miércoles, 29 de agosto de 2018

29/08 - Decapitación del Santo Profeta y Precursor Juan el Bautista


El Profeta San Juan el Bautista es considerado después de la Virgen María el santo más honrado. Era hijo del sacerdote Zacarías, casado con Santa Isabel (descendiente de Aarón). Sus padres vivían cerca de Hebrón (en una región montañosa) al sur de Jerusalén. Por parte de su madre él era pariente de Nuestro Señor Jesucristo y nació seis meses antes que el Señor.

Como lo narra el Evangelista San Lucas, el Arcángel Gabriel, se apareció a su padre Zacarías en el Templo y le anunció el nacimiento de su hijo. Y así estos devotos esposos, de edad avanzada, privados del consuelo de tener descendencia, tuvieron por fin un hijo, el cual ellos pidieron en sus oraciones.

Por misericordia de Dios él se liberó de la muerte entre miles de niños que fueron matados en Belén y sus alrededores. San Juan creció en un desierto salvaje, y se preparaba para la gran labor, llevando una forma de vida severa -ayunando, rezando y meditando en su destino preparado por Dios. Llevaba una vestimenta tosca, sujeta con un cinto de cuero, se alimentaba con miel silvestre y langostas. Él siguió una vida de ermitaño hasta el momento en el que el Señor lo llamó a los 30 años de edad para profetizar al pueblo hebreo.

Obedeciendo a este llamado, el Profeta san Juan, llegó a las orillas del río Jordán para preparar a la gente a recibir al esperado Mesías (Cristo). Ante la festividad de la Purificación mucha gente concurría al río para el lavado religioso. Aquí San Juan se dirigía a ellos, proclamando que se confiesen y se bauticen para el perdón de los pecados. La esencia, de su prédica se refería a que, antes de recibir la purificación externa, la gente debía purificarse moralmente, y de esta manera prepararse para la recepción del Evangelio. Claro es, que el bautismo de Juan no era todavia un sacramento bendito, como el bautismo cristiano. Su sentido era el de preparar (convertir) espiritualmente hacia el próximo bautismo con agua y Espíritu Santo. Según la expresión de una oración de la Iglesia, el Profeta san Juan, era la luminosa estrella matutina, la cual desprendía un brillo que era superior a la luminosidad de todas las estrellas y anunciaba la mañana del bendito día, iluminado por Cristo el Sol espiritual (Malaquias 4:2) Cuando la espera del Mesías llegó a su culminación, el Mismo Salvador del mundo, Nuestro Señor Jesucristo llegó al Jordán a bautizarse con San Juan. El bautismo de Cristo fue acompañado de anuncios milagrosos - el descenso del Espíritu Santo que bajó en forma de paloma sobre Él y la voz de Dios Padre que provenía de los cielos, diciendo: "Este es Mi Hijo amado..." Al recibir esta revelación, el Profeta San Juan le decía a la gente sobre El "Aquí esta el Cordero de Dios, que toma sobre Sí los pecados del mundo." Al escuchar esto, dos de los discípulos de Juan siguieron a Jesús. Ellos eran los Apóstoles Juan el Teólogo y Andrés, hermano de Simón, llamado Pedro. Con el bautismo del Salvador el Profeta San Juan concluyó como rubricando su servicio de profeta. Con severidad y sin temor acusaba los vicios tanto de las personas comunes, como la de los poderosos de este mundo. Por ello pronto él padeció.

El rey Herodes Antipas (hijo del rey Herodes el Grande) ordenó encarcelar al Profeta San Juan por acusarlo del abandono de su legítima esposa (hija del rey Aretas de Arabia), y por su unión ilegitima con Herodías, la mujer de su hermano Felipe.

El día de su cumpleaños Herodes hizo un banquete, al cual fueron invitadas personas muy conocidas. Salomé, hija de la pecadora Herodías, con su baile impúdico complació de tal manera al rey Herodes y sus invitados en el banquete, que el rey le prometió bajo juramento darle todo lo que ella le pidiese, aun hasta la mitad de su reino. La bailarina por instigación de su madre, pidió que se le entregue la cabeza de San Juan el Bautista sobre una bandeja. Herodes respetaba a Juan como profeta, por ello, él se disgustó ante ese pedido. Pero le dio vergüenza quebrantar la promesa por el dada, envió entonces al guardia a la prisión, el cual decapitó a san Juan el Bautista y entregó su cabeza a Salomé, quien se la llevó a su madre. Después de insultar Herodia sobre la santa cabeza del profeta, la tiró en un sucio lugar. Los discípulos de San Juan el Bautista le dieron santa sepultura a su cuerpo en Sebastia, una ciudad de Samaria.

