La Santa y Gran Cuaresma


“Para no hacer inútil el ayuno"


"Ayunando de alimentos, alma mía, sin purificarte de las pasiones, en vano te alegras por la abstinencia, porque si ésta no llega a ser para tí ocasión de corrección, eres mentirosa y odias a Dios y te asemejas a los demonios que no comen nunca. No hagas, por tanto, inútil el ayuno pecando, sino permanece inmóvil bajo los impulsos inconscientes, dándote cuenta que estás junto al Salvador crucificado, o mejor que estés crucificada junto a Aquél que por ti ha sido crucificado, gritándole: acuerdate de mí Señor, cuando llegues a tu Reino".


Los Cuarenta Días de Gran Cuaresma comienzan el Lunes Limpio o Puro, y en ellos se sigue una dieta sin productos de origen animal, con el agregado de que en muchos días también se excluye el uso de aceite. En dos fiestas específicas durante la Cuaresma (la Anunciación y el Domingo de Ramos), se permite el pescado. El ayuno se prescribe hasta la Pascua.


Como decimos, la Cuaresma bizantina comprende cuarenta días - del lunes de la primera semana al viernes anterior al Domingo de Ramos - y trata las semanas de lunes a domingo, presentando el camino semanal hacia el Domingo al igual que la misma Cuaresma hacia la Pascua. También hace una clara distinción ente el sábado y el domingo y los demás días: en los primeros se celebra la Divina liturgia (el domingo con la anáfora de san Basilio, el sábado con la de san Juan Crisóstomo), mientras que en los días feriales solo el oficio de las horas, añadiendo durante las vísperas del miércoles y el viernes la Liturgia de los Presantificados, es decir, la comunión con el Cuerpo y la Sangre del Señor consagrados el domingo anterior. 


La cuaresma bizantina es un periodo muy rico en la elección de los textos bíblicos: salmos, lecturas; en la himnografía y en las lecturas de los padres. Los textos himnográficos se centran, sobretodo, en el tema del alma humana, dominada por el pecado, que encuentra por medio de la Cuaresma la posibilidad de la salvación. En la cuaresma comienza el camino de retorno que culminará cuando Cristo mismo, en el misterio pascual, desciende a los infiernos y le da su mano para llevarlo de la muerte y regresarlo al Paraíso, que es casi perfonificado en la oración de la Iglesia.


La cuaresma tiene cinco domingos. En cada uno de ellos vemos un doble aspecto: por una parte las lecturas bíblicas que preparan al bautismo, por otra los aspectos históricos y hagiográficos. En el domingo de la Ortodoxia la vocación de Felipe y Natanael es modelo de la vocación de cada ser humano y se celebra el triunfo de la ortodoxia sobre la iconoclastia y el restablecimiento de la veneración de los iconos. En el domingo de san Gregorio Palamás se recuerda la fe del paralítico curado por Cristo. El domingo de la Exaltación de la Santa Cruz está dedicado a la veneración de la Cruz victoriosa de Cristo, llevada solemnemente al centro de la iglesia y es venerada por los fieles durante toda la semana como signo de victoria y de gloria, no de sufrimiento. En el domingo de san Juan Clímaco, modelo de ascesis, se celebra la curación del endemoniado, y en el de santa María Egipciaca, modelo de arrepentimiento, el anuncio de la resurrección. El sábado de la quinta semana se canta el himno "Akathistos", oficio dedicado a la Madre de Dios. 


La sexta y última semana de cuaresma, llamada de Ramos, tiene como centro la figura de Lázaro, el amigo del Señor, desde el momento de la enfermedad, hasta la muerte y su resurrección. Los textos nos acercan a aquello que se manifestará plenamente en los días de la Semana Santa, es decir, la Filantropía de Dios manifestada en Cristo, su amor real y concreto por el hombre. Toda la semana está enmarcada en la contemplación del encuentro, ya cercano, entre Jesús y la muerte, la de su amigo primero, la suya propia la semana después. Los textos litúrgicos nos invitan a involucrarnos en este camino de Jesús hacia Betania, hacia Jerusalén. En la Liturgia bizantina no somos nunca espectadores, sino siempre somos participantes y concelebrantes, presentes en la liturgia y en el evento de salvación que la liturgia celebra. Con las vísperas del sábado de Lázaro se concluye el periodo cuaresmal. 


A lo largo de toda la cuaresma, la tradición bizantina recita al final de todas las horas del oficio la oración atribuida a san Efrén el Sirio, que resume el camino de conversión de cada cristiano: "Señor y Soberano de mi vida, no me des un espíritu de pereza, de indolencia, de soberbia, de vaniloquio. Dame, a mí, tu siervo, un espíritu de sabiduría, de humildad, de paciencia y de amor. Sí, Señor y Rey, dame el ver mis pecados y el no condenar a mi hermano, porque tú eres bendito por los siglos".


Manuel Nin, L'Osservatore Romano del 25 de Febrero de 2009. Traducción del original italiano: Salvador Aguilera López


La oración de San Efrén el Sirio en Cuaresma


De todos los himnos y oraciones de la Cuaresma, una corta oración puede ser calificada como la oración por excelencia de la Cuaresma. La tradición la atribuye a uno de los grandes maestros de la vida espiritual: San Efrén el Sirio. He aquí su texto:


Señor y Soberano de mi vida. Líbrame del espíritu de indolencia, desaliento, vanagloria y palabra inútil.


Y concédeme a mí, tu siervo pecador, el espíritu de castidad, humildad, paciencia y amor.


Sí, Rey mío y Dios mío, concédeme conocer mis propias faltas y no juzgar a mi hermano, porque eres bendito por siempre. Amén.


Esta oración es leída dos veces al final de cada oficio de Cuaresma de Lunes a Viernes (no los Sábados y Domingos, porque, como veremos luego, los oficios de estos días no siguen el patrón de la Cuaresma). En la primera lectura, una postración sucede a cada petición. Luego nos inclinamos doce veces diciendo: “Oh Dios purifícame a Mi pecador”. La oración completa es repetida con una última postración al final.


¿Por qué esta corta y simple oración ocupa un lugar tan importante en toda la adoración de Cuaresma? Porque enumera de un modo único todos los elementos positivos y negativos del arrepentimiento y constituye, por decirlo de algún modo, una “lista de chequeo” de nuestro esfuerzo individual de Cuaresma. Este esfuerzo apunta primero a nuestra liberación de algunas enfermedades espirituales fundamentales que dan forma a nuestra vida y que hacen virtualmente imposible para nosotros incluso comenzar a volvernos hacia Dios.


La enfermedad básica es la indolencia. Es esa extraña pereza y pasividad de nuestro completo ser que siempre nos empuja hacia “abajo” en vez de hacia “arriba” – que constantemente nos convence de que ningún cambio es posible y, por lo tanto, deseable. Es de hecho un cinismo profundamente enraizado que a cada reto espiritual responde “¿Para qué?” y hace de nuestra vida un enorme desperdicio espiritual. Es la raíz de todo pecado porque envenena la energía espiritual en su misma fuente.


El resultado de la indolencia es la pusilanimidad. Es el estado de desaliento que es considerado por todos los santos padres como el mayor peligro para el alma. El desaliento es la imposibilidad del hombre de ver cualquier cosa buena o positiva; es la reducción de todo al negativismo y pesimismo. Es verdaderamente un poder demoníaco en nosotros, porque el Diablo es fundamentalmente mentiroso. Él le miente al hombre sobre Dios y sobre el mundo; llena la vida de oscuridad y negación. El desaliento es el suicidio del alma, porque, cuando el hombre es poseído por él, es absolutamente incapaz de ver la luz y desearla.


