08/09 - La Natividad de la Santísima Madre de Dios


En la montañosa provincia del norte de Jerusalén, en la pendiente de una de las montañas cerca del valle Esdrelón, se ubicaba Nazaret. Era un pueblito pequeño, que históricamente no sobresalía en nada, por lo cual los hebreos se referían a él hasta con cierto desprecio, diciendo: "¿Podrá haber algo bueno de Nazaret?"


En este pueblito vivía la piadosa pareja, Joaquín y Ana, a quiénes el Señor eligió como antecesores del Salvador del mundo. Joaquín provenía de la casa del rey David, y Ana — era de la clase sacerdotal. La sobrina de Ana, la justa Elizabet, después fue la madre de Juan el Bautista y era prima hermana de la futura Virgen María.


El justo Joaquín era un hombre que estaba en una acomodada situación económica, y tenía mucha cantidad de ganado. A pesar de la abundancia, toda la vida de esta justa pareja, estaba impregnada por el espíritu de un devoto amor a Dios y por la caridad hacia el prójimo. Por estas cualidades ellos gozaban del respeto y el amor de todos. Los mortificaba, sin embargo, una pena: no tenían descendencia, lo cual entre los hebreos se consideraba como indicio de castigo Divino. Ellos pedían incesantemente a Dios que les enviare un hijo para su alegría, aunque hacia la vejez tenían ya poca esperanza de ello. Joaquín estaba muy apesadumbrado por la falta de hijos y una vez, trayendo sus ofrendas a Dios, escuchó de cierto Rabí un duro reproche: "¿Por qué razón quieres ofrecer tus dones a Dios antes que otros? ¡Pues tú no eres digno, por no tener descendencia (ser estéril)!" Por causa de tan grande aflicción el justo Joaquín se alejó al desierto para ayunar y rezar.


Al conocer esto, la justa Ana, considerándose a si misma culpable por la falta de descendencia, se angustió también y comenzó a orar a Dios todavía con mayor fervor, para que Él la escuchara y le mandara un niño. En uno de estos estados de oración, se le apareció un Ángel de Dios y le dijo: "Tu oración ha sido escuchada por Dios, y tu concebirás y de ti nacerá una hija bendita, superior a todas las hijas de la tierra. Por causa de Ella se bendecirán todas las razas de la tierra. Ponle por nombre María."


Habiendo escuchado estas dichosas palabras, la justa Ana inclinándose ante el Ángel le dijo: "¡Vive el Señor Mi Dios! ¡Si realmente naciera de mí un niño, lo entregaré al Señor para que esté a Su servicio! ¡Que Lo sirva, glorificando Su nombre durante toda su vida!"


Ese mismo Ángel del Señor se le apareció también al justo Joaquín, diciéndole: "Dios aceptó tus oraciones con benevolencia. Tu esposa Ana concebirá y alumbrará una hija, por Quien todo el mundo se regocijará. He aquí también la señal de la veracidad de mis palabras: ve a Jerusalén, y allí encontrarás a tu esposa en las puertas doradas."


San Joaquín se dirigió sin demora a Jerusalén, llevando consigo presentes para ofrecerlos a Dios, y también para los sacerdotes.


Llegado a Jerusalén, encontró a su esposa Ana, como lo predijo el Ángel, y relataron el uno al otro, todo lo que les fue anunciado, y, después de pasar un tiempo más en Jerusalén regresaron a su casa, en Nazaret. Pasado el tiempo establecido de su embarazo, la justa Ana dio a luz una hija, a la Cual llamó María, como lo ordenó el Ángel.


Después de pasado un año, Joaquín organizó un banquete, para el cual invitó a los sacerdotes, ancianos y a todos sus conocidos. Durante el banquete alzó a su Bendita Hija y, mostrándola a todos, pidió a los sacerdotes que La bendijeran.


