02/02 - Presentación de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo en el Templo (el Santo Encuentro)


Para anunciar a Adán que he visto a Dios hecho niño


"El cuadragésimo día después de la Epifanía es celebrado verdaderamente aquí con gran solemnidad". Así la peregrina Egeria, en la segunda mitad del siglo IV, nos da testimonio de la celebración en Jerusalén, en la basílica de la Resurrección, de la Fiesta del Encuentro del Señor, con la proclamación del evangelio de Lucas (2, 22-40). La fiesta del 2 de febrero es una de las Doce Grandes Fiestas del año litúrgico, y así la considera Egeria parangonándola casi a la Pascua. Entre los siglos V y VI es celebrada en Alejandría, Antioquía y Constantinopla y, a finales del siglo VII es introducida en Roma por un Papa de origen oriental, Sergio I, que introducirá también la fiesta de la Natividad de María (8 septiembre), de la Anunciación (25 marzo) y de la Dormición de la Madre de Dios (15 agosto).


Con el título de "encuentro" (hypapànte) la Iglesia bizantina en esta fiesta quiere sobre todo subrayar el encuentro de Jesús con el anciano Simeón, es decir, el Hombre nuevo con el hombre viejo, y el cumplimiento de la espera de todo el pueblo de Israel representado por Simeón y Ana. La fiesta tiene un día de "pre-fiesta" y una octava. El Oficio del día, muy rico desde el punto de vista cristológico, subraya el misterio del encuentro del Verbo de Dios encarnado con el hombre, "el nuevo niño", "el Dios antes de todos los siglos" -como lo cantamos en Navidad- sale al encuentro del hombre. Uno de los troparios de vísperas ha entrado también como canto de ofertorio de la liturgia romana: "Adorna tu tálamo, oh Sión, y acoge al Cristo Rey; abraza a María, la celeste puerta, porque Ella ha llegado a ser el trono de los querubines, Ella porta al Rey de la gloria; es una nube de luz la Virgen porque lleva en sí, en la carne, el Hijo que existe antes de la estrella de la mañana".


En los textos del Oficio nos viene ofrecida una colección de imágenes bíblicas aplicadas a la Madre de Dios con un sustrato claramente cristológico. Resultan típicas y bellísimas confesiones cristológicas en un constante juego de contrastes: "Aquél que portan los querubines y cantan los serafines" he aquí "en los brazos de María" y "en las manos del santo anciano". Y Simeón, "portando la Vida, pide ser liberado de la vida", con una referencia conclusiva directamente pascual: "Deja que me vaya en paz, oh Soberano, para anunciar a Adán que he visto al Dios que existía antes de todos los siglos hecho niño".


El Oficio de Vísperas prevee también tres lecturas veterotestamentarias. La primera está tomada de los libros del Éxodo (13) y del Levítico (12), con la presentación y consagración a Dios de los primogénitos unida a la fiesta de la Presentación de Jesús en el templo el cuadragésimo día después de su nacimiento. Las otras lecturas están sacadas del profeta Isaías (6 e 12), con el tema de la santidad de Dios y de su salvación portada al hombre.


El mismo icono de la fiesta se funda en los textos del Éxodo, con la presentación de los primogénitos, y sobretodo en el evangelio de Lucas con el encuentro del Niño con Simeón. El icono pone de relieve particularmente el encuentro de Dios con el hombreinsistiendo de nuevo en el misterio de la Encarnación. La distribución iconográfica es muy clara: Jesús niño en el centro, a los lados, más cerca, María e Simeón, y José y Ana. Al fondo el altar y el baldaquino que lo cubre, reflejando la disposición típica del altar cristiano: baldaquino, altar y sobre éste el evangeliario.


Se necesita todavía subrayar la semejanza entre Simeón y Ana, por disposiciones y características iconográficas, y Adán y Eva en el icono pascual del descenso de Cristo a los infiernos: con la misma expresión Simeón y Adán, y Ana y Eva se vuelven hacia Cristo, en los dos iconos. En el del 2 de febrero es Simeón el que se inclina para acoger y abrazar a Cristo; en el de la Pascua es Cristo el que se inclina para acoger y abrazar a Adán. El icono de la fiesta del encuentro se convierte en preanuncio de otro gran encuentro: cuando el Hombre nuevo, Cristo, desciende al Hades para rescatar al hombre viejo, Adán.


