Carta pastoral: La Sagrada Escritura – Carta de amor de la familia de Dios


Carta pastoral

«La Sagrada Escritura – Carta de amor de la familia de Dios»

sobre el tema del nuevo año eclesial 2026-2027


Al estimado clero concelebrante, a los venerables monjes y religiosas,


A los amados fieles greco-católicos y a todos los cristianos que aman a Dios:


Amados hermanos y hermanas en Cristo:


Sabemos que una carta implica un autor, un destinatario, un mensaje y una respuesta; pero también sabemos que una carta de amor debe leerse con atención, porque cada palabra lleva algo del corazón de quien la escribió. Del mismo modo, en la Sagrada Escritura, Dios es quien toma la iniciativa y se dirige a cada uno de nosotros. San Gregorio Magno, al preguntarse: «¿Qué es la Sagrada Escritura sino una carta de Dios Todopoderoso a su creación?», añadía esta exhortación: «Aprende a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios». En este sentido, deseamos que el año eclesial 2026-2027 sea, en nuestras comunidades, una oportunidad bendita para acercarnos más a Dios y redescubrir la Sagrada Escritura como una carta de amor que Dios dirige a su familia.


Para muchos de nosotros, la Sagrada Escritura ha representado probablemente uno de los primeros contactos con la realidad espiritual de la vida. Junto con las oraciones aprendidas de nuestros abuelos o padres, las páginas del Libro Sagrado nos revelan el mundo en el que vivimos y, con él, nuestra propia existencia, vista a través de los ojos de Dios e iluminada por el amor que acompaña a la creación desde sus inicios hasta su plenitud tal y como es descrita en el libro del Apocalipsis. Así, la Biblia nos ofrece la verdadera medida del mundo que nos rodea.


El Concilio Vaticano II expresa bellamente esta realidad: «En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale al encuentro de sus hijos con gran amor y conversa con ellos» (Dei Verbum, 21). ¡Recibamos también nosotros la Palabra viva del Padre celestial abriendo las Sagradas Escrituras y entrando en diálogo con Él! San Agustín nos asegura que la lectura de la Escritura no puede separarse de la oración: «Tu oración es tu hablar con Dios: cuando lees, Dios te habla; cuando oras, tú hablas con Dios». A medida que profundizamos en nuestra lectura, comprendemos que necesitamos la luz de Aquel que inspiró las Sagradas Escrituras: la gracia del Espíritu Santo. Somos como los discípulos de Emaús, a quienes el Hijo de Dios ilumina la mente y muestra cómo todo lo anunciado en el Antiguo Testamento conforma una única historia de salvación, que encuentra su plenitud en el Nuevo Testamento. Sobre todo, sin embargo, descubrimos que todo forma parte de un plan de amor que Dios prepara para cada uno de nosotros.


Queridos fieles:


Hoy tenemos una gran necesidad de leer y releer la Sagrada Escritura para recordar que, más allá de todo lo que vemos en el mundo en que vivimos, más allá de las crisis y las guerras, hay un cuidado misterioso de Dios por la humanidad, un cuidado que nunca cesa. Al leer la Biblia, comprendemos que no hay nada nuevo bajo el sol: en sus páginas encontramos momentos de crisis, dolor, muerte y pecado; y, sin embargo, en medio de todo ello, el plan de Dios sigue cumpliéndose. Lo mismo sucede hoy. La Sagrada Escritura nos ofrece la esperanza que tanto necesitamos y, a través de sus páginas, el Salvador nos asegura que está con nosotros «todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).


Con esta fe inquebrantable en la presencia de Cristo nuestra Iglesia vivió los años de persecución. El beato cardenal Iuliu Hossu, que se encontraba detenido, señalaba con sencillez y emoción: «Me alegraba mucho poder acceder a la Sagrada Escritura, al Antiguo y al Nuevo Testamento; así tenía lectura sagrada cada día». Tras estas palabras se esconde una experiencia espiritual de gran profundidad: el jerarca hallaba en la Escritura un alimento cotidiano, la presencia y el poder de Dios. Al meditar sobre este testimonio, podríamos preguntarnos: ¿qué espacio damos a la Sagrada Escritura en nuestras vidas, especialmente en el contexto actual, cuando la tenemos al alcance de la mano y nadie nos impide abrirla?