El nacimiento de la Madre de Dios es para nosotros un día especialmente gozoso, porque con él se hizo realidad toda una serie de importantísimas profecías y pronósticos del Antiguo Testamento. Precisamente a Ella Dios La eligió para que fuera Aquella Virgen, Quien de acuerdo a las predicciones de Isaías, tenía que concebir sin semen del Espíritu Santo y dar a luz al Hijo-Emanuel, destinado a salvar al género humano de la maldición y muerte que pendían sobre él. Ella se convirtió en la misteriosa "escalera" que unió al Cielo con la tierra, vista en sueños por el patriarca Jacob (Hechos 28:12). Ella se hizo también "la puerta cerrada" quien según la visión del profeta Ezequiel (Ez. 44:2) traspasó el Señor Dios de Israel para visitar y liberar a su gente. Es también Ella la creación de la casa de la sabiduría de Dios (Prov. 9:1), que alumbra a todo hombre, que viene a este mundo (Juan 1:9), y que disipa las tinieblas de la incredulidad y el extravío.


En una palabra, el nacimiento de la Santísima Virgen María es para nosotros el comienzo del cumplimiento de todas las promesas Divinas, con las cuales vivió y se consoló la humanidad durante muchos milenios, — la manifestación al mundo de Aquel misterio oculto por siglos y generaciones, que estaba preparado desde la eternidad para la salvación y gloria del caído género humano.


Es por eso, que esta celebración, como enseña San Andrés de Creta es, "el principio de las festividades y sirve como puerta hacia la gracia y la verdad." San Juan Damasceno dijo: "el día de la natividad de la Madre de Dios es festividad de alegría universal, pues a través de Ella se renovó todo el género humano, y la aflicción de la madre Eva se convirtió en alegría."


Obispo Alejandro


«Hoy ha sido engendrada la Puerta que mira a Oriente»


De origen jerosolimitano, esta fiesta - que dura hasta el 12 de Septiembre - está vinculada a la dedicación de una iglesia en el lugar donde se cree que estuvo la casa de Joaquín y Ana, padres de María; es introducida en Constantinopla en el siglo VI y en Roma a finales del siglo VII. 


El 7, una prefiesta anuncia el gozo que la Natividad de María porta al mundo, porque la Virgen se convierte en la puerta por la que entra el Señor. La celebración tiene un trasfondo de personajes y temas tomados del Protoevangelio de Santiago, con la narración de la historia de Joaquín y Ana - ambos ancianos, estéril ella - que acogen con estupor y con asombro la bendición de Dios en el nacimiento de su hija. 


El oficio con la palabra "hoy" subraya la actualidad salvífica del misterio que celebra la liturgia, que no evoca hechos pasados, producidos una vez y únicamente recordados, sino que los hace presentes de modo vivo y real en la vida de la Iglesia y de cada uno de los cristianos. Las Vísperas ofrecen tres lecturas del Antiguo Testamento: la escala vista en sueños por Jacob (Gen 28, 10-17); la puerta cerrada a través de la cual pasará solamente el Señor (Ez 43-44); la Sabiduría que se construye una casa (Prov 9, 1-11). 


El texto de la profecía de Ezequiel ilumina diversos troparios que lo cantan en clave cristológica: "El libro del Verbo de la vida sale del seno materno; la puerta que mira a Oriente ha sido engendrada y aguarda la entrada del sumo sacerdote"; "única puerta del unigénito Hijo de Dios, que atravesándola la ha preservado cerrada"; "hoy las puertas estériles se abren y sale la divina puerta virginal"; "el profeta ha llamado a la Santa Virgen puerta intransitable, custodiada por nuestro único Dios: por Ella ha pasado el Señor, por Ella pasa el Altísimo y la deja sellada". 