Por su crueldad Herodes recibió su castigo en el año 38 después de Cristo. Sus tropas fueron derrotadas por Aretas, que fue contra él, por el deshonor causado a su hija, a la cual él abandonó para convivir con Herodías, y al año siguiente el emperador Calígula lo envió al exilio.

Según las narraciones de la tradición, el Evangelista San Lucas, al visitar distintas ciudades y pueblos con las prédicas de Jesús, desde Sebastia llevó a Antioquía una parte de los santos restos del gran Profeta - la mano derecha. En el año 959, cuando los musulmanes se apoderaron de Antioquía (durante el imperio de Constantino Porfirocente), el diácono Job, de Antioquía se llevó la mano del profeta a Calcedonia, desde allí fue trasladada a Constantinopla, donde se conservó hasta que los turcos tomaron la ciudad. Después la mano derecha del Profeta se encontraba en la Iglesia "De La Imagen Del Salvador" en el Palacio de Invierno de San Petersburgo.

La santa cabeza de San Juan el Bautista fue hallada por la piadosa Juana y sepultada adentro de una vasija en el monte de Olivos. Un asceta devoto, al realizar una zanja para hacer el fundamento de un templo, encontró este tesoro y lo guardó consigo, pero ante su muerte, temiendo que la reliquia fuese profanada por los no creyentes, la escondió en la tierra en el mismo lugar que la encontró. Durante el reinado de Constantino el Grande, dos monjes fueron a Jerusalén para venerar el Santo Sepulcro, y a uno de ellos se le presentó el Profeta San Juan el Bautista y le indicó, en donde estaba enterrada su cabeza. Desde ese momento los cristianos comenzaron a celebrar el Primer hallazgo de la santa cabeza de San Juan el Bautista.

El Señor Jesucristo dijo sobre el Profeta San Juan el Bautista "De todos los nacidos de mujer ninguno (profeta) superó a Juan el Bautista."

San Juan el Bautista es glorificado por la Iglesia como un "Ángel, Apóstol, Mártir, Profeta, Intercesor de la gracia antigua y nueva, de los nacidos honorabilísimo y ojo luminoso de la Palabra".


Fuente: Arquidiócesis de Santiago y Todo Chile (Patriarcado de Antioquía y Todo el Oriente)

martes, 14 de agosto de 2018

15/08 - Dormición de la Santa Madre de Dios


Después de la ascensión del Señor, la Madre de Dios permaneció bajo el cuidado del apóstol y evangelista Juan, y durante los viajes de este ella solía quedarse en la casa de sus allegados cerca del Monte de los Olivos. Su función en la primitiva iglesia fue ser fuente de consolación y de edificación tanto para los apóstoles como para los creyentes. 

Durante la persecución que inició el rey Herodes en contra de la joven Iglesia de Cristo (Hechos 12:1-3), la Madre de Dios y el Apóstol Juan se dirigieron a la ciudad de Éfeso en el año 43. También viajó a Chipre para estar con San Lázaro, el resucitado por el Señor, donde este era obispo, como también estuvo en el Monte Athos. San Esteban de la Santa Montaña dice que la Madre de Dios proféticamente dijo: “Dejad que este lugar sea entregado a mi hijo y Dios. Yo protegeré este lugar e intercederé ante Dios por él”.

De acuerdo a la Santa Tradición, basada en las palabras de los mártires Dionisios el Areopagita (3 de octubre) e Ignacio el revestido de Dios (20 de diciembre) San Ambrosio de Milán (7 de diciembre) tuvo la oportunidad de escribir en su obra “Sobre las vírgenes” que la Madre de Dios “era virgen no solo de cuerpo, sino también de alma, humilde de corazón, de pocas palabras, sabia en su mente, trabajadora y prudente. Su regla de vida era la de no ofender a nadie sino hacer el bien a todos”.