¡Vanagloria! Por extraño que pueda parecer, son precisamente la indolencia y el desaliento los que llenan nuestra vida de vanagloria. Al viciar toda la actitud hacia la vida y volverla sin sentido y vacía, nos fuerzan a buscar compensación en una actitud radicalmente equivocada hacia los demás. Si mi vida no está orientada hacia Dios, no apunta hacia valores eternos, inevitablemente se volverá egoísta y egocéntrica, y esto significa que todos los otros seres se volverán medios para mi propia auto-destrucción.


Si Dios no es el Señor y Maestro de mi vida, entonces yo me vuelvo mi propio señor y maestro, el centro absoluto de mi mundo, y comienzo a evaluar todo en términos de mis necesidades, mis ideas, mis deseos, y mis juicios.


La vanagloria es entonces una depravación fundamental en mi relación con otros seres, una búsqueda de su subordinación a mí. No es necesariamente expresada en un verdadero impulso de mandar y dominar a los “otros”.


Puede resultar también en indiferencia, desprecio, falta de interés, consideración y respeto. Es verdaderamente indolencia y desaliento, dirigido esta vez a otros; completa el suicidio espiritual con el asesinato espiritual.


Finalmente, palabra inútil. De todos los seres creados, solo el hombre ha sido dotado con el don de la palabra. Todos los Padres ven en ella el verdadero “sello” de la Imagen Divina en el hombre, porque Dios Mismo es revelado como Verbo (Juan 1:1).


Pero, siendo el don supremo, es igualmente prueba de peligro supremo.


Siendo la misma expresión del hombre, el medio de su auto-realización, es por esta misma razón el medio de su caída y auto-destrucción, de traición y pecado. La palabra salva y la palabra mata; la palabra inspira y la palabra envenena. La palabra es el medio de la Verdad y la palabra es el medio de la mentira demoníaca. Teniendo al final un poder positivo, tiene por tanto un tremendo poder negativo. Verdaderamente crea positiva y negativamente. Cuando es desviada de su propósito y origen divino, la palabra se vuelve inútil. Refuerza la “indolencia”, el desaliento y la vanagloria, y transforma la vida en un infierno. Se vuelve el mismo poder del pecado.


Estos cuatro son, pues, “objetos” negativos del arrepentimiento. Son los obstáculos que hay que eliminar. Pero solo Dios puede eliminarlos. Por lo tanto, es la primera parte de la oración de Cuaresma, un grito desde el fondo del desamparo humano. Luego la oración se mueve a las miras positivas del arrepentimiento, que también son cuatro.


¡Castidad! Si uno no reduce este término -y sucede muy a menudo- solo a sus connotaciones sexuales, es entendido como la contraparte positiva de la indolencia. La indolencia es, primero que todo, disipación, el rompimiento de nuestra visión y energía, la discapacidad de ver el todo. Su opuesto es precisamente plenitud. Si habitualmente nos referimos a castidad como la virtud opuesta a la depravación sexual, es porque el carácter caído de nuestra existencia es aquí mejor manifestado que en la lujuria sexual, la alienación del cuerpo de la vida y el control del espíritu.


Cristo restaura la plenitud en nosotros, y lo hace al restaurar en nosotros la verdadera escala de valores al llevarnos de vuelta a Dios.


El primer y maravilloso fruto de esta plenitud o castidad es la humildad.


Ya hablamos de ella. Está sobre todo lo demás la victoria de la verdad en nosotros, la eliminación de todas las mentiras en las que habitualmente vivimos.


La humildad sola es capaz de laverdad, de ver y aceptar las cosas como son y, por lo tanto, de ver la majestad y la bondad y el amor de Dios en todo. Por eso se nos dice que Dios da gracia al humilde y se opone al orgulloso.


La castidad y la humildad vienen naturalmente seguidas por la paciencia.


El hombre “natural” o “caído” es impaciente, porque, al ser ciego para sí mismo, es rápido para juzgar y para condenar a los demás. Habiendo llegado a un conocimiento caído, incompleto y distorsionado de todo, mide todas las cosas según sus gustos e ideas. Siendo indiferente a todos excepto a sí mismo, quiere que la vida sea exitosa aquí mismo y ahora. La paciencia, sin embargo, es realmente una virtud divina. Dios es paciente, no porque sea “indulgente”, sino porque ve la profundidad de todo lo que existe, porque la realidad interna de las cosas, que en nuestra ceguera nosotros no vemos, está abierta a El. Mientras más nos acercamos a Dios, más pacientes nos volvemos y más reflejamos ese infinito respeto por todos los seres, que es la cualidad propia de Dios.


Finalmente, la corona y fruto de todas las virtudes, de todo crecimiento y esfuerzo, es el amor; el amor que, como ya hemos dicho, solo puede ser dado por Dios; ese don que es la meta de toda preparación y práctica espiritual.


Todo esto se resume y aúna en la petición final de la oración de Cuaresma, en la cual pedimos “conocer mis propias faltas y no juzgar a mi hermano”. Porque en último caso solo hay un peligro: el orgullo. El orgullo es la fuente del mal, y todo mal es orgullo. Los escritos espirituales están llenos de advertencias contra las sutiles formas de seudo-piedad, las cuales, en realidad, bajo la apariencia de humildad y auto-acusación, pueden llevar a un orgullo verdaderamente demoníaco. Pero cuando nosotros “conocemos nuestros propios errores” y “no juzgamos a nuestros hermanos”; cuando, en otras palabras, la castidad, la humildad, la paciencia y el amor son uno solo en nosotros, entonces y solo entonces el último enemigo -el orgullo- habrá sido destruido en nosotros.


Después de cada petición de la oración realizamos una postración.


Las postraciones no se limitan a la oración de San Efrén, sino que constituyen una de las características distintivas de la adoración de cuaresma. Aquí, sin embargo, su significado es dado a conocer mejor. En el largo y difícil esfuerzo de la recuperación espiritual, la Iglesia no separa el alma del cuerpo. El hombre completo ha caído lejos de Dios; el hombre completo ha sido restaurado, el hombre completo debe regresar. La catástrofe del pecado yace precisamente en la victoria de la carne -lo animal, lo irracional, la lujuria- en nosotros sobre lo espiritual y lo divino. Pero el cuerpo es glorioso, el cuerpo es sagrado, tan sagrado que Dios Mismo se “hizo carne”.


La salvación y el arrepentimiento no son desprecio hacia el cuerpo o negación de éste, sino la restauración del cuerpo a su verdadera función como expresión y la vida del espíritu como templo de la inestimable alma humana. El ascetismo cristiano es una lucha, no contra, sino a favor del cuerpo.


Por esta razón, el hombre completo –alma y cuerpo- se arrepiente. El cuerpo participa en la oración del alma, así como el alma ora a través y dentro del cuerpo. Las postraciones, la señal “psico-somática” del arrepentimiento y de la humildad, de adoración y obediencia, son de esta forma el rito de Cuaresma ‘par exellence’.


P. Alexander Schmemann, ‘La Gran Cuaresma’


«La Santa Escala», lectura espiritual para la Cuaresma


Si hay un libro especialmente recomendado para la Santa y Gran Cuaresma, sobre todo para los monjes, es sin duda «La Escala al Paraíso», obra inmensamente popular en la Edad Media que logró para su autor, Juan el Escolástico, el sobrenombre de «Clímaco», por el que es generalmente conocido [ya que «climax» en latín es «subida»].


El origen del santo se pierde en la oscuridad, pero posiblemente procedía de Palestina y se dice que fue discípulo de san Gregorio Nacianceno. A la edad de dieciséis años, se unió a los monjes establecidos en el Monte Sinaí. Después de cuatro años que pasó probando su virtud, el joven novicio profesó y fue puesto bajo la dirección de un hombre santo llamado Martirio.


Guiado por su padre espiritual, dejó el monasterio y se instaló en una ermita cercana, aparentemente para acostumbrarse a dominar la tendencia a perder el tiempo en ociosas conversaciones. Al mismo tiempo, nos dice que, bajo la dirección de un director prudente, logró salvar obstáculos que no habría podido vencer si hubiera intentado hacerlo por sí solo. Tan perfecta fue su sumisión, que tuvo por regla nunca contradecir a nadie ni discutir cualquier argumento que sostuvieran aquellos que lo visitaban en su soledad.