También se muestran las figuras de madre e hija, Ana y María: la estéril engendra a Aquella que engendra al autor de la vida "porque de estéril raiz ha hecho germinar para nosotros, como planta portadora de vida, a su Madre"; "hoy las puertas estériles se abren y sale la divina puerta virginal. Hoy comienza la gracia a dar sus frutos, manifestando al mundo la Madre de Dios, por la cual las cosas terrestres se unen a las celestes, para la salvación de nuestras almas". 


Los textos himnográficos subrayan el paralelismo entre aquella que era estéril y aquella que engendra la vida: por medio de una mujer estéril el Señor hace nacer a la Virgen. Uno de los troparios del Matutino, además, a partir del libro de los Números (17, 23, con la vara florecida de Aarón), introduce el tema del árbol de la cruz en la vida de la Iglesia: "Una vara es tomada como figura del misterio ya que, con su florecimiento, ella designa al sacerdote: y para la Iglesia, un tiempo estéril, ha florecido ahora el árbol de la cruz como fuerza y apoyo". 


Los textos destacan la centralidad de María en el misterio de la salvación obrado por Cristo: "La reina, inmaculada esposa del Padre"; "el instrumento virginal, el tálamo real en el cual ha sido llevado a cumplimiento el extraordinario misterio de la infalible unión de las naturalezas que se unen en Cristo". Además, a partir de la lectura de Isaías (6, 6), María es invocada como "incensario de oro del divino carbón ardiente" que "colma de fragancia mi corazón". En las tradiciones litúrgicas orientales los santos misterios del Cuerpo y Sangre de Cristo son llamados "ascuas divinas", carbones ardientes que purifican los labios y el corazón del hombre. 


El icono de la fiesta retoma, con muchas semejanzas, el de nacimiento del Bautista y el de Cristo. En la parte central Ana está acostada sobre el lecho, tras haber parido a María, en la misma posición que Isabel y María. La vejez de Isabel, la esterilidad de Ana, la virginidad de María, mujeres símbolos de la Iglesia convertida en fecunda por medio del bautismo. Y en estos tres iconos el neonato es lavado en una palangana, con una simbología claramente bautismal. La celebración de la Natividad de la Madre de Dios porta así el gozo a todas las Iglesias, porque de Ella nacerá Aquél que, por medio de la Cruz y de la Resurrección, es la vida y la salvación de los hombres.


Mons. Manuel Nin


LECTURAS


En Vísperas


Gn 28,10-17: Jacob salió de Berseba en dirección a Jarán. Llegó a un determinado lugar y se quedó allí a pernoctar, porque ya se había puesto el sol. Tomando una piedra de allí mismo, se la colocó por cabezal y se echó a dormir en aquel lugar. Y tuvo un sueño: una escalinata, apoyada en la tierra, con la cima tocaba el cielo. Ángeles de Dios subían y bajaban por ella. El Señor, que estaba en pie junto a ella, le dijo: «Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abrahán y el Dios de Isaac. La tierra sobre la que estás acostado la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia será como el polvo de la tierra, y te extenderás a occidente y oriente, a norte y sur; y todas las naciones de la tierra serán benditas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy contigo; yo te guardaré donde quiera que vayas, te haré volver a esta tierra y no te abandonaré hasta que cumpla lo que he prometido». Cuando Jacob despertó de su sueño, dijo: «Realmente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía». Y, sobrecogido, añadió: «Qué terrible es este lugar: no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo».


Ez 43,27-44,4: Así dice el Señor: «Concluidos estos días, a partir del día octavo, los sacerdotes ofrecerán sobre el altar los holocaustos y sacrificios de pacificación, y yo os los aceptaré —oráculo del Señor Dios—». Luego me hizo volver al pórtico exterior del santuario que mira hacia oriente. Estaba cerrado. El Señor me dijo: «Este pórtico permanecerá cerrado. No se abrirá nunca y nadie entrará por él, porque el Señor, Dios de Israel, ha entrado por él. Por eso quedará cerrado. El príncipe, porque es príncipe, podrá sentarse allí para comer el pan en presencia del Señor. Entrará por el vestíbulo del pórtico y saldrá por el mismo camino». Después me llevó por el pórtico septentrional hasta la fachada del templo. Vi que la Gloria del Señor llenaba el templo del Señor.