Las circunstancias en que sucedió la dormición de la Madre de Dios se conocieron en la Iglesia bizantina desde tiempos apostólicos. Ya en el primer siglo de la cristiandad, San Dionisio el Areopagita escribió sobre su “dormición”. En el siglo II, la historia de que su cuerpo subió a los cielos la encontramos en las obras de Melitón, Obispo de Sardis. En el siglo IV, San Epifanio de Chipre hace referencia a la tradición sobre la “dormición” de la Madre de Dios. En el siglo V, San Juvenal, Patriarca de Jerusalén, le dice a la Emperatriz Bizantina Pulqueria: “pese a que no existen datos sobre su muerte en las sagradas Escrituras, sabemos sobre todo esto de  la más antigua y creíble tradición”.  Dicha tradición fue expuesta en la historia de la Iglesia de Nicéforos Callistos durante el siglo XIV.

En el momento de su dormición, la Madre de Dios estaba de regreso en Jerusalén. Día y noche perseveraba en la oración e iba con frecuencia al Santo Sepulcro. En una de esas visitas, el Arcángel Gabriel apareció ante ella y le anunció que pronto dejaría esta vida. Así es que ella decidió visitar por última vez Belén llevando consigo las tres jóvenes que la atendían (Séfora, Abigail y Jael). Antes de esto le anunció a José de Arimatea y a otros discípulos que pronto partiría de este mundo.

En su oración, la Madre de Dios pidió que el Apóstol Juan  viniera a verla por última vez. El Espíritu Santo lo trajo desde Éfeso. Después de la oración, María ofreció incienso y Juan escuchó una voz del cielo que concluía la oración de la Virgen y que decía “amén”. La Madre de Dios interpretó que la voz significaba que pronto los apóstoles y los discípulos llegarían hasta el lugar en el que ella se encontraba.

Los creyentes, reunidos en gran número a su alrededor, dice San Juan Damasceno, escucharon las últimas palabras de la Madre de Dios.  Ninguno sabía la razón de encontrarse presentes en este lugar hasta que San Juan se acercó a ellos, con lágrimas, y explicándoles que el Señor había decidido juntarlos a todos nuevamente para la dormición de la Madre de Dios.

También apareció entre los presentes el apóstol Pablo con sus discípulos Dionisio el Areopagita, Hieroteos y San Timoteo y algunos de los setenta.
A la tercera hora del día (9 de la mañana) la dormición de la Madre de Dios se llevó a cabo. Los apóstoles se acercaron a su lecho y ofrecieron alabanzas a Dios. De repente, la luz de la divina Gloria resplandeció enfrente de ellos. El mismo Cristo apareció rodeado de ángeles y profetas.

Viendo a su Hijo, la Virgen María exclamó “mi alma magnifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi salvador por que ha visto la humildad de su esclava” (Lc 1:46). Así entregó su alma a su Hijo y Dios; milagrosa fue la vida de la Purísima Virgen y maravillosa su dormición.

A partir de ese momento comenzaron a preparar el entierro de su cuerpo purísimo. Los apóstoles fueron los encargados de llevar su féretro sobre sus hombros. Esta procesión se realizó por toda Jerusalén hasta llegar al jardín del Getsemaní.

Un sacerdote judío de aquella ciudad llamado Efonio, lleno de odio, quiso tirar el féretro que transportaba el cuerpo de la Purísima Madre de Dios. El Arcángel Miguel cortó sus manos. Viendo esto se arrepintió y confesó la majestad de la Madre de Dios y así comenzó a ser un ferviente seguidor de Cristo.

Cuando la procesión llegó al jardín del Getsemaní, los apóstoles y los discípulos comenzaron a dar el último adiós a la Virgen María. Recién a medianoche lograron depositar el cuerpo dentro del sepulcro y sellar la entrada con una gran piedra.

Por tres días no se fueron de ese lugar, orando y cantando salmos. Por la providencia de Dios, el apóstol Tomás no estuvo presente en el funeral. Llegando el tercer día a Getsemaní se acercó a la tumba y allí lloró preguntándose por qué no se le había  permitido a él presenciar la partida de la Madre de Dios. Los apóstoles decidieron abrir la tumba para que Tomás pudiera dar su último adiós. Cuando abrieron el sepulcro, solo encontraron sus lienzos y entendieron que su cuerpo también había sido recibido en los cielos por Nuestro Señor.