La fiesta del 2 de febrero es, por tanto, una fiesta con un carácter fuertemente pascual, y es un anuncio evidente de la resurrección . "Gózate, Madre de Dios, Virgen llena de gracia: de Tí, en efecto, ha salido el sol de justicia, Cristo nuestro Dios, que ilumina a los que están en las tinieblas. Gózate también Tú, oh anciano justo, acogiendo entre los brazos al liberador de nuestras almas que nos da también la resurrección". En este tropario de la fiesta, que concluye con la frase "nos da también la resurrección", resuenan los versos conclusivos del tropario pascual, que dice: "y a aquellos que están en los sepulcros les ha dado el don de la vida". Así la fiesta del Encuentro de Jesús niño con el anciano Simeón es la fiesta del Encuentro de Dios, por medio de la Encarnación del Hijo, con la humanidad, con cada hombre. Encuentro que tiene lugar en el Templo, es decir en la vida eclesial de cada cristiano, de cada uno de nosotros.


Mons. Manuel Nin

Traducción del original italiano: P. Salvador Aguilera


Aspectos históricos


La fiesta del 2 de febrero se celebra desde muy antiguo: el primer testimonio que tenemos es ya del siglo IV, en Jerusalén (por supuesto, nada impide que sea aun anterior). El «Itinerarium Egeriae» (la peregrinación de la monja hispana Egeria a los lugares santos, hacia el 384) nos dice, en su capítulo XXVI:


«A los cuarenta días de la Epifanía se celebra aquí una gran solemnidad. Ese día se hace procesión en la Anástasis, todos marchan y actúan con sumo regocijo, como si fuera pascua. Predican también todos los presbíteros y el obispo, siempre sobre lo que trata el evangelio de la fiesta, de cuando a los cuarenta días José y María llevaron al templo al Señor, y lo vieron Simeón y la profetisa Ana, hija de Fanuel, de las palabras que dijeron, al ver al Señor, o de la ofrenda que hicieron sus padres. Así se realiza todo por su orden y según costumbre, se hace la ofrenda y así finaliza la misa.»


La «Anástasis» era la sección del templo de Constantino en Jerusalén, que quedaba sobre el lugar donde se había producido la resurrección (anástasis) del Señor. Notemos que la fiesta es "40 días después de Epifanía", es decir, hacia el 24 de febrero, porque aun no era práctica en Oriente celebrar la Navidad el 25 de diciembre, costumbre que recién comenzaba en Occidente, y que llegará a Oriente hacia el siglo VI.


Para el siglo VI la celebración se hacía ya el 2 de febrero también en Oriente, sin que disminuyera la gran solemnidad que ya nos comentaba Egeria, puesto que el propio emperador Justiniano (que gobernó entre el 527 y el 565) decreta ese día como festivo para todo el imperio de Oriente.


Egeria no dice cómo se llama esa celebración que se hace "con sumo regocijo, como si fuera Pascua", pero su contenido lo podemos deducir de lo que trataban las predicaciones de los presbíteros: de la subida al templo, del encuentro con Simeón y Ana, de la ofrenda... es decir, lo que corresponde a la narración de Lucas 2,22-39, se trata sin duda de lo mismo que conmemoramos hoy.


Sin embargo, ese texto evangélico es muy amplio y complejo, y cada época, y hasta variando con los lugares, ha hecho un énfasis distinto en lo que se quiere significar con la celebración. Así, en Oriente se celebra más bien el encuentro de Jesús con el Padre a través de las palabras proféticas de Simeón, y la fiesta recibe el nombre de "hypapantí", que significa "encuentro".


El papa de Roma Sergio I (687-701) instituye en esta fecha la procesión de candelas desde la iglesia de San Adrián hasta Santa María la Mayor; las candelas se pusieron en relación con la frase de Simeón «luz para alumbrar a las naciones», sin embargo, la procesión era penitencial, y no se corresponde muy bien con el sentido de ese texto, lo que hace pensar en la amalgama de alguna procesión o celebración preexistente.


