido alzado y te veneramos, viendo abundantemente la gran misericordia".


La liturgia de la exaltación de la cruz desarrolla toda la tipología veterotestamentaria que la tradición patrística ha comentado siempre como prefiguración de la cruz de Cristo y de la salvación que por ella viene al género humano. Dos son los textos veterotestamentarios que encontramos presentes en la liturgia de la fiesta: en primer lugar, Ex. 15, que es también la primera de las lecturas de Vísperas, que narra el encuentro con las aguas amargas de Mará, sanadas por el leño echado en ella por Moisés; y esto es recordado en la tradición bizantina cuando el sacerdote, para la consagración de las aguas bautismales, sumerge por tres veces la cruz en el recipiente de agua. En segundo lugar Ex. 17, donde se narra la victoria del pueblo de Israel contra Amalec por la oración de Moisés con las manos alzadas en forma de cruz, prefiguración de Cristo alzado en la cruz: "Teniendo las manos alzadas, Moisés te ha prefigurado, oh cruz preciosa, orgullo de los creyentes, sostén de los luchadores mártires, decoro de los apóstoles, defensa de los justos, salvación de todos los santos... Lo que Moisés prefiguró un tiempo en su persona, derrotando a Amalec y abatiéndolo, lo que el cantor David ordenó venerar como escabel de tus pies, tu cruz preciosa, oh Cristo Dios, esta que nosotros pecadores besamos hoy con labios indignos, celebrándote, que te has dignado dejarte clavar, y a ti te gritamos: Señor, al igual que al ladrón, haznos  a nosotros dignos también de tu reino".


P. Manuel Nin en L’Osservatore Romano

Traducción del italiano: P. Salvador Aguilera


Homilía sobre la Exaltación de la Santa Cruz


La Cruz que veneramos hoy es el centro del misterio de nuestra salvación. Es la revelación suprema del amor de Dios hacia sus criaturas, la revelación suprema, también, de nuestro proceso de aprendizaje del amor a Dios y del amor al prójimo.

La Cruz es el lugar de nuestra existencia y, sin embargo, san Pablo la llama locura: "La palabra de la Cruz es locura para los que se pierden, pero para los que se salvan, esto es, nosotros, es poder de Dios" (1 Co. 1, 18). La palabra de la Cruz es locura para el mundo. Hay un abismo infranqueable, humanamente hablando, entre la sabiduría de Dios y la sabiduría del hombre, de manera que quien es  sabiduría y amor de Dios es locura para el mundo y viceversa. Debemos penetrar en este misterio, en esta revelación crucificante del amor de Dios, del amor trinitario, del amor infinito, del amor que es la vida y el ser mismo de Dios, del amor que se extiende como un perfume sobre el mundo y sobre los corazones que lo quieran acoger.


Dios escogió el instrumento de la Cruz, instrumento de tortura, de sufrimiento, de total humillación para hacernos comprender el grado de humildad y postración que representa su descenso a nosotros. Alejándose de Dios por la desobediencia, el primer Adán y sus herederos se han alejado a una distancia infinita de su Creador. Sólo Dios podía recorrer esa distancia descendiendo hasta nosotros. Venir a nosotros implica para Dios un descenso que llamamos "Kenosis" y que quiere decir la voluntad divina de despojarse de su gloria, o al menos de ocultarla. El descender de Dios significa que el Hijo de Dios se hace también Hijo del hombre, manifestando, no sólo su propio amor, sino también el amor del Padre. En el diálogo de Jesús con Nicodemo le dice: "Tanto amó Dios al mundo (hay que insistir en esa palabra "tanto") que envió a su Hijo unigénito para que todo aquél que crea en Él noperezca, sino que tanga vida eterna" (Jn. 3, 16)


El Hijo de Dios que llega a nosotros nos conduce a la luz, como nos enseña el icono del Descenso al Hades (o de la Resurrección). Cristo nos rescata del infierno por la fuerza de su mano poderosa, por la fuerza de su amor. Rescata a Adán y Eva, y todos sus descendientes, del infierno en que ahora nos encontramos. El infierno no es propiamente un lugar, sino el estado de ausencia de Dios, del rechazo de Dios, Cada vez que caemos en el mal o en connivencia con el mal, estamos anticipando lo que podría ser nuestro infierno. Hoy se habla poco de esto, sin embargo es necesario decir que el infierno existe y añadir a continuación que Cristo descendió a ese infierno para sacarnos de él rompiendo sus puertas.