Después de la muerte de Martirio, cuando San Juan tenía treinta y cinco años de edad, abrazó por completo la vida eremítica en Thole, un lugar solitario, pero suficientemente cercano a una iglesia que le permitiera a él y a los otros monjes y ermitaños de la región poder asistir los sábados y domingos al oficio divino y a la celebración de los santos misterios. En este retiro, el santo pasó cuarenta años, adelantando más y más en el camino de la perfección. Leía la Biblia con asiduidad, así como a los Padres y fue uno de los santos más eruditos del desierto; pero todo su propósito era ocultar sus talentos y esconder las gracias extraordinarias con que el Espíritu Santo había enriquecido su alma.


En su determinación de evitar toda singularidad, tomó parte en todo aquello que era permitido a los monjes de Egipto, pero se alimentaba tan frugalmente, que más parecía probar los alimentos que comerlos. Su biografía refiere con admiración que era tan intensa su compunción, que sus ojos parecían dos fuentes que nunca cesaran de manar lágrimas y que en la caverna a la que él acostumbraba retirarse para orar, las rocas resonaban con sus quejas y lamentaciones.


Era sumamente solicitado como director espiritual. Ciertamente en una ocasión alguno de los monjes, sus compañeros, ya fuera por celos o quizás justificadamente, le criticaban por perder el tiempo en infructuosos discursos. Juan aceptó la acusación como un caritativo consejo y se impuso un riguroso silencio en el que perseveró cerca de un año. La comunidad entera le pidió que volviera a ocuparse en dar consejo a los demás y que no ocultara los talentos que había recibido; de esta suerte, él continuó impartiendo sus enseñanzas y llegó a ser considerado como otro Moisés en aquel santo lugar, «ya que subió al monte de la contemplación y habló con Dios, cara a cara, para después bajar a los suyos, llevando las tablas de la Ley de Dios, su escala de la perfección».


La Escala es un tratado completo de vida espiritual, en el que Juan Clímaco describe el camino del monje desde la renuncia al mundo hasta la perfección del amor. Es un camino que -según este libro- se desarrolla a través de treinta peldaños, cada uno de los cuales está unido al siguiente. El camino se puede sintetizar en tres fases sucesivas: la primera consiste en la ruptura con el mundo con el fin de volver al estado de infancia evangélica. Lo esencial, por tanto, no es la ruptura, sino el nexo con lo que Jesús dijo, o sea, volver a la verdadera infancia en sentido espiritual, llegar a ser como niños.


San Juan comenta: “Un buen fundamento es el formado por tres bases y tres columnas: inocencia, ayuno y castidad”. Una de las fases del camino es el combate espiritual contra las pasiones. Cada peldaño de la escala está unido a una pasión principal, que se define y diagnostica, indicando además la terapia y proponiendo la virtud correspondiente.


Según san Juan Clímaco, es importante tomar conciencia de que las pasiones no son malas en sí mismas; lo llegan a ser por el mal uso que hace de ellas la libertad del hombre. Si se purifican, las pasiones abren al hombre el camino hacia Dios con energías unificadas por la ascética y la gracia y, “si han recibido del Creador un orden y un principio (…), el límite de la virtud no tiene fin”.


La última fase del camino es la perfección cristiana, que se desarrolla en los últimos siete peldaños de la Escala. Estos son los estadios más altos de la vida espiritual; los pueden alcanzar los “hesicastas”, los solitarios, los que han llegado a la quietud y a la paz interior; pero esos estadios también son accesibles a los cenobitas más fervorosos. San Juan, siguiendo a los padres del desierto, de los tres primeros —sencillez, humildad y discernimiento— considera más importante el último, es decir, la capacidad de discernir. Todo comportamiento debe someterse al discernimiento, pues todo depende de las motivaciones profundas, que es necesario explorar. Aquí se entra en lo profundo de la persona y se trata de despertar en el eremita, la sensibilidad espiritual y el “sentido del corazón”:


“Como guía y regla de todo, después de Dios, debemos seguir nuestra conciencia”. De esta forma se llega a la paz del alma, la hesychia, gracias a la cual el alma puede asomarse al abismo de los misterios divinos.


El estado de quietud, de paz interior, prepara al “hesicasta” a la oración, que en san Juan es doble: la “oración corporal” y la “oración del corazón”. La primera es propia de quien necesita la ayuda de posturas del cuerpo: tender las manos, emitir gemidos, golpearse el pecho, etc. la segunda es espontánea, porque es efecto del despertar de la sensibilidad espiritual. En san Juan toma el nombre de “oración de Jesús” (Iesoû euché), y está constituida únicamente por la invocación del nombre de Jesús, una invocación continua como la respiración: “El recuerdo de Jesús se debe fundir con tu respiración; entonces descubrirás la utilidad de la hesychia“, de la paz interior. Al final, la oración se hace algo muy sencillo: la palabra “Jesús” se funde sencillamente con nuestra respiración.


Se nos dice que Dios le concedió una gracia extraordinaria para curar los desórdenes espirituales de las almas. Entre otros a quienes él ayudó, hubo un monje llamado Isaac, llevado casi al borde de la desesperación por las tentaciones de la carne. Juan se dio cuenta de la lucha que sostenía y después de elogiar su fe, dijo: «Hijo mío, acudamos a la oración». Se postraron ambos en humilde súplica y, desde aquel momento, Isaac quedó libre de sus tentaciones. Otro discípulo, cierto Moisés, que parece en algún tiempo haber vivido cerca del santo, después de acarrear tierra para plantar legumbres, fue vencido por la fatiga y se durmió bajo el ardiente sol, al amparo de una gran roca. Repentinamente fue despertado por la voz de su maestro y se precipitó hacia adelante, justo a tiempo para evitar el ser aplastado por un alud de piedras. San Juan, en su soledad, tuvo conocimiento del peligro que lo amenazaba y había estado rogando a Dios por su seguridad. El buen hombre tenía entonces setenta años de edad, pero a la muerte del abad de Monte Sinaí, fue unánimemente escogido para sucederle. Poco después, durante una gran sequía, la gente acudió a él como a otro Elías, rogándole que intercediera ante Dios por ellos. El santo encomendó su desgracia al Padre de las Misericordias y una abundante lluvia contestó a sus oraciones.


Tal era su reputación, que san Gregorio Magno, que ocupaba entonces la Silla de San Pedro, escribió al santo abad pidiéndole sus oraciones y enviándole camas y dinero para el uso de los numerosos peregrinos que acudían al Monte Sinaí. Durante cuatro años, San Juan gobernó a los monjes con tino y prudencia. Sin embargo, había aceptado el cargo con cierta renuencia y encontró manera dé renunciar a él poco antes de su muerte. Había llegado a la edad de ochenta años, cuando entregó su alma en la ermita que le había sido tan querida. Jorge, su hijo espiritual, que le había sucedido como abad, rogó al santo agonizante que no permitiera que ellos dos se separaran. Juan le aseguró que sus oraciones habían sido oídas y el discípulo siguió a su maestro en el lapso de pocos días. Además del «Climax» -como se titula su «Escala al Paraíso»- tenemos otra obra de san Juan: una carta escrita al abad de Raithu, en la que describe las obligaciones de un verdadero pastor de almas. En el arte, Juan es siempre representado con una escalera.


El Gran Canon de San Andrés de Creta



Las Iglesias de tradición bizantina durante la primera semana de la Gran Cuaresma (de lunes a jueves) en el Oficio de Apódipnon (Completas) cantan diversas partes del canon penitencial de San Andrés de Creta, que vivió entre el 660 y el 740. El mismo se canta completo en los Maitines del jueves de la quinta semana.