La tarde del mismo día, estando los apóstoles reunidos en una casa para poder comer, la Madre de Dios se les apareció y les dijo: “Regocíjense, estaré con ustedes todos los días de sus vidas”. Ellos exclamaron “Santísima Madre de Dios, sálvanos” iniciando esta exclamación que acompañará a la Iglesia eternamente.

Esta fiesta que celebramos todos los 15 de agosto es celebrada con mucha reverencia y especial solemnidad en el Getsemaní, el lugar de su entierro.


Fuente: Arquidiócesis de Buenos Aires y Toda la Argentina (Patriarcado de Antioquía y Todo el Oriente)

domingo, 5 de agosto de 2018

06/08 - Transfiguración de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo


Una transfiguración es la transformación de algo que implica un cambio de forma, de modo tal que revela su verdadera naturaleza. Nuestro Señor había hablado a sus discípulos varias veces con respecto no solo a su Pasión y muerte, sino también sobre las persecuciones y las aflicciones venideras que sufrirían.

Y ya que todos estos eventos se acercaban, así como las buenas nuevas que esperaban también estaban por venir, nuestro Salvador deseó entregarles la fiel promesa de que la gloria era preparada para aquellos que perseveraran hasta el final.

Es así que, para cumplir aquello que les había prometido fue que tomó a sus tres discípulos más cercanos y subió con ellos al Monte Tabor, en donde se transfiguró en frente de ellos. Su rostro brilló como el sol, sus vestimentas se tornaron tan blancas como la luz, y repentinamente, mientras sus discípulos se maravillaban ante esta increíble luz, aparecieron los más grandes entre los profetas, Moisés y Elías, quienes habían hablado sobre la Pasión salvadora de Jesucristo que estaba a punto de llevarse a cabo. De pie frente a él como siervos reverentes, ellos mismos mostraron que Jesús es el Señor, tanto de los vivos como de los muertos, puesto que Moisés vino del hades, habiendo estado muerto por muchos siglos y Elías, venido del cielo, donde había sido tomado pero estando aún vivo. Allí, una nube radiante los envolvió y se escuchó una voz que tenía el mismo tono que aquella voz oída durante el bautismo de Jesús en el río Jordán y que testificó también la divinidad del Señor: “Este es mi hijo amado, en quien me complazco, escuchadle”.

Dichas son las maravillas, realmente dignas de Dios, celebradas en esta presente fiesta, la cual es imagen y prefiguración del futuro estado de los justos, de cuyo esplendor el Señor habló diciendo: “Así brillarán los justos como el Sol” (Mt 13:43).

La celebración de la fiesta el 6 de agosto se ha prestado para que en el hemisferio norte se bendigan las uvas y otras frutas dando el significado de la fructificación de toda la creación en el paraíso del Reino infinito de Dios donde todo se transformará para la gloria del Señor.


Fuente: Arquidiócesis de Buenos Aires y Toda la Argentina (Patriarcado de Antioquía y Todo el Oriente)

06/08 - Schimbarea la Față a Domnului nostru Iisus Hristos


Iisus Hristos împreună cu cei trei ucenici, Apostolii Petru, Iacov şi Ioan au mers în Muntele Tabor unde, în timp ce Îl priveau, Mântuitorul a început să strălucească foarte puternic. În timpul acestei străluciri, au venit Ilie şi Moise şi au vorbit cu El. Ucenicii au fost foarte uimiţi şi înspăimântaţi. Această întâmplare dezvăluie divinitatea lui Iisus Hristos, înainte de Patimile Sale, astfel încât ucenicii să înţeleagă, după Înălţarea Sa, că El este cu adevărat Fiul lui Dumnezeu Tatăl şi că Patimile Sale au fost acceptate cu bună ştiinţă (Marcu 9:2-9). De asemenea, ne arată pobilitatea propriei noastre îndumnezeiri.