San Beda, que fue contemporáneo, nos dice que esta celebración de las candelas reemplazaba a las Lupercalias romanas (una fiesta pagana por la fecundidad); sin embargo tal reemplazo se había producido ya dos siglos antes, a mediados del IV, por obra del papa Gelasio, y ocurría el 14 de febrero, fiesta del mártir san Valentín (que por ello queda asociado a las parejas de enamorados). Quizás la noticia de Beda significa que el 2 de febrero sustituye al 14 como procesión de candelas, y por tanto tiene su remoto origen en la fiesta pagana de las Lupercalias, que no se celebraban ya.


Lo cierto es que en Occidente el nombre de la fiesta fue doble: uno popular en alusión a la procesión con velas, "Candelaria", y otro el nombre litúrgico, "Purificación de la Virgen María"; a su vez "Candelaria" -que en principio sólo indicaba que en esta celebración tenían un papel destacado las velas- devino, con el tiempo, una advocación de la Virgen: Nuestra Señora de las Candelas, o de la Candelaria.


Con esto se perdió para la iglesia latina uno de los sentidos de la celebración, el más cristológico, centrado en el Hijo, más que en la Madre. La reforma litúrgica del Vaticano II quiso volver a centrar la fiesta en su aspecto cristológico, y le puso el nombre de «Presentación del Señor», relacionándola, a través de la explicación de la fiesta que hace el Martirologio, con la fiesta de Hypapante de la liturgia griega, poniendo explícitamente por encima de todo la proclamación de la profecía de Simeón, antes incluso que el "cumplimiento total de la ley", que es otro de los aspectos de esta fiesta.


LECTURAS


En Vísperas


Éx 12,51;13,1-2,3,10,11-12,14-16;22,28;Lev 12,2,3,4,6,8;Núm 8,16,17: Aquel mismo día, el Señor sacó de la tierra de Egipto a los hijos de Israel, por escuadrones. El Señor dijo a Moisés: «Conságrame todo primogénito; todo primer parto entre los hijos de Israel». Moisés dijo al pueblo: «Recuerda este día en que salisteis de Egipto, de la casa de esclavitud, pues con mano fuerte os sacó el Señor de aquí. Observarás este mandato. Cuando el Señor te introduzca en la tierra de los cananeos, como juró a tus padres, y te la haya entregado, consagrarás al Señor todos los primogénitos, si es macho. Y cuando el día de mañana tu hijo te pregunte: “¿Qué significa esto?”, le responderás: “Con mano fuerte nos sacó el Señor de Egipto, de la casa de esclavitud. Como el faraón se había obstinado en no dejarnos salir, el Señor dio muerte a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde el primogénito del hombre al del ganado. Por eso yo sacrifico al Señor todo primogénito macho del ganado. Pero a los primogénitos de los hombres los rescato”. Esto será como señal sobre tu brazo y signo en la frente. Me darás el primogénito de tus hijos. Cuando una mujer quede embarazada y tenga un hijo varón, el octavo día será circuncidado el niño; y ella permanecerá treinta y tres días más sin entrar en el Santuario hasta terminar los días de su purificación. Al cumplirse los días de su purificación, presentará al sacerdote, a la entrada de la Tienda del Encuentro, un cordero de un año como holocausto, y un pichón o una tórtola como sacrificio expiatorio. Si no le alcanza para ofrecer una res menor, tome dos tórtolas o dos pichones, y el sacerdote hará por ella el rito de expiación, porque son donados a mí, de parte de los hijos de Israel, en lugar de todos los primogénitos, tanto de hombres como de ganados: me los consagré el día que di muerte a todos los primogénitos egipcios».


Is 6,1-12: El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Junto a él estaban los serafines, cada uno con seis alas: con dos alas se cubrían el rostro, con dos el cuerpo, con dos volaban, y se gritaban uno a otro diciendo: «¡Santo, santo, santo es el Señor del universo, llena está la tierra de su gloria!». Temblaban las jambas y los umbrales al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije: «¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de gente de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Señor del universo». Uno de los seres de fuego voló hacia mí con un ascua en la mano, que había tomado del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: «Al tocar esto tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado». Entonces escuché la voz del Señor, que decía: «¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?». Contesté: «Aquí estoy, mándame». Él me dijo: «Ve y di a esta gente: “Por más que escuchéis no entenderéis, por más que miréis, no comprenderéis”. Embota el corazón de esta gente, endurece su oído, ciega sus ojos: que sus ojos no vean, que sus oídos no oigan, que su corazón no entienda, que no se convierta y sane». Pregunté: «¿Hasta cuándo, Señor?». Me respondió: «Hasta que las ciudades queden devastadas y despobladas, las casas sin gente, los campos yermos. Porque el Señor alejará a los hombres, y crecerá el abandono en el país».