Andrés escribe este texto que es un gran canto a la misericordia y a la bondad de Dios, manifestada en Cristo, canto que es fruto de una lectura, de una verdadera lectio divina de toda la Sagrada Escritura. Se trata de un texto muy largo, muy profundo y bello, no siempre fácil, al cual se añadirán más tarde los troparios sobre Santa María Egipciaca y sobre el mismo San Andrés de Creta.


El texto está formado por nueve odas que siguen los nueve cantos bíblicos - ocho del Antiguo Testamento y dos del Nuevo - que forman parte del matutino bizantino. El primero de los troparios de cada una de las odas ofrece el enlace cristológico o eclesiológico del testo mismo: "Estáte atento, oh cielo, y hablaré, y celebraré a Cristo, venido de la Virgen en la carne... Fortelece, oh Dios, a tu Iglesia, sobre la inamovible roca de tus mandamientos... Ha escuchado el profeta tu venida, oh Señor, y ha sentido temor, ha escuchado que nacerá de la Virgen y te mostrará a los hombres, y decía: he escuchado tu anuncio y he sentico temor; gloria a tu poder". A lo largo de las nueve odas encontramos el desarrollo de diversos temas bíblicos, comenzando por los veterotestamentarios para pasar en la misma oda a los del Nuevo Testamento.


En la oda primera la historia de Adán y Eva y de Caín y Abel está entrelazada por las parábolas del hijo pródigo y del Buen Samaritano: "Habiendo emulado en la trasgresión a Adán, el primer hombre creado, me veo despojado de Dios, del reino y del gozo eterno, a causa de mi pecado. ¡Ay, alma infeliz! ¿Por qué te has hecho semejante a la primera Eva? Has tocado el árbol y has gustado imprudentemente el fruto del engaño. Cayendo con la intención en la misma sed de sangre de Caín, me he convertido en el asesino de mi pobre alma. Consumada la riqueza del alma con el libertinaje, soy privado de piadosas virtudes y hambriento grito: ¡Oh padre de piedad, sal a mi encuentro con tu compasión. Soy yo el que me he tropezado como los ladrones, que son mis pensamientos, me han cubierto de llagas: ven tú mismo, por tanto, a curarme, oh Cristo!".


Aún las figuras de Adán y Eva son yuxtapuestas en la segunda oda a la del publicano y la prostituta: "He oscurecido la belleza del alma con las voluptuosidades pasionales, y he reducido totalmente en polvo mi intelecto. He lacerado mi primera vestidura, aquella que ha tejido para mí el Creador. Me he vestido con una túnica lacerada, aquella que me ha tejido la serpiente con su consejo, y estoy lleno de vergüenza. También yo te presento, oh piadoso, las lágrimas de la meretriz: sé propicio conmigo, oh Salvador, en tu amorosa compasión. Acoge también mis lágrimas, oh Salvador, como ungüento. Como el publicano a tí grito: Sé propicio conmigo".


Vienen presentadas en la odas sucesivas (tercera-cuarta) la fe de Abraham, la escala de Jacob, la figura de Job, la Cruz como lugar donde Cristo renueva la naturaleza caída del hombre: "He manchado mi cuerpo, he ensuciado mi espíritu, estoy todo lleno de llagas; pero tú, oh Cristo médico, cura mi espíritu y cuerpo con la penitencia, báñame, purifícame, lávame: déjame más puro que la nieve... Crucificado por todos, has ofrecido tu cuerpo y tu sangre, oh Verbo: el cuerpo para re-plasmarme, la sangre para lavarme; y has entregado el espíritu para portarme, oh Cristo, a tu Engendrador. Has obrado la salvación en medio de la tierra. Por tu voluntad has sido clavado en el árbol de la Cruz y el Edén que había sido cerrado, se ha abierto... Sea mi fuente bautismal la sangre de tu costado, y bebida el agua de remisión que ha brotado... y sea ungido, bebiendo como crisma y bebida, tu vivificante palabra, oh Verbo".


Las odas quinta, sexta y séptima contemplan la experiencia del desierto y las infidelidades del pueblo y de los reyes de Israel, y Cristo que cura y salva: "Por mí, Tú que eres Dios, has asumido mi forma; has obrado prodigios, sanando leprosos, enderezando paralíticos, deteniendo el flujo de sangre en aquélla que te tocaba la franja del vestido, oh Salvador... Imita, oh alma, a aquélla que se postro rostro en tierra: póstrate, arrójate a los pies de Jesús, porque Él te enderezará y tú caminarás recta por los senderos del Señor".


La octava oda canta los grandes del Antiguo y del Nuevo Testamento: "Has escuchado hablar, oh alma, de los ninivitas, de su penitencia ante Dios en saco y ceniza : tú no los has imitado, sino que has sido más ignorante que todos aquellos que han pecado antes y después de la Ley. Como el ladrón, grito a tí: ¡Acuérdate! Como Pedro, lloro amargamente; perdóname, Salvador, a tí grito como el publicano; lloro como la meretriz: acoge mi gemido".


Finalmente, después de todos los ejemplos y modelos del Antiguo Testamento, Andrés de Creta en la oda nona presenta todo el misterio salvífico de Cristo que cura, llama a la humanidad a seguirlo y salva: "Te traigo los ejemplos del Nuevo Testamento, oh alma, para inducirte a compunción: Cristo se ha hecho hombre para llamar a la penitencia a los ladrones y prostitutas... Cristo se ha hecho niño según la carne para conversar conmigo, y ha cumplido voluntariamente todo lo que es de la naturaleza, excepto el pecado... Cristo ha salvado a los magos, ha convocado a los pastores, ha convertido en mártires una muchedumbre de inocentes... El Señor después de haber ayunado cuarenta días en el desierto, al fin tuvo hambre, mostrando así su humanidad... Cristo enderezó al paralítico, resucitó a jóvenes difuntos... El Señor curó a la hemorroisa que le tocó la franja de su manto, purificó a los leprosos e iluminó a los ciegos; hizo caminar a los cojos... para que tú pudieras salvarte, alma infeliz... Curando las enfermedades, Cristo, el Verbo, ha evangelizado a los pobres... El publicano se ha salvado y la prostituta se ha convertido en casta".


El texto del gran canon de Andrés de Creta cuenta la historia de la salvación operada por Dios en cada uno de nosotros: "Te he presentado, oh alma, la historia del inicio del mundo escrita por Moisés, toda la Escritura que nos viene por Él y que te narra sobre justos e injustos... Te traigo los ejemplos del Nuevo Testamento, oh alma, para inducirte a compunción: emula, por tanto, a los justos, aléjate de los pecadores y ríndete propicio a Cristo con las oraciones y ayunos, con castidad y decoro". En un texto que nos coloca ante los diversos aspectos con los cuales la Iglesia a lo largo de la Cuaresma nos confronta, es decir, la misericordia de Dios y por medio de ésta nuestro camino de retorno a Dios, teniendo a Cristo mismo como Pastor y como Guía, Él que lleva de la mano a Adán hacia Eva, que toma la mano de Pedro que se hunde en las aguas, que alza al niño epiléptico curado, y que finalmente el día de la Pascua toma de nuevo por la mano a Adán y Eva para hacerlos salir de los infiernos y regresarlos al paraiso.


Manuel Nin


EL HIMNO ACATISTO A LA SANTÍSIMA MADRE DE DIOS



En la tradición griega, los primeros cuatro viernes de la Santa y Gran Cuaresma se canta en el Oficio de Completas una porción del himno Acatisto a la Santa Madre de Dios (las llamadas «Salutaciones»), mientras que el quinto viernes se canta el himno completo; la práctica rusa es cantarlo entero el sábado de la V semana.


Pero ¿qué es el Acatisto? Ofrecemos a continuación un breve estudio sobre este himno propio del rito bizantino.