Această întâmplare a subiectul unei dispute între Sfântul Grigorie Palama şi Varlaam de Calabria. Varlaam credea că lumina strălucirii lui Iisus era lumină creată, în timp ce Grigorie Palama susţinea că ucenicilor le-a fost dat harul de a percepe lumina necreată a lui Dumnezeu. Acest fapt susţine argumentul lui Grigorie, mai larg, cum că noi nu-l putem cunoaşte pe Dumnezeu în esenţa Sa, dar Îl putem cunoaşte în energiile Sale, pe măsură ce El Însuşi se revelează.

Menţiuni ale Schimbării la Faţă se găsesc în Sfânta Scriptură: Matei 17:1-8, Marcu 9:2-9, Luca 9:28-36, şi II Petru 1:16-19. 

Semnificaţia teologică

La şase zile după ce a spus ucenicilor Săi: "Sunt unii din cei ce stau aici care nu vor gusta moartea până ce nu vor vedea Împărăţia lui Dumnezeu venind întru putere" (Matei 16, 28; Marcu 9, 1), Iisus îi luă pe Apostolii Săi preferaţi: Petru, Iacov şi Ioan; ducându-i deoparte, urcă pe un munte înalt - muntele Taborului în Galileea - ca să se roage. Se cuvenea într-adevăr ca cei care aveau să asiste la suferinţa Sa la Ghetsimani şi care aveau să fie martorii cei mai importanţi ai Patimilor Sale, să fie pregătiţi pentru această încercare prin priveliştea slăvirii Sale: Petru, pentru că tocmai îşi mărturisise credinţa în dumnezeirea Sa; Iacov, căci a fost primul care a murit pentru Hristos; şi Ioan care mărturisi din experienţa sa slava dumnezeiască, făcând să răsune ca "fiu al tunetului" teologia Cuvântului întrupat.

El îi urcă pe munte, ca simbol al înălţării spirituale care, din virtute în virtute, duce la dragoste, virtute supremă care deschide calea contemplării dumnezeieşti. Această înălţare era de fapt esenţa întregii vieţi a Domnului care, fiind îveşmântat cu slăbiciunea noastră, ne-a deschis drumul către Tatăl, învăţându-ne că isihia (liniştirea) este mama rugăciunii, iar rugăciunea este cea care arată către noi slava lui Dumnezeu.

"Şi pe când se ruga, deodată, faţa Sa deveni o alta, Se schimbă şi sclipi ca soarele, în timp ce hainele sale deveniră strălucitoare, de un alb scânteietor, cum nu poate înălbi pe pământ înălbitorul" (Marcu 9, 3). Cuvântul lui Dumnezeu întrupat îşi arăta astfel strălucirea naturală a slavei dumnezeieşti, pe care o avea în El însuşi şi pe care o păstrase după Întruparea Sa, dar care rămânea ascunsă sub acoperământul trupului. Încă de la zămislirea Sa în pântecele Fecioarei, într-adevăr, dumnezeirea S-a unit cu natura trupească iar slava divină a devenit, în mod ipostatic, slava trupului asumat. Ceea ce Hristos le arăta Apostolilor Săi în vârful muntelui nu era deci o privelişte nouă, ci manifestarea strălucită în El a îndumnezeirii naturii omeneşti - inclusiv trupul - şi a unirii Sale cu splendoarea dumnezeiască.

Spre deosebire de faţa lui Moise care strălucise de o slavă venită din afara după revelaţia din Muntele Sinai (cf. Exod 34, 29), faţa lui Hristos apăru pe muntele Taborului ca un izvor de lumină, izvor al vieţii dumnezeieşti făcută accesibilă omului şi care se răspândea şi pe "veşmintele" Sale, adică asupra lumii din afară dar şi pe lucrurile făcute de activitatea şi civilizaţia omenească.

"El s-a schimbat la Faţă, ne confirmă Sfântul Ioan Damaschin, nu asumând ceea ce El nu era ci arătându-le Apostolilor Săi ceea ce El era, deschizându-le ochii şi, din orbi cum erau, făcându-i văzători" (Sfântul Ioan Damaschin, Predică la Schimbarea la Faţă, 12 - PG 96, 564). Hristos deschise ochii Apostolilor Săi iar aceştia, cu o privire transfigurată de puterea Duhului Sfânt, văzură lumina dumnezeiască indisociabil unită cu trupul Sau. Fură deci ei înşişi schimbaţi la faţă şi primiră prin rugăciune puterea de a vedea şi cunoaste schimbarea survenită în natura noastră datorate unirii sale cu Cuvântul (Sf. Grigore Palama).