Is 19,1,3,4,5,12,16,19-21: Oráculo contra Egipto. El Señor cabalga sobre una nube ligera, entra en Egipto. Vacilan ante él los ídolos de Egipto, y la audacia de Egipto se disuelve en su pecho. El valor de Egipto se desvanecerá, haré vanos su planes. Entregaré Egipto al poder de duros señores —oráculo del Señor, Dios del universo—. Se secarán las aguas del mar, el río quedará seco y árido. ¿Dónde están tus sabios? Que te anuncien, si lo saben, lo que ha decidido el Señor del universo contra Egipto. Aquel día los egipcios serán como mujeres, se asustarán y temblarán ante un gesto de la mano del Señor del universo, que él agita contra ellos. Aquel día habrá un altar del Señor en medio de Egipto y una estela junto a su frontera dedicada al Señor. Será signo y testimonio del Señor del universo en tierra egipcia. Si claman al Señor contra el opresor, él les enviará un salvador y defensor que los libere. El Señor se manifestará a Egipto, y Egipto reconocerá al Señor aquel día. Le ofrecerán sacrificios y ofrendas, harán votos al Señor y los cumplirán.


En Maitines


Lc 2,25-32: En aquel tiempo, había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel».


En la Liturgia


Heb 7,7-17: Hermanos, está fuera de discusión que el mayor bendice al menor. Y aquí los que cobran el diezmo son hombres que mueren, mientras que allí fue uno de quien se declara que vive. Por así decirlo, también Leví, que es quien cobra el diezmo, lo pagó en la persona de Abrahán, pues aquel estaba ya presente en su padre cuando Melquisedec le salió al encuentro. Si la perfección se alcanzara mediante el sacerdocio levítico —pues el pueblo había recibido una ley respecto al mismo—, ¿qué falta hacía que surgiese otro sacerdote en la línea de Melquisedec y no en la línea de Aarón?Porque cambiar el sacerdocio implica forzosamente cambiar la ley; y aquel de quien habla el texto pertenece a una tribu diferente, de la cual nadie ha oficiado en el altar. Es cosa sabida que nuestro Señor procede de Judá, una tribu de la que nunca habló Moisés tratando del sacerdocio. Y esto resulta mucho más evidente si surge otro sacerdote a semejanza de Melquisedec, que no ha llegado a serlo en virtud de una legislación carnal, sino en fuerza de una vida imperecedera; pues está atestiguado: Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec.


Lc 2,22-40: En aquel tiempo, sus padres llevaron al niño Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones». Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones». Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.



Fuente: www.lexorandies.blogspot.it / eltestigofiel.org / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

El período del Triodio


“Para no hacer inútil el ayuno"


"Ayunando de alimentos, alma mía, sin purificarte de las pasiones, en vano te alegras por la abstinencia, porque si ésta no llega a ser para tí ocasión de corrección, eres mentirosa y odias a Dios y te asemejas a los demonios que no comen nunca. No hagas, por tanto, inútil el ayuno pecando, sino permanece inmóvil bajo los impulsos inconscientes, dándote cuenta que estás junto al Salvador crucificado, o mejor que estés crucificada junto a Aquél que por ti ha sido crucificado, gritándole: acuerdate de mí Señor, cuando llegues a tu Reino".


Este tropario de la tercera semana de la pre-cuaresma en la tradición bizantina, resume de modo incisivo lo que es el periodo cuaresmal de cualquier tradición cristiana: el ayuno y la abstinencia son vanos si no se corresponden con una verdadera conversión del corazón.


En la tradición bizantina el periodo de diez semanas que precede la Pascua es llamado Triodion - nombre que indica las tres odas bíblicas cantadas en el oficio matutino - y comprende la pre-cuaresma y la cuaresma. El periodo pre-cuaresmal es común a todas las tradiciones litúrgicas cristianas, del Triodion bizantino, al Ayuno de los ninivitas siríaco, al Ayuno de Jonás de los coptos, a la Septuagésima en la antigua tradición latina.