I. El nombre


El Akáthistos (palabra que a menudo pasa al español con el término acátisto o acatisto) es un gran himno litúrgico de la antigua iglesia griega, una larga composición poética estudiada orgánicamente para celebrar el misterio de la madre de Dios.


Lleva un nombre singular: una rúbrica litúrgica transformada en nombre propio. En griego, el término akáthistos (de a privativa y el verbo kathistomai, "sentarse' quiere decir: no sentado, es decir, puesto de pie. Se trata, pues, de un himno que, a diferencia de los demás de la liturgia bizantina, se debe cantar y escuchar por completo estando de pie, como el evangelio, en señal incluso externa de atención reverente.


Con este nombre de repertorio, que sustituyó al título original, la iglesia de oriente, unida todavía por aquellos tiempos a la de occidente, quiso hacer suyo este himno, considerándolo como expresión privilegiada de su propia doctrina y piedad secular hacia la madre de Dios.


II. Importancia


El Akáthistos no está sacado de los archivos y nunca estuvo sepultado en las bibliotecas; lleva ya quince siglos viviendo en el corazón de innumerables generaciones, que sacan de él alimento y verdadera devoción a la Virgen. No cabe duda de que es el himno mariano más hermoso de la antigüedad y de todos los tiempos, monumento literario de primerísima calidad, obra maestra litúrgica de importancia eclesial. En el rito bizantino ocupa un lugar privilegiado; efectivamente, goza de su propia fiesta litúrgica el sábado 5.° de cuaresma, llamado precisamente por eso sábado de Akáthistos; más aún, se celebra también parcialmente en los precedentes cuatro sábados de cuaresma o en la tarde del viernes, para mayor comodidad de los fieles, con oficio propio, entrelazado de salmos y plegarias y con el canon de José el Himnógrafo (composición poética del s. IX).


En muchas ocasiones sirvió, y sirve todavía, de himno de acción de gracias. La ciudad de Constantinopla, consagrada a María, cuando se veía asediada por los bárbaros recurría a su protección; y después de haber experimentado casi sensiblemente su poder, le daba gracias con vigilias y cánticos en su honor. Según el relato del Sinaxario, el Akáthistos habría tomado su nombre precisamente de estas celebraciones nocturnas de agradecimiento a María: "Celebramos esta fiesta en recuerdo de las prodigiosas intervenciones de la inmaculada madre de Dios. Este himno fue llamado Akáthistos, como privado de espacio para sentarse, ya que todo el pueblo estuvo la noche entera cantando en pie este himno a la madre de Dios; y mientras que en todas las demás estrofas se acostumbra estar sentados, en ésta de la madre divina todos nos ponemos de pie para escucharla" (PG 92,1354).


Como recuerdo de estas liberaciones inesperadas de Constantinopla, que todos indistintamente atribuían a la Virgen, queda el solemne proemio (probablemente del s. VIII), que sirve de introducción al Akáthistos:


¡A la invicta estratega 

el himno de victoria!

Liberada de cruel desventura, 

este canto de gracias

a ti te dedico, yo, tu ciudad, 

¡oh Madre de Dios!

Tú, que gozas

de un poder invencible, 

líbrame de toda clase de peligros, 

para que te aclame:

¡Ave, Virgen y Esposa!


Cuando el imperio bizantino cayó en 1453 bajo los turcos, no se derrumbó esta confianza, sino que se elevó al orden de la gracia: el patriarca Jorge Scholarios decía a María que ya no la importunarían para que salvase a la ciudad, pero que les conservase siempre en la fe de los padres. El Akáthistos sigue siendo el testimonio seguro de la fe de los padres, perla celosamente guardada en el corazón de los fieles de oriente, duramente probados hasta el día de hoy en su fidelidad a Cristo.


Este himno fue traducido y se canta en todas las lenguas del rito bizantino, antiguas y recientes. También se tradujo al latín por el año 800, por obra de Cristóbal, obispo de Venecia, ejerciendo así una notable influencia en la himnografía medieval. Hoy es cada vez más conocido y estimado en occidente; son muchas las traducciones a las lenguas modernas, muchas las celebraciones comunitarias y eclesiales en que se utiliza convenientemente. Merece una especial mención la solemne conmemoración del 1.550 aniversario del concilio de Éfeso, que tuvo lugar por expreso deseo del papa Juan Pablo II en Santa María la Mayor el 7 de junio de 1981, con la presencia de muchos obispos de todo el mundo y representantes de las iglesias bizantinas y de otras confesiones cristianas; entonces fue cantado el himno entero por el coro y por la asamblea de fieles.


III. Estructura métrica


El Akáthistos pertenece al género himnográfico antiguo llamado kontákion, que se basa no en la cantidad de sílabas breves y largas como la poesía clásica, sino en el acento tónico que anima los versos. Poema destinado a las asambleas litúrgicas con finalidades catequético-pastorales, el kontákion se desarrolla con frescura de inspiración y vivacidad de escenas, en una secuencia de estrofas métricamente idénticas entre sí, como si se quisiera componer una sagrada representación de los misterios celebrados en el año litúrgico. El Akáthistos es el único kontákion que ha permanecido en uso en el rito bizantino hasta nuestros días de forma entera.


La estructura métrica del texto original es de una precisión inverosímil: organizadas arquitectónicamente las estancias, bien encajados los versos, predispuestos debidamente los acentos, numeradas convenientemente las sílabas, fijadas las pausas: un perfecto tapiz, embellecido de un entramado elegantísimo, de lo más variado que se puede pensar, con rimas perfectas, asonancias, aliteraciones y contrastes homofónicos. Su estructura parece apoyarse en el número 12: las veinticuatro estancias, que siguen el acróstico del alfabeto griego, se presentan intencionadamente divididas en dos partes, de doce estancias cada una, histórica la primera y teológica la segunda. La diferente hechura de las estancias impares y de las pares subdivide el himno en otros dos grupos de doce: doce estancias más largas -las impares-, que después de una presentación histórica o temática se prolongan con doce aclamaciones a la Virgen y se cierran con el efimnio repetido doce veces: ¡Ave, Virgen y Esposal; doce estancias más cortas -las pares- que terminan con la aclamación: ¡Aleluya! Más todavía, la media de los versos de dos estancias emparejadas, impares y pares, que proceden en un estrecho binomio complementario, es también de doce; el conjunto de versos que forman el himno es también cuadrado de doce. Llevando más a fondo el examen, he podido descubrir que también el número de sílabas de dos estancias emparejadas y el de todo el himno es igualmente múltiplo de doce. Alguien ha leído en esta acentuación del doce una referencia implícita a la misteriosa Mujer del Apocalipsis, coronada de doce estrellas. Pero ponderando atentamente cada uno de los elementos y el procedimiento binario y ternario de las estancias y de los versos, creo que en la raíz del doce, número que recuerda las tribus de Israel y los apóstoles de Cristo, es decir, la historia de la salvación que pasa a través del pueblo elegido y de la iglesia, están los números sagrados de la fe cristiana, el 2 y el 3, símbolo de los dogmas definidos en Nicea y en Éfeso: la trinidad de las Personas divinas y las dos naturalezas unidas hipostáticamente en el Verbo encarnado. Así pues, María, como figura y presencia, surge e irradia a partir del misterio del Verbo engendrado por ella Hijo único y consubstancial con el Padre según la divinidad, consubstancial con nosotros según la humanidad; pero se adentra en el misterio trinitario, fuente primera y término último de la salvación humana.


IV. Presentación temática


El Akáthistos se proyectó en dos planos superpuestos, el de la historia y el de la fe, y con dos perspectivas trabadas y complementarias, la cristológica y la eclesial, en las que se dibuja y se ilumina el misterio de María, la madre de Dios; más aún, sobre el trasfondo de este plan de salvación, está escrita como en filigrana la historia del hombre, de cada uno de los hombres, llamados a convertirse en transparencia y en presencia divina, como lo fue y lo es María.