"Precum soarele pentru cele ale simţurilor, aşa este Dumnezeu pentru cele ale sufletului" (Sf. Grigore Teologul), de aceea autorii Evangheliilor spun că faţa Dumnezeului-Om, care este "lumina cea adevărată Care luminează pe tot omul care vine în lume" (Ioan 1, 9), sclipea ca soarele. Dar această lumină era în fapt incomparabil superioară oricărei lumini a simţurilor şi, incapabili să îi mai suporte strălucirea inaccesibilă, Apostolii căzură la pământ.

Lumina nematerială, necreată şi situată în afara timpului, aceasta era Împărăţia lui Dumnezeu venit întru puterea Duhului Sfânt, după cum Domnul promisese Apostolilor Săi. Întrevăzută atunci pentru o clipă, această lumină va deveni moştenirea veşnică a aleşilor în Împărăţie, când Hristos va veni din nou, strălucind în toată scânteierea slavei Sale. Va reveni învăluit în lumină, în această lumină care a strălucit în Tabor şi care a ţâşnit din mormânt în ziua Învierii Sale, şi care, răspândindu-se asupra sufletului şi trupului celor aleşi, îi va face să strălucească şi pe ei "precum soarele" (cf. Matei 13:43).

"Dumnezeu este lumină, iar vederea Sa este lumină" (Sfântul Simeon Noul Teolog, Discurs Etic V, 276). Asemeni Apostolilor în vârful Taborului, numeroşi Sfinţi au fost martorii acestei revelări a lui Dumnezeu în lumină. Totuşi lumina nu este pentru ei doar un subiect de contemplaţie, ci şi harul îndumnezeitor care le permite sa "vadă" pe Dumnezeu, astfel încât se confirmă cuvintele Psalmistului : "întru lumina Ta vom vedea lumină" (Psalmii 35:10).

În mijlocul acestei slăvite privelişti se arătară - alături de Domnul - Moise şi Ilie, doi mari profeţi din Vechiul Testament, reprezentând respectiv Legea şi Proorocii, care îl mărturiseau ca stăpân al celor vii şi al celor morţi (Moise a murit înainte de a intra în Pământul Făgăduinţei iar Ilie a fost dus într-un loc tainic fără să cunoască moartea). Şi vorbeau cu El, în lumină, despre Exodul pe care avea să îl înfăptuiască la Ierusalim, adică Patimile Sale, căci prin Patimi şi prin Cruce această slăvire trebuia să fie dată oamenilor.

Ieşiţi afară din ei înşişi, răpiţi în contemplarea luminii dumnezeieşti, Apostolii erau copleşiţi ca de un somn şi "neştiind ce zice, Petru îi spuse lui Iisus: Stăpâne, ce bine ar fi să rămânem aici; dacă vrei vom face trei corturi: unul pentru tine, unul pentru Moise si unul pentru Ilie". Întorcându-şi apostolul de la aceasta dorinţă prea omenească, ce consta în a se mulţumi de bucuria pământească a luminii, Domnul le arată atunci un "cort" mai bun şi un lăcaş cu mult mai înalt pentru a sălăşlui în el slava Sa. Un nor luminos veni să îi acopere cu umbra Sa, iar glasul Tatălui Se făcu auzit în mijlocul acestui nor, mărturisind pe Domnul: "Acesta este Fiul Meu prea-iubit, în care am bine-plăcut; ascultaţi de El". Acest nor era harul Duhului înfierii şi, la fel ca şi la Botezul Său în Iordan, glasul Tatălui mărturisea pe Fiul şi arăta că cele trei entităţi ale Sfintei Treimi, întotdeauna unite, participă la Mântuirea omului.

Lumina lui Dumnezeu, care permisese mai întâi Apostolilor să îl "vadă" pe Hristos, îi ridică la o stare superioară viziunii şi cunoştinţei omeneşti cînd ea străluci mai puternic. Ieşiţi în afară de tot ce este vizibil şi chiar din ei înşişi, ei pătrunseră atunci în întunericul supra-luminos, în care Dumnezeu petrece (Psalmii 17:12) şi "închizând uşa simţurilor lor", ei primiră revelaţia Tainei Treimii, care este mai presus de orice afirmaţie şi de orice tăgăduire (Teologia mistică a Sfântului Dionisie Areopagitul a fost aplicată Tainei Schimbării la Faţă în principal de către Sf. Grigore Palama).