También se llama Triodio el libro litúrgico usado por la Iglesia bizantina para este período. El período que cubre el libro se extiende desde el Domingo del fariseo y el publicano (la décima semana antes de Pascua: veintidós días antes del comienzo de la Gran Cuaresma), y concluye con el oficio de medianoche del Sábado Santo. El libro del Triodio contiene, pues, los propios para:


-El período de Pre-Cuaresma, comienza con una semana en la que no hay ayuno, incluidos los miércoles y viernes, que normalmente se mantienen como días de ayuno durante todo el año (con pocas excepciones).


-La semana siguiente se llama de Carnaval (gr. Apókreō; literalmente: "Dejar de comer carne"). El Carnaval marca el cambio de dieta a la práctica de ayuno de la Cuaresma: la carne ya no se come después del Primer Domingo (es decir, el octavo domingo antes de la Pascua), mientras que para la semana siguiente, que culmina el Domingo de ‘Quesoval’, justo antes del Lunes Limpio o Puro, se puede comer leche y productos lácteos, pero no carne ni huevos.


-Los Cuarenta Días de Gran Cuaresma en sí, que comienzan el Lunes Limpio o Puro, y para los cuales se trata de una dieta sin productos de origen animal, con el agregado de que en muchos días también se excluye el uso de aceite. En dos fiestas específicas durante la Cuaresma (la Anunciación y el Domingo de Ramos), se permite el pescado. El ayuno se prescribe hasta la Pascua.


-Sábado de Lázaro y Domingo de Ramos.


-Semana Santa (incluido el oficio de medianoche de Sábado Santo).


La cuaresma bizantina, verdadera y propiamente, comprende cuarenta días - del lunes de la primera semana al viernes anterior al Domingo de Ramos - y trata las semanas de lunes a domingo, presentando el camino semanal hacia el Domingo al igual que la misma Cuaresma hacia la Pascua. También hace una clara distinción ente el sábado y el domingo y los demás días: en los primeros se celebra la Divina liturgia (el domingo con la anáfora de san Basilio, el sábado con la de san Juan Crisóstomo), mientras que en los días feriales solo el oficio de las horas, añadiendo durante las vísperas del miércoles y el viernes la Liturgia de los Presantificados, es decir, la comunión con el Cuerpo y la Sangre del Señor consagrados el domingo anterior. 


La cuaresma bizantina es un periodo muy rico en la elección de los textos bíblicos: salmos, lecturas; en la himnografía y en las lecturas de los padres. Los textos himnográficos se centran, sobretodo, en el tema del alma humana, dominada por el pecado, que encuentra por medio de la Cuaresma la posibilidad de la salvación. En los cuatro domingos de la pre-cuaresma encontramos los grandes temas que marcan el camino cuaresmal: la humildad (domingo del publicano y del fariseo); el retorno a Dios misericordioso (domingo del hijo prodigo); el juicio final (domingo de carnaval), el perdón (domingo de los laticinios). En este último domingo se conmemora la expulsión de Adán del paraíso: Adán, creado por Dios para vivir en comunión con él en el paraíso, a causa del pecado ha sido expulsado de allí, pero en la cuaresma comienza el camino de retorno que culminará cuando Cristo mismo, en el misterio pascual, desciende a los infiernos y le da su mano para llevarlo de la muerte y regresarlo al Paraíso, que es casi perfonificado en la oración de la Iglesia. Al final de las vísperas del cuarto domingo se celebra el rito del perdón con el cual se inicia la cuaresma. 


La cuaresma dura cuarenta días, con cinco domingos. En cada uno de ellos vemos un doble aspecto: por una parte las lecturas bíblicas que preparan al bautismo, por otra los aspectos históricos y hagiográficos. En el domingo de la Ortodoxia la vocación de Felipe y Natanael es modelo de la vocación de cada ser humano y se celebra el triunfo de la recta fe sobre la iconoclastia y el restablecimiento de la veneración de los iconos. En el domingo de san Gregorio Palamas se recuerda la fe del paralítico curado por Cristo. El domingo de la Exaltación de la Santa Cruz está dedicado a la veneración de la Cruz victoriosa de Cristo, llevada solemnemente al centro de la iglesia y es venerada por los fieles durante toda la semana como signo de victoria y de gloria, no de sufrimiento. En el domingo de san Juan Clímaco, modelo de ascesis, se celebra la curación del endemoniado, y en el de santa María Egipciaca, modelo de arrepentimiento, el anuncio de la resurrección. El sábado de la quinta semana se canta el himno "Akathistos", oficio dedicado a la Madre de Dios. 