Mientras tanto ¿hacia dónde vamos nosotros? Somos las ovejas perdidas del salmo (118, 176) "Anduve errante como oveja descarriada, ven a buscar a tu siervo". Para que este encuentro entre Dios y el hombre caído pudiera realizarse era necesario que el Señor descendiera a través de la Cruz. La Cruz es la señal de la perfecta obediencia del Hijo al Padre, de la unidad de las voluntades divina y humana en Jesús. En la medida en que se acomoda plena y totalmente la voluntad humana de Jesús con la voluntad del Padre ("Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" Lc.22, 42), en esa medida nuestra voluntad humana puede también acomodarse a la voluntad de Dios y hacerse una con ella.


Siendo así que a través de la Cruz se desciende a los infiernos, se abre para todos un camino infinito de vida nueva y de ascenso a Dios. De la misma manera que la Cruz constituye el camino necesario del descenso y del amor de Dios revelado a los hombres para nuestra salvación, así también no hay para nosotros otro camino de vida divina y de obediencia a la voluntad de Dios que el de la Cruz y el sufrimiento que ello implica. En la medida en que rechacemos a Dios y nos revolvamos contra Él, así nos entregamos a las enfermedades del alma y del cuerpo, porque las enfermedades, sobre todo las del alma son una señal de nuestro rechazo a la gracia de Dios. Sólo la gracia divina es fuente de vida verdadera. Sólo el poder del Espíritu Santo es vivificante; sólo Él nos da la vida a nuestra alma y nuestro cuerpo. Es el Espíritu el que obra en nosotros ese profundo cambio que es la "metanoia", el arrepentimiento, conversión de vida que nos lleva al pie de la Cruz de Cristo con la Santísima Madre de Dios, con el discípulo amado, con Nicodemo y Juan de Arimatea, con las santas mujeres que miraban desde lejos. También nosotros estamos llamados a mantenernos al pie de la Cruz y a desear que esta Cruz se inscriba en nuestra propia existencia, a no conocer, como dice san Pablo, más que a Cristo, y a éste crucificado.


Esta conversión implica que toda nuestra voluntad se comprometa a gloriarnos de la Cruz de Cristo, como dice san Pablo: "por quien el mundo me es crucificado a mí y yo al mundo" (Gal. 6,14) Es participando de la Cruz de Cristo como recorremos el camino de la victoria pascual contra todas las fuerzas del mal que nos asaltan y nos rodean buscando destruirnos y alejarnos de Dios. Estamos llamados a cooperar en la obra de Cristo participando de sus sufrimientos para poder participar de su victoria y poder así ser coronados como vencedores, tal como promete el Espíritu a la Iglesia de Esmirna en el Apocalipsis; "Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida" (Ap. 2, 10).


Que cada signo de la Cruz que hagamos sea un gesto de apropiarnos de la Cruz de Cristo, de dar testimonio del poder y la sabiduría de Dios y de llevar a todos los que nos rodean la buena nueva de la Cruz y la Resurrección a la vida divina. Amén


+ Arch. Demetrio


LECTURAS


En Vísperas


Éx 15,22-27;16,1: Moisés hizo partir del mar Rojo a Israel, que se dirigió hacia el desierto de Sur. Caminaron tres días por el desierto sin encontrar agua. Llegaron a Mará, pero no pudieron beber el agua de Mará, porque era amarga. Por eso se llamó aquel lugar Mará. El pueblo murmuró contra Moisés, diciendo: «¿Qué vamos a beber?». Moisés clamó al Señor y el Señor le mostró un madero. Él lo echó al agua y el agua se volvió dulce. Allí el Señor dio leyes y mandatos al pueblo y lo puso a prueba, diciéndoles: «Si obedeces fielmente la voz del Señor tu Dios y obras lo recto a sus ojos, escuchando sus mandatos y acatando todas sus leyes, no te afligiré con ninguna de las plagas con que afligí a los egipcios; porque yo soy el Señor, el que te cura». Después llegaron a Elín, donde hay doce fuentes y setenta palmeras, y acamparon allí junto al agua. Toda la comunidad de Israel partió de Elín y llegó al desierto de Sin, entre Elín y Sinaí.