Încă insuficient pregătiţi revelaţiei unor asemenea taine, căci nu trecuseră încă prin încercarea Crucii, Apostolii se înspăimântară cumplit. Dar când îşi ridicară capetele, îl vazură pe Iisus, singur, redevenit ca mai înainte, Care se apropie de ei şi îi linişti. Apoi, coborând din munte, El le ceru să nu vorbească nimănui de cele ce văzuseră, până când Fiul Omului nu se va scula din morţi.

Sărbătoarea Schimbării la Faţă este deci prin excelenţă aceea a îndumnezeirii naturii noastre omeneşti şi a participării trupului nostru trecător la bunurile veşnice, care sunt mai presus de fire. Înainte chiar de a îndeplini Mântuirea noastră prin Patimile Sale, Mântuitorul arată atunci că scopul venirii Sale în lume era tocmai să aducă pe tot omul la contemplaţia slavei Sale dumnezeieşti. Din acest motiv sărbătoarea Schimbării la Faţă i-a atras în mod deosebit pe călugări, care şi-au închinat întreaga viaţă căutării acestei lumini.

Numeroase Mănăstiri au fost închinate acestei Sărbători, mai ales după controversa isihastă din secolul XIV, despre natura luminii din Tabor şi despre contemplaţie. De notat de asemenea că, după o tradiţie care circula pe vremea iconoclasmului, prima Icoană, scrisă de înşişi Apostolii, a fost aceea a Schimbării la Faţă. E vorba desigur mai puţin de un fapt istoric cât de o interpretare simbolică, prezentând legătura intimă întreţinută de tradiţia Bisericii între arta Icoanei şi această Sărbătoare a vederii lui Hristos întru slavă.

Prăznuirea sărbătorii

În seara de dinaintea sărbătorii se ţine Vecernia Mare iar a doua zi dimineaţa se slujeşte Sfânta Liturghie a Sfântului Ioan Gură de Aur, precedată, de obicei, de Utrenie.

Slujba Vecerniei cuprinde citiri din: Ieşirea 24:12-18, 33:11-23, 34:4-6, 8; I Regi 19:3-9, 11-13, 15-16. Utrenia cuprinde citiri din: Luca 9:28-36, iar Sfânta Liturghie din: II Petru 1:10-19; Matei 17:1-9.

Se crede că Schimbarea la Faţă a Mântuitorului a avut loc în timpul festivalului evreiesc Booths şi astfel prăznuirea acesteia în Biserica Creştină devine împlinirea prin Noul Testament a sărbătorii Vechiul Testament. În prezent, prăznuirea are loc în 6 august, cu patruzeci de zile înainte de Înălţarea Sfintei Cruci. Aşa cum Ptru, Iacov şi Ioan au văzut transfigurarea înainte de răstignire astfel încât ei să afle cine este cel care va suferi pentru ei, Biserica leagă aceste două praznice pentru a-i ajuta pe credincioşi să înţeleagă misiunea Mântuitorului şi faptul că suferinţa Lui a fost voluntară şi pe deplin acceptată.


Sursă: www.logos.md

miércoles, 1 de agosto de 2018

Comienza el ayuno de la Dormición de la Madre de Dios


Los primeros quince días del mes de agosto tienen una particularidad: son días de ayuno y de oración, de preparación de cuerpo y de alma, para festejar la Fiesta de las fiestas dedicadas a la Santa Madre de Dios: su Dormición. La misma Madre de Dios, habiéndole revelado el Arcángel Gabriel que su muerte estaba cercana, ayunaba y visitaba Getsemaní, el Calvario y el Santo Sepulcro de su Hijo divino para prepararse para su partida.

El momento histórico de este evento vio a los mismos Apóstoles del Señor acercándose a darle el saludo final, en signo de gratitud hacia ella y de confianza en su intercesión delante del trono de Dios.