La primera parte del himno (estancias 1-12), siguiendo el evangelio de la infancia del Señor (Lc 1-2; Mt 12), propone y comenta la teofanía, es decir, la aparición y la primera revelación histórica de Dios en carne humana, con los efectos salvíficos que de ella se derivan. Las seis primeras estancias (1-6), de cuño cristológico, escenifican y cantan el descendimiento del Verbo y su manifestación a los primeros testigos: la Virgen-madre, el Bautista e Isabel-José. Las otras seis estancias (7-12), de cuño eclesial, muestran la epifanía de Dios en el mundo portadora de luz y de gracia para todos: sus protagonistas y beneficiarios son los pastores, los magos, los redimidos de la esclavitud de los ídolos, es decir, los pueblos paganos, y el justo Simeón, tipo de las esperanzas de Israel.


La segunda parte del himno (estancias 13-24) propone la teología de la iglesia antigua, es decir, la profesión de los dogmas de fe que se refieren a María: las seis primeras estancias (13-18) la contemplan sumergida en el misterio de Cristo, mientras que las seis últimas (19-24) la celebran presente en el misterio en acto en la iglesia. Parece ser que esta segunda parte del himno se concibió como superpuesta y complementaria de la primera, ya que a las estancias marianas de la primera parte -las impares- les corresponden temáticamente las marianas de la segunda, que prolongan su intuición. He aquí la secuencia de los cuadros, leídos en la perspectiva mistagógica del himno:


1) Dios envía el ángel a transmitir el saludo; el misterio se cumple en María; desborda la alegría, cesa la condenación, se renueva la creación entera: "Ave, por ti resplandece el gozo; ave, rescate del llanto de Eva. Ave, por ti se renueva la creación; ave, por ti el Creador es niño". 


2) El asombro de María: la criatura se encuentra ante la misteriosa iniciativa de Dios: "Tu singular mensaje -dice María a Gabriel- le parece incomprensible a mi alma..." 


3) Ante un acontecimiento arcano surge espontánea la pregunta: "¿Cómo?" María le pregunta ansiosa: "¿Podrá mi seno virginal dar a luz alguna vez a un niño? ¡Dímelo!" El ángel en su respuesta le revela que ella sola está tan profundamente iniciada en la experiencia de lo divino, que se convierte en guía para que el hombre suba: "Ave tú, guía hacia el supremo consejo; ave tú, prueba de arcano misterio. Ave, oh escala celestial por donde bajó el Eterno; ave, oh puente que llevas al cielo a los hombres". 


4) El Espíritu Santo, al bajar, cubre con su sombra a la Virgen, cambiando su seno en virgen-tierra fecunda de gracias: "Aquel seno, fecundado de lo alto, se convierte en campo fértil para todos". 


5) La visitación: ante el saludo de María, el misterio se le revela a Juan y le toca en su intimidad: florece el perdón y se derrama la misericordia; María es mediadora y altar: "Ave tú, mesa que lleva plenitud de dones. Ave, incienso agradable de súplicas. Ave, perdón suave del mundo. Ave, clemencia de Dios con el hombre. Ave, confianza del hombre con Dios". 


6) El misterio se le revela a José, el testigo virginal: "Cuando supo que eras madre por el Espíritu Santo, exclamó: ¡Aleluya!" 


7) La adoración de los pastores: prefiguración de los apóstoles, de los pastores y de los mártires que a lo largo de los tiempos anuncian y confiesan a Cristo nacido de la Virgen, la cual reviste de gloria a los fieles lo mismo que vistió de carne al Señor: "Ave, por ti exultan los cielos con la tierra; ave, por ti con los cielos brinca de gozo la tierra. Ave, tú eres la voz perenne de los apóstoles; ave, tú eres el entusiasmo indómito de los mártires. Ave, por ti nos vestimos de gloria".


8) La llegada de los magos: tras el anuncio de fe predicado por los pastores, el hombre que lo acoge se encamina en busca de Dios; comienza el itinerario catecumenal, que termina en María, de la que se hizo carne la palabra del Padre: "Llegados al Dios inalcanzable, la aclaman los bienaventurados: ¡Aleluya!" 


9) La adoración de los magos: el camino catecumenal del hombre termina con la renuncia a Satanás y a los vicios y con la adhesión gozosa al único Señor; su artífice y su estrella es la madre de Dios: "Ave, resplandeciendo conduces al Dios verdadero. Ave, eres tú la que rescatas de los ritos crueles; ave, tú eres la que nos salvas de las obras de barro. Ave, tú eres la guía de ciencia para los creyentes; ave, tú eres el gozo de los pueblos todos". 


10) Los magos vuelven a su país; el neófito se convierte con su vida en heraldo de Cristo: "Pregoneros de Dios se hicieron los magos en el camino de su regreso. Te predicaban, oh Cristo a todos". 


11) Cristo entra en Egipto, como había anunciado Isaías (Is 19,1), llevado por María se derrumban los ídolos, y tras ella comienza el éxodo del pueblo nuevo hacia la tierra prometida: "Ave tú, mar que te tragas al gran faraón; ave tú, roca que manas las aguas de la vida. Ave, columna de fuego, que guías en la .oscuridad; ave, amparo del mundo mayor que la nube. Ave, donante del maná celestial; ave, servidora de santas delicias. Ave tú, mística tierra prometida ave, fuente de leche y de miel". 


12) El encuentro con Simeón: la esperanza y la sabiduría del hombre se ilumina en Cristo: "Como niño te pusieron en sus brazos, pero en ti él reconoció al Señor perfecto". 


13) La concepción virginal: con un nuevo prodigio renace la vida; la santidad y la obediencia virginal de la nueva Eva se contraponen a la desobediencia antigua y la borran, reconciliando al mundo con Dios: "Ave, oh flor de vida no libada. Ave, tú revelas la vida de los ángeles. Ave tú, súplica al Juez justo; ave, perdón para todos los extraviados. Ave vestido para los desnudos de gracia; ave, amor que vences toda codicia". 


14) El hombre vuelve en Cristo a sus orígenes; en el Verbo encarnado se le abren los cielos: "Admirando ese parto nos apartamos del mundo y dirigimos al cielo nuestra mente" 


15) La divina maternidad, vértice supremo, trono de Dios y único camino para que el hombre perdonado se haga dios: "Ave tú, sede de Dios, el Infinito. Ave, oh trono más santo que el trono de los querubines. Ave, por ti se perdonó la culpa; ave, por ti se abrió el paraíso; Ave esperanza de tesoros eternos". 


16) También para los ángeles el misterio del Verbo encarnado es una nueva luz de conocimiento y de éxtasis: "Al Dios invisible para todos lo veían hecho accesible, hombre". 


17) El parto virginal, abismo de sabiduría divina; la luz de la sabiduría humana rechaza el misterio; la fe de los sencillos es la verdadera sabiduría, que encuentra en María su luz: "Ave, sagrario de eterna sabiduría. Ave, tú revelas la ignorancia de los doctos. Ave, por ti son necios los sutiles doctores. Ave, nos levantas de la honda ignorancia; ave, eres faro de ciencia para todos". 


18) Nunca habríamos podido acercarnos a Dios, si él no hubiera bajado humilde hasta nosotros para salvarnos y atraernos suavemente hacia sí: "Como Dios, era pastor nuestro; pero quiso aparecer entre nosotros como cordero; con lo humano atraía a los humanos, como Dios lo aclamamos: ¡Aleluya!" 


19) La virginidad perpetua de María, comienzo de la iglesia santa, modelo sublime para las vírgenes: María, que en su seno desposó con Dios al hombre, conduce ahora a las vírgenes y las desposa con el Verbo de Dios: "Ave, columna de sagrada pureza. Ave, comienzo de nueva estirpe. Ave, diste sabiduría a los privados de cordura. n Ave tú que nos das al autor de los castos. Ave tú, regazo de bodas divinas. Ave, alma madre de vírgenes; ave tú, que llevas las almas a su Esposo"


20) El primer deber de las vírgenes es el culto a Dios; el hombre, aunque prolongue su alabanza, es incapaz de celebrar dignamente los beneficios divinos: "Aunque te ofreciésemos tantos himnos como granos de arena hay, Señor, nunca igualaríamos a tus dones". 