Prov 3,11-18: Hijo mío, no rechaces la reprensión del Señor, no te enfades cuando él te corrija, porque el Señor corrige a los que ama, como un padre al hijo preferido. Dichoso el que encuentra sabiduría, el hombre que logra inteligencia: adquirirla vale más que la plata, es más provechosa que el oro y más valiosa que las perlas; no se le comparan las joyas. En la diestra trae largos años, honor y riquezas en la izquierda; sus caminos son deleitosos, todas sus sendas prosperan; es árbol de vida para quienes la acogen, son dichosos los que se aferran a ella.


Is 60,11-16: Así dice el Señor: «Tendrán tus puertas siempre abiertas, ni de día ni de noche se cerrarán, para que traigan a ti la riqueza de los pueblos, guiados por sus reyes. La nación y el reino que no te sirvan perecerán, esos pueblos serán devastados. Vendrá a ti el orgullo del Líbano, el ciprés, el olmo y el abeto, para embellecer mi santuario y ennoblecer mi estrado. Los hijos de tus opresores vendrán a ti humillados, se postrarán a tus pies los que te despreciaban, y te llamarán “Ciudad del Señor”, “Sión del Santo de Israel”. Aunque abandonada, aborrecida y solitaria, haré de ti el orgullo de los siglos, la delicia de las generaciones. Mamarás la leche de los pueblos, mamarás al pecho de los reyes; y sabrás que yo soy el Señor, tu salvador, que tu libertador es el Fuerte de Jacob».


En Maitines


Jn 12,28-36: Dijo el Señor: «Padre, glorifica tu nombre». Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo». La gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir. La gente le replicó: «La Escritura nos dice que el Mesías permanecerá para siempre; ¿cómo dices tú que el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto? ¿Quién es ese Hijo de hombre?». Jesús les contestó: «Todavía os queda un poco de luz; caminad mientras tenéis luz, antes de que os sorprendan las tinieblas. El que camina en tinieblas no sabe adónde va; mientras hay luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz».


En la Liturgia


1 Cor 1,18-24: Hermanos, el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, frustraré la sagacidad de los sagaces. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el docto? ¿Dónde está el sofista de este tiempo? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo? Y puesto que, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen. Pues los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.


Jn 19,6-11,13-20,25-28,30: En aquel tiempo, cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». Pilato les dijo: «Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él». Los judíos le contestaron: «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios». Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más. Entró otra vez en el pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le dio respuesta. Y Pilato le dijo: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?». Jesús le contestó: «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor». Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo Gábbata). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos: «He aquí a vuestro rey». Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera; crucifícalo!». Pilato les dijo: «¿A vuestro rey voy a crucificar?». Contestaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que al César». Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed». Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.



Fuente: lexorandies.blogspot.com / metropoliespo.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

08/09 - La Natividad de la Santísima Madre de Dios


En la montañosa provincia del norte de Jerusalén, en la pendiente de una de las montañas cerca del valle Esdrelón, se ubicaba Nazaret. Era un pueblito pequeño, que históricamente no sobresalía en nada, por lo cual los hebreos se referían a él hasta con cierto desprecio, diciendo: "¿Podrá haber algo bueno de Nazaret?"


En este pueblito vivía la piadosa pareja, Joaquín y Ana, a quiénes el Señor eligió como antecesores del Salvador del mundo. Joaquín provenía de la casa del rey David, y Ana — era de la clase sacerdotal. La sobrina de Ana, la justa Elizabet, después fue la madre de Juan el Bautista y era prima hermana de la futura Virgen María.