Prov 9,1-11: La sabiduría se ha hecho una casa, ha labrado siete columnas; ha sacrificado víctimas, ha mezclado el vino y ha preparado la mesa. Ha enviado a sus criados a anunciar en los puntos que dominan la ciudad: «Vengan aquí los inexpertos»; y a los faltos de juicio les dice: «Venid a comer de mi pan, a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la inteligencia». Quien corrige al insolente recibe insultos; quien reprende al malvado, desprecios. No corrijas al insolente, que te odiará; reprende al sensato y te querrá; instruye al sabio, y será más sabio; enseña al honrado, y aprenderá. El comienzo de la sabiduría es el temor del Señor, conocer al Santo implica inteligencia. Por mí prolongarás tus días, se añadirán años a tu vida.


En Maitines


Lc 1,39-49;56: En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá». María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo». María se quedó con ella unos tres meses y volvió a su casa.


En la Liturgia


Flp 2,5-11: Hermanos, tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre. 


Lc 10,38-42;11,27-28: En aquel tiempo, yendo ellos de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada». Mientras él hablaba estas cosas, aconteció que una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».



Fuente: fatheralexander.org / blogorandies.blogspot.com / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española

Carta pastoral: La Sagrada Escritura – Carta de amor de la familia de Dios


Carta pastoral

«La Sagrada Escritura – Carta de amor de la familia de Dios»

sobre el tema del nuevo año eclesial 2026-2027


Al estimado clero concelebrante, a los venerables monjes y religiosas,


A los amados fieles greco-católicos y a todos los cristianos que aman a Dios:


Amados hermanos y hermanas en Cristo:


Sabemos que una carta implica un autor, un destinatario, un mensaje y una respuesta; pero también sabemos que una carta de amor debe leerse con atención, porque cada palabra lleva algo del corazón de quien la escribió. Del mismo modo, en la Sagrada Escritura, Dios es quien toma la iniciativa y se dirige a cada uno de nosotros. San Gregorio Magno, al preguntarse: «¿Qué es la Sagrada Escritura sino una carta de Dios Todopoderoso a su creación?», añadía esta exhortación: «Aprende a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios». En este sentido, deseamos que el año eclesial 2026-2027 sea, en nuestras comunidades, una oportunidad bendita para acercarnos más a Dios y redescubrir la Sagrada Escritura como una carta de amor que Dios dirige a su familia.


Para muchos de nosotros, la Sagrada Escritura ha representado probablemente uno de los primeros contactos con la realidad espiritual de la vida. Junto con las oraciones aprendidas de nuestros abuelos o padres, las páginas del Libro Sagrado nos revelan el mundo en el que vivimos y, con él, nuestra propia existencia, vista a través de los ojos de Dios e iluminada por el amor que acompaña a la creación desde sus inicios hasta su plenitud tal y como es descrita en el libro del Apocalipsis. Así, la Biblia nos ofrece la verdadera medida del mundo que nos rodea.


El Concilio Vaticano II expresa bellamente esta realidad: «En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale al encuentro de sus hijos con gran amor y conversa con ellos» (Dei Verbum, 21). ¡Recibamos también nosotros la Palabra viva del Padre celestial abriendo las Sagradas Escrituras y entrando en diálogo con Él! San Agustín nos asegura que la lectura de la Escritura no puede separarse de la oración: «Tu oración es tu hablar con Dios: cuando lees, Dios te habla; cuando oras, tú hablas con Dios». A medida que profundizamos en nuestra lectura, comprendemos que necesitamos la luz de Aquel que inspiró las Sagradas Escrituras: la gracia del Espíritu Santo. Somos como los discípulos de Emaús, a quienes el Hijo de Dios ilumina la mente y muestra cómo todo lo anunciado en el Antiguo Testamento conforma una única historia de salvación, que encuentra su plenitud en el Nuevo Testamento. Sobre todo, sin embargo, descubrimos que todo forma parte de un plan de amor que Dios prepara para cada uno de nosotros.