El hecho de que la Sagrada Escritura sea para nosotros una carta de amor de Dios se revela también en la ternura de las páginas que narran el doloroso momento de la crucifixión. Incluso en la hora de su propio sufrimiento, desde allí arriba, en la Cruz, Jesús piensa en nosotros y nos confía a su Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». (Jn 19, 26). La Santísima Madre de Dios es la Mujer bíblica anunciada desde el principio de la creación mediante la profecía del libro del Génesis (Gn 3, 15), y a quien encontramos de nuevo, en la plenitud de la historia, en el libro del Apocalipsis, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y coronada por las estrellas del cielo (Ap 12, 1). María es el signo visible del amor de Dios que acompaña nuestros tiempos turbulentos con su presencia materna a través de sus apariciones y nos infunde esperanza mediante la promesa reconfortante pronunciada en Fátima: «¡Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará!».


Si la Sagrada Escritura es la carta dirigida a la humanidad, la Santísima Virgen María es quien la recibe con corazón abierto, respondiendo: «¡Hágase en mí según tu palabra!» (Lc 1, 38). Ella sigue siendo nuestro modelo, porque nos enseña cómo debemos recibir la Palabra de Dios, vivirla y profesarla. Por ello sigue vigente la reflexión que san Ambrosio dirigió a los creyentes de su tiempo: «¡Que esté en cada uno el alma de María para glorificar al Señor!».


Queridos hermanos:


Así como el propósito de una carta es ser recibida y leída, también la Sagrada Escritura debe estar presente en nuestros hogares para ser acogida en nuestros corazones y vivida. Por eso os animo a hacer de la Biblia la guía de nuestras vidas. Leamos algunos versículos cada día y, pidiendo la luz del Espíritu Santo, preguntémonos: ¿Qué me dice Dios hoy a través de su Palabra? ¿A qué me llama? ¿Qué necesito cambiar en mi vida? ¿A quién estoy llamado a amar, perdonar, ayudar o animar?


Exhorto especialmente a los padres y abuelos a acercar a los niños y jóvenes a esta Carta de Amor. Una página del Evangelio leída en común o un salmo rezado en familia pueden permanecer en sus almas para toda la vida. También animo a los sacerdotes y a todos los agentes de pastoral a ayudar a los fieles a descubrir la belleza de la Palabra mediante la catequesis y la oración compartida en la Familia de Dios; pues esta Carta, aunque dirigida a cada uno de nosotros personalmente, está confiada al mismo tiempo a una familia: la Iglesia. Recibámosla y escuchémosla juntos en cada Divina Liturgia, donde Dios nos habla a través de las lecturas sagradas antes de entregarse a nosotros en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo. El plan de Dios para cada uno de nosotros se encuentra con su plan para los demás, del mismo modo que la vocación del Pueblo Elegido se cumple en la bendición que alcanza a todos los pueblos de la tierra. Por tanto, estamos llamados a poner en común los dones recibidos dentro de la Familia de Dios, viendo a los demás como hermanos y aceptando la invitación del Señor a estar junto a los pobres, los enfermos o los desalentados.


¡Y no olvidemos que esta Carta de Amor merece una respuesta! ¡Aquel que nos escribió primero porque nos amó antes de que aprendiéramos a amar espera nuestra respuesta! ¡Escribamos también nosotros a Dios, en nuestra vida cotidiana, páginas de amor demostrado mediante la fidelidad, el perdón y la entrega! ¡Que nuestras vidas se conviertan así en la respuesta viva y alegre a su amor por nosotros!


Por la intercesión de la Santísima Madre de Dios y de los beatos obispos mártires pido al Señor que nos acompañe en el nuevo año eclesiástico para que la Sagrada Escritura sea cada vez más luz para nuestros pasos, consuelo en las pruebas y fuente de esperanza en el camino de la salvación.


Con mi bendición jerárquica,


† Claudio


Arzobispo y Metropolitano de Alba Iulia y Făgăraș

Administrador de la Eparquía de Cluj-Gherla

Arzobispo Mayor de la Iglesia Rumana Unida con Roma, Greco-católica