21) La maternidad espiritual de María: la madre de la iglesia, lo mismo que engendró a la cabeza según la carne, tampoco deja de regenerar en él a los miembros con los sacramentos que infunden la luz y la vida y que nacen de su seno y de su corazón: "Ave, para nosotros eres la fuente de los sagrados misterios; ave tú eres el manantial de las aguas abundantes. Ave, quitas las manchas de nuestros pecados. Ave, oh fuente que lavas las almas; ave, oh copa que derramas delicias; ave tú, vida del sagrado banquete".


22) Nuestra regeneración nace del misterio pascual, que tiene sus raíces en el seno virginal; efectivamente, Cristo bajó del cielo y se encarnó de la virgen María: "Queriendo perdonar toda deuda antigua, el Redentor del mundo bajó y habitó personalmente entre nosotros". 


23) La mediación celestial: María es templo y arca que acompaña y protege a la iglesia peregrina en la santa conquista de la patria celestial; y es refugio y esperanza de todos los fieles: "Ensalzando tu parto, el universo te canta como templo viviente, oh Theotókos. Ave, oh tienda del Verbo de Dios. Ave tú, arca dorada por el Espíritu. Ave tú, noble honor de los sacerdotes. Ave, tú eres para la iglesia como torre esbelta. Ave, por ti levantamos trofeos; ave, por ti caen vencidos los enemigos. Ave tú, medicina de mis miembros; ave, salvación de mi alma". 


24) Nuestra abogada: ¡que la madre de Dios nos salve de todo peligro y del último castigo!


Como se ve, el Akáthistos se articula en torno a dos centros: el Cristo de la historia y el Cristo de la fe o, mejor aún, en torno a la teofanía y a la teología; pero el misterio, en donde está siempre presente y operante María, es único. Nos encontramos frente a la primera síntesis de la doctrina mariana.


V. Metodología mistagógica


La disposición tan estudiada del himno no atiende sólo a la estructura métrica o a la poesía lírica, sino que es una liturgia maravillosa de alabanzas, compuesta para vivir un momento eclesial de experiencia mística, celebrando a María. En efecto, la liturgia es experiencia de lo sagrado, que afecta a todo el hombre, alma y sentidos, mente y corazón, para llevarlo a la comunión sobrehumana con lo divino. Por eso el Akáthistos procede proponiendo a la mente, estancia tras estancia, unos cuadros plásticos que atraen la atención e introducen poco a poco en el misterio: de lo sensible a lo inteligible, de lo narrado a lo creído, de la historia que cuenta el evangelio a la fe que vive y profesa la iglesia. Además, la sucesión de figuras y de imágenes para comentar los temas se hace, según el método espiritual de oriente, escala y velo que deja vislumbrar en el símbolo las realidades celestiales. El gozo íntimo que nace del contacto con el misterio intuido programa el grito del alma antes aún que la aclamación de los labios. Cantar, entonar, aclamar, pero sobre todo gritar, son los verbos que introducen el Ave a María, como imitando a Isabel, que la llamó a grandes gritos bienaventurada, y el Aleluya al Señor. En cada una de las estancias las imágenes van recogidas por temas; así, por ejemplo, cuando el himno habla de la visitación (estancia 5) se inspira en las imágenes de los campos y del culto; cuando escenifica la huida a Egipto (estancia 11), en las imágenes del éxodo; cuando canta la concepción virginal (estancia 13), se refiere al paraíso terrenal; cuando celebra los sacramentos pascuales (estancia 21), usa las imágenes de la luz; para vestir de palabras la incomprensibilidad de los designios divinos (estancia 17), escoge las imágenes del mar...


Bajo esta trama tan perfilada se advierte una atenta exégesis de tipo alejandrino, que busca dentro de la envoltura de la historia y del dogma el significado divino encerrado allí. Efectivamente, en cada estancia todo está dispuesto inteligentemente para invitar a una lectura de transparencia o de superposición, que actualice el pasado y haga eterno el presente. Así, por poner un ejemplo, en la estancia 7, donde los pastores acuden a adorar a su pastor hecho cordero, la cueva de Belén y el pesebre se convierten en el redil del rebaño de Cristo, que es su iglesia; el canto alegre de los ángeles se mezcla con los himnos de los hombres y es un preludio del canto trisagio de nuestras liturgias; los pastores representan a los apóstoles que ofrecen el pan del cielo, anunciando a Cristo al mundo, y a los mártires, que dan testimonio de él no con la palabra, sino con su sangre. Pues bien, María está en el corazón y en la raíz del misterio de Cristo que salva. Las estancias 8-9-10, que ponen en escena la adoración de los magos, corresponden a este primer kerigma de fe; es decir, nace en el corazón del hombre la acogida luminosa de la palabra y comienza entonces el camino de su conversión; los magos, que llegan al verdadero Dios siguiendo la estrella y lo adoran postrados ante él, renunciando a la idolatría y a los vicios, son el símbolo de los catecúmenos que caminan hacia la fuente, en donde el hombre renuncia definitivamente a las seducciones del mundo y profesa la fe bautismal que ilumina la mente y llena de gozo el corazón de los que renacen a Dios. María está también en el origen y en el término de este misterioso camino: es la estrella que señala el itinerario de fe y de vida nueva. Así pues, todo el himno se desarrolla en pianos superpuestos, en donde la figura de María es al mismo tiempo imagen y revelación plena de lo que habrá de ser todo hombre y toda la iglesia.


VI. Tres palabras clave


La trama del himno se mueve en torno a tres palabras: el saludo del ángel, Ave, que pone ritmos a todas las estrofas, y los dos efimnios Ave, Virgen y esposa y Aleluya.


Ave: el Akáthistos se abre mientras el ángel baja del cielo, enviado por Dios para traer el anuncio de gozo a la Virgen y por su medio a la tierra entera: "El más excelso de los ángeles fue enviado del cielo para decir ave a la madre de Dios". El término griego jaíre ("alégrate', traducido impropiamente al latín y al español por "ave", es el leit-motiv sobre el que se desarrollan las aclamaciones y los conceptos marianos; parece como si toda la trama del himno y su escenario estuvieran envueltos por el gozo del cielo. Se trata realmente de un evangelio de gozo que se abre para el mundo en María: el anuncio de que Dios se ha hecho hombre.


¡Ave, Virgen y esposa!: esta aclamación, escogida adrede para cerrar las estancias marianas, uniendo en el canto al coro y a la asamblea, fija la mente de los fieles en la Virgen madre inmersa en el misterio de Dios; criatura tan íntimamente unida con el Padre que es llamada esposa, con un término literario elegante que da a entender su virginal entrega a la divinidad, para ser vivo instrumento suyo en el misterio que une en Cristo personalmente lo divino y lo humano. Desposada con Dios pero no desposada con el hombre (en griego: nymphi anympheute): posesión personal exclusiva del Padre, Hijo y Espíritu, pero "virgen" de toda posesión de pertenencia humana. De esta forma el efimnio sitúa la figura de la Virgen en el mismo límite entre lo creado y lo increado, como el vértice supremo de la ascensión humana que se introduce en el esplendor divino y queda enteramente revestida por él, sin perder sus propiedades de criatura.


Aleluya: el efimnio de las estancias pares, escogido también intencionadamente para cerrar la sucesión binaria de las estrofas, refiere la gloria solamente al Señor, de quien parte la iniciativa, brota la vida, comienza la historia, se derrama la gracia; en donde termina, abismado en Cristo mediante el Espíritu en la contemplación de la divinidad, el itinerario espiritual de cada ser humano y el itinerario cósmico. María, realidad fundida en el Hijo, es ella misma su camino y su cántico.