La sexta y última semana de cuaresma, llamada de Ramos, tiene como centro la figura de Lázaro, el amigo del Señor, desde el momento de la enfermedad, hasta la muerte y su resurrección. Los textos nos acercan a aquello que se manifestará plenamente en los días de la Semana Santa, es decir, la Filantropía de Dios manifestada en Cristo, su amor real y concreto por el hombre. Toda la semana está enmarcada en la contemplación del encuentro, ya cercano, entre Jesús y la muerte, la de su amigo primero, la suya propia la semana después. Los textos litúrgicos nos invitan a involucrarnos en este camino de Jesús hacia Betania, hacia Jerusalén. En la Liturgia bizantina no somos nunca espectadores, sino siempre somos participantes y concelebrantes, presentes en la liturgia y en el evento de salvación que la liturgia celebra. Con las vísperas del sábado de Lázaro se concluye el periodo cuaresmal. 


A lo largo de toda la cuaresma, la tradición bizantina recita al final de todas las horas del oficio la oración atribuida a san Efrén el Sirio, que resume el camino de conversión de cada cristiano: "Señor y Soberano de mi vida, no me des un espíritu de pereza, de indolencia, de soberbia, de vaniloquio. Dame, a mí, tu siervo, un espíritu de sabiduría, de humildad, de paciencia y de amor. Sí, Señor y Rey, dame el ver mis pecados y el no condenar a mi hermano, porque tú eres bendito por los siglos".


Manuel Nin

Traducción del original italiano: Salvador Aguilera López



Fuente: lexorandies.blogspot.com / Varias

Adaptación propia

07/01 - Sinaxis del Santo Profeta, Precursor y Bautista Juan


Hoy celebramos la Sinaxis en honor del sacratísimo Precursor, que ministró en el Misterio del Divino Bautismo de nuestro Señor Jesucristo.


Fue uno de los más hermosos momentos –y el más impresionante–en la vida del Salvador Jesucristo. Sucedió en las orillas del Río Jordán en Palestina.


Tal como lo han hecho notar a través de los siglos muchos de los Padres de la Iglesia, también fue el momento decisivo en el cual comenzó el ministerio salvador del Redentor. Desde este momento en adelante, el recién bautizado Hijo de Dios estaría completamente comprometido con la tarea para la cual había sido preparado desde la eternidad: la tarea de reconciliar a la humanidad pecadora con Dios, ofreciendo la salvación eterna a todo aquél que lo aceptara como su Salvador.


Los Evangelistas Mateo, Marcos y Lucas describen poderosamente el bautismo sagrado de Jesús realizado por una de las grandes figuras en la historia: Juan, el Honorable, Glorioso, Profeta, Predecesor y Bautista. Como gran profeta, este humilde predicador anunciaría al mundo la llegada inminente del Hijo de Dios sobre la tierra, y de esta manera sería un puente crucial entre el mundo del Antiguo Testamento y el excitante mundo revolucionario del Nuevo Testamento.


Juan el Bautista fue, a lo largo de su vida, el cumplimiento de muchas profecías. Pero al mismo tiempo fue mucho más que eso. Como pariente y amigo de Jesús fue un fiel y afectuoso conocido del Señor, una figura fraterna tan amada a quien se le concedería el privilegio de bautizar al Hijo de Dios.


Hombre devoto y justo, Juan pagaría con su vida el precio de hablar en contra de las prácticas religiosas corruptas de su época y sería asesinado por el tirano político que no dudaba en cometer asesinatos si es que su capricho se lo dictaba así.