Queridos fieles:


Hoy tenemos una gran necesidad de leer y releer la Sagrada Escritura para recordar que, más allá de todo lo que vemos en el mundo en que vivimos, más allá de las crisis y las guerras, hay un cuidado misterioso de Dios por la humanidad, un cuidado que nunca cesa. Al leer la Biblia, comprendemos que no hay nada nuevo bajo el sol: en sus páginas encontramos momentos de crisis, dolor, muerte y pecado; y, sin embargo, en medio de todo ello, el plan de Dios sigue cumpliéndose. Lo mismo sucede hoy. La Sagrada Escritura nos ofrece la esperanza que tanto necesitamos y, a través de sus páginas, el Salvador nos asegura que está con nosotros «todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).


Con esta fe inquebrantable en la presencia de Cristo nuestra Iglesia vivió los años de persecución. El beato cardenal Iuliu Hossu, que se encontraba detenido, señalaba con sencillez y emoción: «Me alegraba mucho poder acceder a la Sagrada Escritura, al Antiguo y al Nuevo Testamento; así tenía lectura sagrada cada día». Tras estas palabras se esconde una experiencia espiritual de gran profundidad: el jerarca hallaba en la Escritura un alimento cotidiano, la presencia y el poder de Dios. Al meditar sobre este testimonio, podríamos preguntarnos: ¿qué espacio damos a la Sagrada Escritura en nuestras vidas, especialmente en el contexto actual, cuando la tenemos al alcance de la mano y nadie nos impide abrirla?


El hecho de que la Sagrada Escritura sea para nosotros una carta de amor de Dios se revela también en la ternura de las páginas que narran el doloroso momento de la crucifixión. Incluso en la hora de su propio sufrimiento, desde allí arriba, en la Cruz, Jesús piensa en nosotros y nos confía a su Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». (Jn 19, 26). La Santísima Madre de Dios es la Mujer bíblica anunciada desde el principio de la creación mediante la profecía del libro del Génesis (Gn 3, 15), y a quien encontramos de nuevo, en la plenitud de la historia, en el libro del Apocalipsis, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y coronada por las estrellas del cielo (Ap 12, 1). María es el signo visible del amor de Dios que acompaña nuestros tiempos turbulentos con su presencia materna a través de sus apariciones y nos infunde esperanza mediante la promesa reconfortante pronunciada en Fátima: «¡Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará!».


Si la Sagrada Escritura es la carta dirigida a la humanidad, la Santísima Virgen María es quien la recibe con corazón abierto, respondiendo: «¡Hágase en mí según tu palabra!» (Lc 1, 38). Ella sigue siendo nuestro modelo, porque nos enseña cómo debemos recibir la Palabra de Dios, vivirla y profesarla. Por ello sigue vigente la reflexión que san Ambrosio dirigió a los creyentes de su tiempo: «¡Que esté en cada uno el alma de María para glorificar al Señor!».


Queridos hermanos:


Así como el propósito de una carta es ser recibida y leída, también la Sagrada Escritura debe estar presente en nuestros hogares para ser acogida en nuestros corazones y vivida. Por eso os animo a hacer de la Biblia la guía de nuestras vidas. Leamos algunos versículos cada día y, pidiendo la luz del Espíritu Santo, preguntémonos: ¿Qué me dice Dios hoy a través de su Palabra? ¿A qué me llama? ¿Qué necesito cambiar en mi vida? ¿A quién estoy llamado a amar, perdonar, ayudar o animar?