Por ello nos acercamos a cantar la Paráclesis (el oficio de súplicas a la Madre de Dios) en nuestras parroquias, poniendo nuestras necesidades espirituales y materiales en sus manos, con la esperanza de que se cumpla en todo la voluntad de Su Hijo.

El ayuno y la oración nos ayudan a priorizar la voluntad de Dios en nuestra vida, y a ajustar nuestros propios deseos en consecuencia. Son medios eficaces que nos ayudan a sustituir el consumo excesivo por la moderación; la atención excesiva puesta en las informaciones, noticias, modas, por la atención a la Palabra de Dios y la escucha de Su voz; la violencia en las relaciones personales, y que predomina en los juegos de los niños, en las películas, en la televisión, por el respeto y el ejercicio del bien; dejamos la queja y la falta de esperanza, por el agradecimiento y la esperanza en Dios; el placer según la propuesta de los medios, por la alegría que ofrece únicamente Cristo, etc. En fin, es cambiar hacia una actitud sana y bendita hacia nosotros mismos, hacia nuestro prójimo y hacia Dios.

En todo este camino, ofrezcamos nuestro ayuno y nuestras oraciones a la Madre de Dios, porque creemos en su poder maternal y su intercesión, y pidámosle que ilumine nuestro corazón con la esperanza que ella tuvo cuando acompañó a los Apóstoles en sus misiones; que ilumine también nuestra mente con la inteligencia y el entendimiento de la palabra de su Hijo; y que conceda la salud a todo nuestro ser, con la intención de servir al Señor con ganas y fe. Pidámosle que conceda la fortaleza y el consuelo a los que sufren; la paz a los que están en guerra y la reconciliación a los que están distanciados.


Fuente: Archidiócesis de Buenos Aires y Toda la Argentina (Patriarcado de Antioquía y Todo el Oriente)

Comienza el ayuno de la Dormición de la Madre de Dios


Los primeros quince días del mes de agosto tienen una particularidad: son días de ayuno y de oración, de preparación de cuerpo y de alma, para festejar la Fiesta de las fiestas dedicadas a la Santa Madre de Dios: su Dormición. La misma Madre de Dios, habiéndole revelado el Arcángel Gabriel que su muerte estaba cercana, ayunaba y visitaba Getsemaní, el Calvario y el Santo Sepulcro de su Hijo divino para prepararse para su partida.

El momento histórico de este evento vio a los mismos Apóstoles del Señor acercándose a darle el saludo final, en signo de gratitud hacia ella y de confianza en su intercesión delante del trono de Dios.

Por ello nos acercamos a cantar la Paráclesis (el oficio de súplicas a la Madre de Dios) en nuestras parroquias, poniendo nuestras necesidades espirituales y materiales en sus manos, con la esperanza de que se cumpla en todo la voluntad de Su Hijo.

El ayuno y la oración nos ayudan a priorizar la voluntad de Dios en nuestra vida, y a ajustar nuestros propios deseos en consecuencia. Son medios eficaces que nos ayudan a sustituir el consumo excesivo por la moderación; la atención excesiva puesta en las informaciones, noticias, modas, por la atención a la Palabra de Dios y la escucha de Su voz; la violencia en las relaciones personales, y que predomina en los juegos de los niños, en las películas, en la televisión, por el respeto y el ejercicio del bien; dejamos la queja y la falta de esperanza, por el agradecimiento y la esperanza en Dios; el placer según la propuesta de los medios, por la alegría que ofrece únicamente Cristo, etc. En fin, es cambiar hacia una actitud sana y bendita hacia nosotros mismos, hacia nuestro prójimo y hacia Dios.

En todo este camino, ofrezcamos nuestro ayuno y nuestras oraciones a la Madre de Dios, porque creemos en su poder maternal y su intercesión, y pidámosle que ilumine nuestro corazón con la esperanza que ella tuvo cuando acompañó a los Apóstoles en sus misiones; que ilumine también nuestra mente con la inteligencia y el entendimiento de la palabra de su Hijo; y que conceda la salud a todo nuestro ser, con la intención de servir al Señor con ganas y fe. Pidámosle que conceda la fortaleza y el consuelo a los que sufren; la paz a los que están en guerra y la reconciliación a los que están distanciados.


Fuente: Archidiócesis de Buenos Aires y Toda la Argentina (Patriarcado de Antioquía y Todo el Oriente)