El justo Joaquín era un hombre que estaba en una acomodada situación económica, y tenía mucha cantidad de ganado. A pesar de la abundancia, toda la vida de esta justa pareja, estaba impregnada por el espíritu de un devoto amor a Dios y por la caridad hacia el prójimo. Por estas cualidades ellos gozaban del respeto y el amor de todos. Los mortificaba, sin embargo, una pena: no tenían descendencia, lo cual entre los hebreos se consideraba como indicio de castigo Divino. Ellos pedían incesantemente a Dios que les enviare un hijo para su alegría, aunque hacia la vejez tenían ya poca esperanza de ello. Joaquín estaba muy apesadumbrado por la falta de hijos y una vez, trayendo sus ofrendas a Dios, escuchó de cierto Rabí un duro reproche: "¿Por qué razón quieres ofrecer tus dones a Dios antes que otros? ¡Pues tú no eres digno, por no tener descendencia (ser estéril)!" Por causa de tan grande aflicción el justo Joaquín se alejó al desierto para ayunar y rezar.


Al conocer esto, la justa Ana, considerándose a si misma culpable por la falta de descendencia, se angustió también y comenzó a orar a Dios todavía con mayor fervor, para que Él la escuchara y le mandara un niño. En uno de estos estados de oración, se le apareció un Ángel de Dios y le dijo: "Tu oración ha sido escuchada por Dios, y tu concebirás y de ti nacerá una hija bendita, superior a todas las hijas de la tierra. Por causa de Ella se bendecirán todas las razas de la tierra. Ponle por nombre María."


Habiendo escuchado estas dichosas palabras, la justa Ana inclinándose ante el Ángel le dijo: "¡Vive el Señor Mi Dios! ¡Si realmente naciera de mí un niño, lo entregaré al Señor para que esté a Su servicio! ¡Que Lo sirva, glorificando Su nombre durante toda su vida!"


Ese mismo Ángel del Señor se le apareció también al justo Joaquín, diciéndole: "Dios aceptó tus oraciones con benevolencia. Tu esposa Ana concebirá y alumbrará una hija, por Quien todo el mundo se regocijará. He aquí también la señal de la veracidad de mis palabras: ve a Jerusalén, y allí encontrarás a tu esposa en las puertas doradas."


San Joaquín se dirigió sin demora a Jerusalén, llevando consigo presentes para ofrecerlos a Dios, y también para los sacerdotes.


Llegado a Jerusalén, encontró a su esposa Ana, como lo predijo el Ángel, y relataron el uno al otro, todo lo que les fue anunciado, y, después de pasar un tiempo más en Jerusalén regresaron a su casa, en Nazaret. Pasado el tiempo establecido de su embarazo, la justa Ana dio a luz una hija, a la Cual llamó María, como lo ordenó el Ángel.


Después de pasado un año, Joaquín organizó un banquete, para el cual invitó a los sacerdotes, ancianos y a todos sus conocidos. Durante el banquete alzó a su Bendita Hija y, mostrándola a todos, pidió a los sacerdotes que La bendijeran.


El nacimiento de la Madre de Dios es para nosotros un día especialmente gozoso, porque con él se hizo realidad toda una serie de importantísimas profecías y pronósticos del Antiguo Testamento. Precisamente a Ella Dios La eligió para que fuera Aquella Virgen, Quien de acuerdo a las predicciones de Isaías, tenía que concebir sin semen del Espíritu Santo y dar a luz al Hijo-Emanuel, destinado a salvar al género humano de la maldición y muerte que pendían sobre él. Ella se convirtió en la misteriosa "escalera" que unió al Cielo con la tierra, vista en sueños por el patriarca Jacob (Hechos 28:12). Ella se hizo también "la puerta cerrada" quien según la visión del profeta Ezequiel (Ez. 44:2) traspasó el Señor Dios de Israel para visitar y liberar a su gente. Es también Ella la creación de la casa de la sabiduría de Dios (Prov. 9:1), que alumbra a todo hombre, que viene a este mundo (Juan 1:9), y que disipa las tinieblas de la incredulidad y el extravío.