Exhorto especialmente a los padres y abuelos a acercar a los niños y jóvenes a esta Carta de Amor. Una página del Evangelio leída en común o un salmo rezado en familia pueden permanecer en sus almas para toda la vida. También animo a los sacerdotes y a todos los agentes de pastoral a ayudar a los fieles a descubrir la belleza de la Palabra mediante la catequesis y la oración compartida en la Familia de Dios; pues esta Carta, aunque dirigida a cada uno de nosotros personalmente, está confiada al mismo tiempo a una familia: la Iglesia. Recibámosla y escuchémosla juntos en cada Divina Liturgia, donde Dios nos habla a través de las lecturas sagradas antes de entregarse a nosotros en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo. El plan de Dios para cada uno de nosotros se encuentra con su plan para los demás, del mismo modo que la vocación del Pueblo Elegido se cumple en la bendición que alcanza a todos los pueblos de la tierra. Por tanto, estamos llamados a poner en común los dones recibidos dentro de la Familia de Dios, viendo a los demás como hermanos y aceptando la invitación del Señor a estar junto a los pobres, los enfermos o los desalentados.


¡Y no olvidemos que esta Carta de Amor merece una respuesta! ¡Aquel que nos escribió primero porque nos amó antes de que aprendiéramos a amar espera nuestra respuesta! ¡Escribamos también nosotros a Dios, en nuestra vida cotidiana, páginas de amor demostrado mediante la fidelidad, el perdón y la entrega! ¡Que nuestras vidas se conviertan así en la respuesta viva y alegre a su amor por nosotros!


Por la intercesión de la Santísima Madre de Dios y de los beatos obispos mártires pido al Señor que nos acompañe en el nuevo año eclesiástico para que la Sagrada Escritura sea cada vez más luz para nuestros pasos, consuelo en las pruebas y fuente de esperanza en el camino de la salvación.


Con mi bendición jerárquica,


† Claudio


Arzobispo y Metropolitano de Alba Iulia y Făgăraș

Administrador de la Eparquía de Cluj-Gherla

Arzobispo Mayor de la Iglesia Rumana Unida con Roma, Greco-católica

Scrisoare pastorală: Sfânta Scriptură – Scrisoarea de iubire a Familiei lui Dumnezeu


Scrisoare pastorală 

 „Sfânta Scriptură – Scrisoarea de iubire a Familiei lui Dumnezeu”
despre tema noului an bisericesc 2026-2027

Onoratului cler împreună slujitor, cuvioșilor călugări și călugărițe,

Iubiților credincioși greco-catolici și tuturor creștinilor iubitori de Dumnezeu

Iubiți frați și surori în Cristos,


Știm că o scrisoare presupune un autor, un destinatar, un mesaj și un răspuns, dar și că o scrisoare de iubire se citește cu atenție, pentru că fiecare cuvânt poartă ceva din inima celui care a scris-o. Tot astfel, în Sfânta Scriptură, Dumnezeu este Cel care ia inițiativa și Se adresează fiecăruia dintre noi. Sfântul Grigore cel Mare, întrebându-se: „Ce este Sfânta Scriptură, dacă nu o scrisoare a Dumnezeului atotputernic către făptura Sa?”, a adăugat îndemnul: „Învață să cunoști inima lui Dumnezeu în cuvintele lui Dumnezeu”. În acest sens, ne dorim ca anul bisericesc 2026–2027 să fie, în comunitățile noastre, un prilej binecuvântat de a ne apropia de Dumnezeu și de a redescoperi Sfânta Scriptură ca pe o Scrisoare de iubire pe care Dumnezeu o adresează Familiei Sale.


Pentru mulți dintre noi, Sfânta Scriptură a reprezentat, probabil, unul dintre primele contacte cu realitatea spirituală a vieții. Împreună cu rugăciunile învățate de la bunici sau de la părinți, paginile Cărții Sfinte ne dezvăluie lumea în care trăim și, odată cu ea, propria noastră existență, privită prin ochii lui Dumnezeu și luminată de iubirea care însoțește creația de la începuturile ei până la împlinirea descrisă în cartea Apocalipsei. Astfel, Biblia ne oferă adevărata măsură a lumii care ne înconjoară.