A primera vista se podría pensar que había varios diferentes Juanes trabajando en el mundo del Siglo Primero. Estaba el Juan del desierto, el profeta asceta que vagaba sin cesar a través de los desiertos y que vivía de semillas silvestres y miel mientras meditaba sin cesar sobre su papel como Predecesor del Santo Redentor. También estaba Juan el Predicador, Evangelizador apasionado quien luchaba contra la corrupción del orden sacerdotal de su tiempo y contra la idolatría que veía a cada instante. Ciertamente que estos fueron importantes papeles en la vida bendita y maravillosa –llena de acción- de este Santo Profeta. Pero el Juan que encontramos a lo largo de los anales de la Santa Iglesia es con toda seguridad Juan el Bautista, el siervo de Dios que usó su sagrada mano derecha para derramar agua sobre la cabeza de Jesús y, de esta manera, invocar la autoridad ritual del sacramento al momento en el cual el mundo comenzaría a reconocer por primera vez la impresionante realidad de Dios en la Tierra. Con el descenso del Espíritu Santo bajo la forma de paloma, y con la amorosa voz de Dios resonando desde las alturas, el Bautismo de Jesús se convertiría en una Epifanía Santa –la manifestación triunfal de las Tres Personas de la Santísima Trinidad.


Descrito por el Evangelista Marcos, en un poderoso pasaje de su Libro del Nuevo Testamento, el Bautismo por Juan y la Epifanía de Cristo Jesús dan lugar a una imagen inolvidable. Desde el mismo principio de su vida Juan el Bautista parecía estar destinado a desempeñar un papel singular en la llegada del salvador a la tierra. Algunas veces descrito por la Sagrada Escritura como “un ángel”, su nacimiento fue predicho por nada menos que el Arcángel Gabriel, que se le apareció al padre del profeta, el Sacerdote del templo de Jerusalén, Zacarías, para anunciarle que él y su esposa, la Justa Isabel, serían bendecidos con un hijo que llegaría a ser el Santo Predecesor del Señor. 


Nacido seis meses antes que Cristo Jesús, y emparentado con él por el lado materno -ya que su madre Isabel era la mayor de las primas de la Bienaventurada Theotokos-, Juan Bautista había estado lleno del Espíritu santo, y aun en su juventud empezó a profetizar entre sus amigos y familiares sobre los grandiosos acontecimientos que muy pronto cambiarían el mundo de Palestina y más allá. Con la finalidad de prepararse a sí mismo para el gran destino que se le presentaba adelante, este hombre de corazón piadoso y humilde pasaría muchísimos días ayunando y rezando en la soledad del desierto de Judea, mientras preparaba su alma para las pruebas que pronto habría de soportar. Finalmente, cuando cumplió 30 años, llegó la hora de iniciar su servicio como profeta. Dejando detrás suyo las arenas del desierto regresó a las ciudades y pueblos de Palestina para urgir al arrepentimiento de todos y cada uno mientras advertía a quienes lo escuchaban que se prepararan para el gran día que se acercaba raudamente: el día de la Liberación y la Esperanza en el cual el Unico Hijo de Dios haría Su aparición sobre esta tierra.


Frecuentemente descrito como “la estrella de la mañana”, esta figura solitaria se levantó con una elocuencia majestuosa en las orillas del Jordán, donde pasaría muchos años enseñando y aumentando el grupo de sus seguidores sobre la urgente importancia de aceptar al Mesías en sus vidas. 


Su muerte llegó cuando Cristo ya había comenzado a cambiar este mundo y fue enterrado en la ciudad Samarita de Sebaste. Pero la historia de la influencia de San Juan en el mundo estaba muy lejos de haber terminado. Prontamente el Evangelista Lucas, mientras buscaba conversos para Cristo a lo largo del mundo Palestino, llegó a esa región y pidió que se le entregara el cuerpo del Profeta. Su solicitud fue cumplida solamente de manera parcial, pero al final el gran Evangelizador partió llevando consigo una reliquia inapreciable: la mano derecha que había administrado el bautismo a Jesús. Lucas la llevó consigo hacia su ciudad natal de Antioquia, en lo que ahora es Turquía, y cuando la ciudad fuera tomada posteriormente por los turcos, un valiente diácono conocido como Job transportó la reliquia hacia Calcedonia, desde donde llegó finalmente a la capital del mundo Bizantino, la siempre interesante Constantinopla.


En el lapso de unos pocos años el misterioso poder de la mano del Bautista sería causante de una docena de diferentes y legendarios milagros. Uno de ellos ocurrió durante un período en el cual un poderoso dragón asolaba en la afueras de la ciudad, en la cual era adorado como dios por sus aterrorizados residentes. Este monstruo pagano demandaba sacrificios humanos una vez al año: la hija de un Cristiano prominente, quien sería forzado a observar mientras la bestia salía fuera de su cueva y se acercaba rugiente y sibilante para devorar a la temerosa víctima en una escena terrible, violenta y sangrienta.