VII. Teología


El Akáthistos hace suya y prolonga la intuición teológica de los padres de Éfeso, en particular la de Cirilo de Alejandría, que durante el concilio saludaba de este modo a María: "Ave de parte nuestra oh María, madre de Dios, venerable joya de toda la tierra, lámpara inextinguible, corona de la virginidad, cetro de la ortodoxia, templo indisoluble, madre y virgen. Ave tú, que en la santa matriz virginal contuviste al Incontenible. Por ti fue santificada la Trinidad; por ti fue dicha digna de adoración la cruz y se la adora por toda la tierra; por ti exultan los cielos; por ti se regocijan los ángeles y los arcángeles; por ti son expulsados los demonios; por ti el hombre caído es exaltado a los cielos; por ti el mundo entero, esclavo de la idolatría, llegó al conocimiento de la verdad; por ti el santo bautismo se ha dado a los creyentes; de ti viene el óleo de la exultación; por ti se han fundado iglesias por toda la tierra; por ti las gentes llegan a la conversión; por ti predijeron los profetas; por ti los apóstoles anuncian a las gentes la salvación; por ti resucitan los muertos..." (PG 77,991-996). Y mucho antes de Éfeso, en el s. II, Ireneo, juntando en una sola cosa a Cristo salvador y a la Madre virgen, afirmaba: "Los que lo anunciaron de antemano como Emmanuel de la Virgen, manifestaban la unión del Verbo de Dios con su criatura: o sea, que el Verbo se haría carne y el Hijo de Dios sería hijo del hombre. El puro que de forma pura abriría aquel seno puro que regenera a los hombres para Dios: el seno que él mismo hizo puro" (PG 7,1080).


Sobre esta urdimbre, que une al Hijo y a la madre, es decir, a la causa principal divina y a la causa instrumental humana, en la realización de la única salvación, se desarrolla toda la teología del himno. Su centro de gravedad, qué saca sus aguas de la fuente pura de la palabra de Dios y de los grandes padres de oriente, es el misterio del Verbo, término último del camino de los hombres, llamado a hacerse dios en el Dios Verbo humanado. Por consiguiente, un misterio que compendia la salvación: lo histórico y lo transhistórico, lo ultratemporal y lo temporal, lo inmanente y lo trascendente, todo ello completado ya en Cristo, pero esperando en el mundo su cumplimiento en él reino. En ello se encuentran afectados los hombres y los ángeles, el mundo creado y los mismos demonios. Pues bien, María, en la perspectiva del himno, está presente y operante en toda la extensión del misterio: donde la humanidad de Cristo es fuente de vida, allí está María, que le ha dado su carne; allí está escrita su figura de virgen y su acción de madre.


Su virginidad fue la embajada de paz que el Señor acogió en favor del mundo caído y lo movió a hacerse uno de nosotros; su divina fecundidad dio a los que andaban errantes el Redentor, anuló la antigua condenación, despojó de su presa al infierno, abrió las puertas del cielo, reunió en una sola alabanza a los ángeles y a los hombres. Lo mismo que fue "escala celestial por donde bajó el Señor", también es "puente que lleva a los hombres al cielo".


Hoy como ayer, la Virgen es presencia operante en la iglesia que camina: sostén de su fe, palabra a los apóstoles, fuerza de los mártires; porque todos y en todas partes anuncian y atestiguan a Cristo, que ella nos ha dado. Presente en la iglesia desde su nacimiento en los misterios pascuales -como fuente que contiene el agua saludable, esencia olorosa que compone el santo crisma, vida del banquete eucarístico-, está siempre presente a su lado en su peregrinación hacia la patria: columna luminosa que le señala el camino, nube propicia que le protege en su andadura, fuente viva que le restaura con el agua de la vida, mesa que le ofrece el pan del cielo, tierra a la que se dirige el pueblo santo; puerto en donde aborda la ruta de los hombres.


Ésta es en síntesis la teología estupenda del himno, que envuelve en el misterio a la Virgen, uniendo juntamente el dogma y la contemplación, la profesión de fe y la liturgia.


VIII. Autor y tiempo de la composición


La vasta tradición manuscrita transmite casi siempre el Akáthistos como anónimo; los libros litúrgicos lo recogen siempre anónimo. Solamente algún códice, debido quizá a los acontecimientos históricos que recuerda el Sinaxario sobre las noches que el pueblo pasó en vela dando gracias a la madre de Dios, lo atribuye al patriarca Sergio (s. vi¡) o al patriarca Germán (s. viii). Pero un himno tan elaborado no se compuso ciertamente en una noche; más que un momento y un arte, expresa una vida. Algunos estudiosos han propuesto como autor probable a Román el Melode, príncipe de los himnógrafos del s. VI. Pero ni Román ni ningún otro himnógrafo sagrado alcanza la sublimidad y la profundidad del Akáthistos. Su autor fue ciertamente un gran poeta, un insigne teólogo, un contemplativo consumado; tan grande, que supo traducir en síntesis orante lo que la fe profesa; tan humilde, que desapareció su nombre. Dios conoce su nombre, pero el mundo lo ignora. Conviene que así sea; de esa forma el himno es de todos, porque es de la iglesia.


La fecha de composición del Akáthistos, según los estudios más recientes, oscila entre la segunda mitad del s. v y los primeros años del s. VI. En efecto, es posterior a una homilía de Basilio de Seleucia (s. v), de quien depende verbalmente una estrofa, y anterior al kontákion de Román el Melode sobre el patriarca José, inspirado en el Akáthistos. Además, desde el punto de vista litúrgico parece anterior a la institución de la fiesta de la Anunciación, instituida bajo el emperador Justiniano en torno al año 535: efectivamente, el himno no sigue el formulario de la Anunciación, sino el de la única fiesta primitiva de la Madre de Dios, que caía el día después de Navidad o en el ciclo natalicio. Así pues, el Akáthistós expresa una situación cultual arcaica; y también en este aspecto tiene un valor inmenso, ya que nos remite a las primeras expresiones del culto a María.


IX. Arte y piedad popular


El Akáthistos tuvo desde su origen su propio revestimiento musical, en el que se inspiró Román el Melode en la composición de un kontákion. Ha llegado hasta nosotros una notación neumática, no sabemos si primitiva o ya posterior, en un códice de los ss. x-xiii. No cabe duda de que el himno se cantó siempre en la liturgia bizantina, aunque se tradujo a otras lenguas; actualmente poseemos varias melodías, griegas, eslavas y árabes. Recientemente se le ha puesto también música a las traducciones italiana y española; a los franceses y alemanes les gusta adoptar la melodía ucraniana.


También es importante la iconografía del himno. Desde la edad media hasta hoy, en muchísimos monasterios e iglesias de oriente las veinticuatro estancias del Akáthistos cubren paredes enteras del pronaos, de los refectorios y de otros ambientes comunes; también aparece bordado en las vestiduras sacerdotales y está representado en objetos de uso litúrgico. Según el método pedagógico de oriente, esas representaciones sirven para introducir a los monjes y a los fieles en el misterio de Cristo, que se celebra en el altar.


Merece al menos una alusión aquella "moda himnográfica", bastante común en Rusia en tiempos recientes, que se mira en el Akáthistos para plagiar sus formas y asumir impropiamente su nombre; son célebres sobre todo los acátistos de la Dormición, alguno de los cuales se remonta al s. vii. Esto indica hasta qué punto acogieron con cariño los fieles este himno, que para ellos ocupa el lugar de nuestro rosario y alimenta una piedad popular sana y genuina.


E. Toniolo

DicMa 64-74



Fuente: lexorandies.blogspot.com / eltestigofiel.org / catholic.net / mercaba.org / Varias

Adaptación propia