Conciliul Vatican II exprimă în mod minunat această realitate: „În Cărțile sfinte, Tatăl care este în ceruri iese cu multă iubire în întâmpinarea fiilor Săi și vorbește cu ei” (Dei Verbum, 21). Să primim și noi Cuvântul viu al Tatălui ceresc, deschizând Sfânta Scriptură și intrând în dialog cu El! Sfântul Augustin ne încredințează că lectura Scripturii nu poate fi despărțită de rugăciune: „Rugăciunea ta este vorbirea ta către Dumnezeu: când citești, Dumnezeu îți vorbește; când te rogi, tu Îi vorbești lui Dumnezeu”. Pe măsură ce aprofundăm lectura noastră, ne dăm seama că avem nevoie de lumina Celui care a inspirat Sfânta Scriptură, de harul Spiritului Sfânt. Suntem asemenea ucenicilor de la Emaus, cărora Fiul lui Dumnezeu le luminează mintea și le arată cum toate cele vestite în Vechiul Testament alcătuiesc o unică istorie a mântuirii, care își află împlinirea în Noul Testament. Mai presus de toate, însă, descoperim că totul se înscrie într-un plan de iubire pe care Dumnezeu îl pregătește pentru fiecare dintre noi.


Iubiți credincioși,


Astăzi avem mare nevoie să citim și să recitim Sfânta Scriptură, pentru a ne aminti faptul că, dincolo de tot ceea ce vedem în lumea în care trăim, dincolo de crize și de războaie, există grija tainică a lui Dumnezeu pentru omenire, care nu încetează niciodată. Citind Biblia, înțelegem că nu este nimic nou sub soare: și în paginile ei întâlnim momente de criză, de durere, de moarte și de păcat; și totuși, în mijlocul acestora, planul lui Dumnezeu continuă să se împlinească. Așa este și astăzi. Sfânta Scriptură ne dăruiește speranța de care avem atâta nevoie, iar prin paginile ei, Mântuitorul ne asigură că este cu noi „în toate zilele, până la sfârșitul veacului!” (Mt 28,20).


Cu această credință neclintită în prezența lui Cristos a trăit Biserica noastră în anii persecuției. Fericitul Cardinal Iuliu Hossu, aflat în detenție, nota cu simplitate și emoție: „M-am bucurat mult că am putut ajunge la Sfânta Scriptură, Vechiul și Noul Testament; așa, aveam lectura sfântă zilnică”. În spatele acestor cuvinte se află o experiență spirituală de o mare profunzime: ierarhul găsea în Scriptură o hrană zilnică, prezența și puterea lui Dumnezeu. Meditând la această mărturie, ne-am putea întreba: cât loc oferim Sfintei Scripturi în viața noastră, mai ales în contextul de astăzi, când o avem la îndemână și nimeni nu ne împiedică să o deschidem?


Faptul că Sfânta Scriptură este, pentru noi, o scrisoare de iubire din partea lui Dumnezeu se descoperă și în gingășia paginilor care relatează momentul dureros al răstignirii. Chiar în ceasul propriei suferințe, de acolo, de pe Cruce, Isus Se gândește la noi și ne încredințează Mamei Sale: „Femeie, iată fiul tău!” (In 19,26). Maica Sfântă este Femeia biblică vestită încă de la începuturile creației, prin profeția din Cartea Facerii (Fac 3,15), și pe care o regăsim, la împlinirea istoriei, în cartea Apocalipsei, îmbrăcată în soare, cu luna la picioare și încununată de stelele cerului (Apoc 12,1). Maria este semnul vizibil al iubirii lui Dumnezeu, însoțind timpurile noastre zbuciumate prin prezența ei maternă, prin aparițiile ei, și dăruindu-ne speranță prin mângâietoarea promisiune de la Fatima: „În cele din urmă, Inima mea Neprihănită va triumfa!”.