Sin embargo en esta ocasión el astuto padre decidió hacer lo contrario a someterse al dragón. Mientras rezaba fervientemente a Dios –junto con el Santo Precursor– por el rescate de su hija, repentinamente el dolorido padre se decidió por una estrategia desesperada. Mientras inclinaba su cabeza en oración piadosa, usó sus dientes para soltar uno de los dedos, y entonces, en el momento en que la rugiente bestia arrojaba fuego y emergió de la cueva para tomar su alimento, este valiente opositor arrojó el dedo dentro de las fauces del dragón. Los residentes de la ciudad, quienes esperaban ver el final de otra vida inocente, se quedaron sorprendidos cuando terminaron viendo como de manera repentina el dragón se tambaleaba agonizante hacia tierra. La inmensa multitud de testigos estaba tan conmovida al observar al padre y a la hija darse un abrazo de profunda alegría que proclamaron inmediatamente su nueva fe en Cristo y se apresuraron a construir una nueva iglesia en el mismo lugar en el que la reliquia había salvado a la víctima de su muerte inminente, la que recibió el nombre de Santo Profeta, San Juan el Bautista.


La historia del brutal martirio que sufrió Juan el Bautista ha sido contada innumerables veces a lo largos de los años; sin embargo su drama y suspense nunca pierden su fuerza. Habiendo sido arrestado por el Herodes Antipas, el Gobernador Romano en Palestina, por haber desafiado su matrimonio adúltero e ilegal con la esposa (Herodías) de su propio hermano (Herodes Filipa), el Santo Profeta languidecía en una celda cercana al palacio en donde el tirano y su corte corrupta festejaban todas las noches.  


Aunque sólo algunos pocos dentro de la corte lo sabían, la consorte del Gobernador había venido intrigando en contra del Profeta, a quien odiaba desde hacía algún tiempo. ¿Cómo se atrevía a condenar su matrimonio con el Poderoso Herodes? Observando cuidadosamente, la enfurecida Herodías, vio su oportunidad cuando el asesino Herodes, impresionado por una danza que había realizado la bella Salomé, le dijo –tontamente- que “pidiera un deseo.” Presionada por la conveniencia de Herodías, Salomé no dudó en pedir su deseo: que le trajeran la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja de plata. Su malvado deseo fue cumplido en pocos momentos y el hombre santo lanzó su último suspiro.


Juan, el Profeta Santo, murió sólo seis meses después de haber bautizado a Jesús, al Cristo Redentor, en el Río Jordán. Su vida nos proporciona un conmovedor ejemplo de cómo la Providencia escoge frecuentemente a los últimos de entre nosotros para llegar a ser los actores principales en el Santo Drama de Su Voluntad Infinita. El hijo ordinario de un Sacerdote del Templo en Palestina, Juan el Bautista, fue elegido a través de la misteriosa voluntad del Dios Todopoderoso para llegar a ser una puerta a través de la cual pasaría el Bienaventurado Salvador de la Humanidad. A través de Juan el Bautista, Dios conservó su alianza con Abrahán, la Alianza que prometía la llegada de un salvador que redimiría a toda la raza humana. Por esta razón celebramos la vida de Juan como un signo del infinito amor de Dios para todos nosotros.


Descanso de las labores. Se permite el pescado.


LECTURAS


Hch 19,1-8: En aquellos días, mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo atravesó la meseta y llegó a Éfeso. Allí encontró unos discípulos y les preguntó: «¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?». Contestaron: «Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo». Él les dijo: «Entonces, ¿qué bautismo habéis recibido?». Respondieron: «El bautismo de Juan». Pablo les dijo: «Juan bautizó con un bautismo de conversión, diciendo al pueblo que creyesen en el que iba a venir después de él, es decir, en Jesús». Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús; cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en lenguas extrañas y a profetizar. Eran en total unos doce hombres. Pablo fue a la sinagoga y durante tres meses hablaba con toda libertad del reino de Dios, dialogando con ellos y tratando de persuadirlos.


Jn 1,29-34: En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».



Fuente: Cristianismo Bizantino / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española