En una palabra, el nacimiento de la Santísima Virgen María es para nosotros el comienzo del cumplimiento de todas las promesas Divinas, con las cuales vivió y se consoló la humanidad durante muchos milenios, — la manifestación al mundo de Aquel misterio oculto por siglos y generaciones, que estaba preparado desde la eternidad para la salvación y gloria del caído género humano.


Es por eso, que esta celebración, como enseña San Andrés de Creta es, "el principio de las festividades y sirve como puerta hacia la gracia y la verdad." San Juan Damasceno dijo: "el día de la natividad de la Madre de Dios es festividad de alegría universal, pues a través de Ella se renovó todo el género humano, y la aflicción de la madre Eva se convirtió en alegría."


Obispo Alejandro


«Hoy ha sido engendrada la Puerta que mira a Oriente»


De origen jerosolimitano, esta fiesta - que dura hasta el 12 de Septiembre - está vinculada a la dedicación de una iglesia en el lugar donde se cree que estuvo la casa de Joaquín y Ana, padres de María; es introducida en Constantinopla en el siglo VI y en Roma a finales del siglo VII. 


El 7, una prefiesta anuncia el gozo que la Natividad de María porta al mundo, porque la Virgen se convierte en la puerta por la que entra el Señor. La celebración tiene un trasfondo de personajes y temas tomados del Protoevangelio de Santiago, con la narración de la historia de Joaquín y Ana - ambos ancianos, estéril ella - que acogen con estupor y con asombro la bendición de Dios en el nacimiento de su hija. 


El oficio con la palabra "hoy" subraya la actualidad salvífica del misterio que celebra la liturgia, que no evoca hechos pasados, producidos una vez y únicamente recordados, sino que los hace presentes de modo vivo y real en la vida de la Iglesia y de cada uno de los cristianos. Las Vísperas ofrecen tres lecturas del Antiguo Testamento: la escala vista en sueños por Jacob (Gen 28, 10-17); la puerta cerrada a través de la cual pasará solamente el Señor (Ez 43-44); la Sabiduría que se construye una casa (Prov 9, 1-11). 


El texto de la profecía de Ezequiel ilumina diversos troparios que lo cantan en clave cristológica: "El libro del Verbo de la vida sale del seno materno; la puerta que mira a Oriente ha sido engendrada y aguarda la entrada del sumo sacerdote"; "única puerta del unigénito Hijo de Dios, que atravesándola la ha preservado cerrada"; "hoy las puertas estériles se abren y sale la divina puerta virginal"; "el profeta ha llamado a la Santa Virgen puerta intransitable, custodiada por nuestro único Dios: por Ella ha pasado el Señor, por Ella pasa el Altísimo y la deja sellada". 


También se muestran las figuras de madre e hija, Ana y María: la estéril engendra a Aquella que engendra al autor de la vida "porque de estéril raiz ha hecho germinar para nosotros, como planta portadora de vida, a su Madre"; "hoy las puertas estériles se abren y sale la divina puerta virginal. Hoy comienza la gracia a dar sus frutos, manifestando al mundo la Madre de Dios, por la cual las cosas terrestres se unen a las celestes, para la salvación de nuestras almas". 


Los textos himnográficos subrayan el paralelismo entre aquella que era estéril y aquella que engendra la vida: por medio de una mujer estéril el Señor hace nacer a la Virgen. Uno de los troparios del Matutino, además, a partir del libro de los Números (17, 23, con la vara florecida de Aarón), introduce el tema del árbol de la cruz en la vida de la Iglesia: "Una vara es tomada como figura del misterio ya que, con su florecimiento, ella designa al sacerdote: y para la Iglesia, un tiempo estéril, ha florecido ahora el árbol de la cruz como fuerza y apoyo". 


Los textos destacan la centralidad de María en el misterio de la salvación obrado por Cristo: "La reina, inmaculada esposa del Padre"; "el instrumento virginal, el tálamo real en el cual ha sido llevado a cumplimiento el extraordinario misterio de la infalible unión de las naturalezas que se unen en Cristo". Además, a partir de la lectura de Isaías (6, 6), María es invocada como "incensario de oro del divino carbón ardiente" que "colma de fragancia mi corazón". En las tradiciones litúrgicas orientales los santos misterios del Cuerpo y Sangre de Cristo son llamados "ascuas divinas", carbones ardientes que purifican los labios y el corazón del hombre. 