Dacă Sfânta Scriptură este Scrisoarea adresată omenirii, Preasfânta Fecioară Maria este cea care o primește cu o inimă deschisă, răspunzând: „Fie mie după cuvântul Tău!” (Lc 1,38). Ea rămâne modelul nostru, deoarece ne arată cum trebuie să primim Cuvântul lui Dumnezeu, să îl trăim și să îl mărturisim. De aceea, gândul adresat de Sfântul Ambrozie credincioșilor din vremea sa își păstrează actualitatea: „Să fie în fiecare sufletul Mariei, pentru a-L preamări pe Domnul!”.


Dragii mei,


Așa cum rostul unei scrisori este acela de a fi primită și citită, tot așa Sfânta Scriptură trebuie să fie prezentă în casele noastre, să fie primită în inimi și să fie trăită. De aceea, vă îndemn să facem din Biblie călăuza vieții noastre. Să citim zilnic câteva versete și, cerând lumina Spiritului Sfânt, să ne întrebăm: Ce îmi spune astăzi Dumnezeu, prin Cuvântul Său? La ce mă cheamă? Ce trebuie să schimb în viața mea? Pe cine sunt chemat să iubesc, să iert, să ajut sau să încurajez?


Îi îndemn în mod deosebit pe părinți și pe bunici să îi apropie pe copii și pe tineri de această Scrisoare de iubire. O pagină din Evanghelie citită împreună sau un psalm rostit în familie pot rămâne în sufletele lor pentru întreaga viață. Îi îndemn, de asemenea, pe preoți și pe toți cei implicați în viața pastorală să îi ajute pe credincioși să descopere frumusețea Cuvântului prin cateheză și rugăciune, împreună, în Familia lui Dumnezeu, fiindcă această Scrisoare, chiar dacă este adresată fiecăruia dintre noi în mod personal, este, în același timp, încredințată unei familii: Biserica. Să o primim și să o ascultăm împreună, la fiecare Sfântă Liturghie, acolo unde Dumnezeu ne vorbește prin lecturile sfinte, înainte de a ni Se dărui în Trupul și Sângele Fiului Său. Planul lui Dumnezeu pentru fiecare dintre noi se întâlnește cu planul Său pentru ceilalți, așa cum vocația Poporului ales se împlinește în binecuvântarea care ajunge la toate popoarele pământului. De aceea, suntem chemați să punem împreună darurile primite, în Familia lui Dumnezeu, privindu-i pe ceilalți ca frați și surori și acceptând invitația Domnului de a fi alături de cei săraci, bolnavi sau descurajați.


Și să nu uităm că acestei Scrisori de iubire i se cuvine un răspuns! Cel care ne-a scris primul, pentru că ne-a iubit înainte ca noi să învățăm să iubim, așteaptă răspunsul nostru! Să-i scriem și noi lui Dumnezeu, în viața noastră de zi cu zi, pagini de iubire dovedită prin fidelitate, iertare și dăruire! Viața noastră să devină, astfel, răspunsul viu și plin de bucurie la iubirea Sa pentru noi!


Prin mijlocirea Maicii Sfinte și a Fericiților Episcopi Martiri, Îl rog pe Domnul să ne însoțească în noul an bisericesc, astfel încât Sfânta Scriptură să fie tot mai mult lumina pașilor noștri, mângâiere în încercări și izvor de speranță pe drumul mântuirii!


Cu arhierească binecuvântare,


† Claudiu


Arhiepiscop și Mitropolit de Alba Iulia și Făgăraș
Administrator al Eparhiei de Cluj-Gherla
Arhiepiscop Major al Bisericii Române Unite cu Roma, Greco-Catolică