El icono de la fiesta retoma, con muchas semejanzas, el de nacimiento del Bautista y el de Cristo. En la parte central Ana está acostada sobre el lecho, tras haber parido a María, en la misma posición que Isabel y María. La vejez de Isabel, la esterilidad de Ana, la virginidad de María, mujeres símbolos de la Iglesia convertida en fecunda por medio del bautismo. Y en estos tres iconos el neonato es lavado en una palangana, con una simbología claramente bautismal. La celebración de la Natividad de la Madre de Dios porta así el gozo a todas las Iglesias, porque de Ella nacerá Aquél que, por medio de la Cruz y de la Resurrección, es la vida y la salvación de los hombres.


Mons. Manuel Nin


LECTURAS


En Vísperas


Gn 28,10-17: Jacob salió de Berseba en dirección a Jarán. Llegó a un determinado lugar y se quedó allí a pernoctar, porque ya se había puesto el sol. Tomando una piedra de allí mismo, se la colocó por cabezal y se echó a dormir en aquel lugar. Y tuvo un sueño: una escalinata, apoyada en la tierra, con la cima tocaba el cielo. Ángeles de Dios subían y bajaban por ella. El Señor, que estaba en pie junto a ella, le dijo: «Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abrahán y el Dios de Isaac. La tierra sobre la que estás acostado la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia será como el polvo de la tierra, y te extenderás a occidente y oriente, a norte y sur; y todas las naciones de la tierra serán benditas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy contigo; yo te guardaré donde quiera que vayas, te haré volver a esta tierra y no te abandonaré hasta que cumpla lo que he prometido». Cuando Jacob despertó de su sueño, dijo: «Realmente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía». Y, sobrecogido, añadió: «Qué terrible es este lugar: no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo».


Ez 43,27-44,4: Así dice el Señor: «Concluidos estos días, a partir del día octavo, los sacerdotes ofrecerán sobre el altar los holocaustos y sacrificios de pacificación, y yo os los aceptaré —oráculo del Señor Dios—». Luego me hizo volver al pórtico exterior del santuario que mira hacia oriente. Estaba cerrado. El Señor me dijo: «Este pórtico permanecerá cerrado. No se abrirá nunca y nadie entrará por él, porque el Señor, Dios de Israel, ha entrado por él. Por eso quedará cerrado. El príncipe, porque es príncipe, podrá sentarse allí para comer el pan en presencia del Señor. Entrará por el vestíbulo del pórtico y saldrá por el mismo camino». Después me llevó por el pórtico septentrional hasta la fachada del templo. Vi que la Gloria del Señor llenaba el templo del Señor.


Prov 9,1-11: La sabiduría se ha hecho una casa, ha labrado siete columnas; ha sacrificado víctimas, ha mezclado el vino y ha preparado la mesa. Ha enviado a sus criados a anunciar en los puntos que dominan la ciudad: «Vengan aquí los inexpertos»; y a los faltos de juicio les dice: «Venid a comer de mi pan, a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la inteligencia». Quien corrige al insolente recibe insultos; quien reprende al malvado, desprecios. No corrijas al insolente, que te odiará; reprende al sensato y te querrá; instruye al sabio, y será más sabio; enseña al honrado, y aprenderá. El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor, conocer al Santo implica inteligencia. Por mí prolongarás tus días, se añadirán años a tu vida.


En Maitines


Lc 1,39-49;56: En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá». María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo». María se quedó con ella unos tres meses y volvió a su casa.


En la Liturgia


Flp 2,5-11: Hermanos, tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre. 


Lc 10,38-42;11,27-28: En aquel tiempo, yendo ellos de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada». Mientras él hablaba estas cosas, aconteció que una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».



Fuente: fatheralexander.org / blogorandies.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española