La Santa y Gran Semana


El rito bizantino tiene seis Domingos de Cuaresma y nueve Domingos de Pascua tras la Semana Santa; en esta semana se contempla a Cristo como Esposo de la Iglesia, también se entretejen juntos el papel de María, la Madre de Dios, y la Iglesia.


Domingo de Ramos: Orthros: Mt 21, 1-17 (las palmas son bendecidas, los fieles se acercan y las reciben besando el Evangeliario); Liturgia: Jn 12, 1-18. La liturgia de este día se detiene únicamente en la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, nueva teofanía; texto unido a la resurrección de Lázaro, domingo anterior, como su primera victoria.


Lunes, Martes y Miércoles de la Semana Santa: Figura de Cristo esposo, las Bodas de Cristo con su Iglesia, con la humanidad. El Icono del Esposo es llevado en procesión y besado por el pueblo (icono: Cristo muerto a los pies de la Cruz, sentado o en pie, sobre el sepulcro, rodeado de los instrumentos de la Pasión).


Lunes: conmemoración del patriarca José (figura de Jesús: vendido por sus hermanos, llevado al sufrimiento) y la higuera maldita por Jesús (rechazo de Israel hacia Cristo).


Martes: Parábola de las diez vírgenes, pero leyendo los dos capítulos escatológicos de Mt 24-25.


Miércoles: Mujer pecadora que ungió los pies de Jesús (Mt 26, 6-13): con lágrimas y aceite (Bautismo) entra en contacto con Cristo encarnado, Dios y hombre.


Santo y gran Jueves: Mt 26, 2-20; Jn 13, 3-17; Mt 26, 21-39; Lc 22, 43-44; Mt 26, 40-27, 5 (como una única lectura). Se unen los temas de: lavatorio de los pies, última cena, oración en Getsemaní y traición de Judas. Cada tres o cuatro años, los Patriarcas y Metropolitas, durante la Liturgia de san Basilio, tras la epíclesis sobre los dones, llevan a cabo la santificación del santo Myron (Crisma). El lavatorio de los pies es visto como el Bautismo de los Discípulos que precede a la Cena Eucarística; son iluminados mientras Judas entra en la noche.


Santo y gran Viernes: Oficio de la santa e inmaculada pasión de Nuestro Señor Jesucristo (con la lectura de doce Evangelios, leídos lentamente y entre troparios y antífonas; tras el quinto sale del Santuario la procesión con la Cruz). En el centro del Oficio esta la contemplación de la Pasión gloriosa de Jesús junto a la confesión del Buen Ladrón: visto como la Iglesia, la humanidad redimida por Cristo; el ladrón es también llamado: “compañero de camino” del Señor.


Santo y gran Sábado: Orthros: comprende dos partes centrales: canto de los Enkomia (elogio fúnebre de Jesús con ciento setenta y seis estrofas divididas en tres grupos) y procesión del Epitafion (velo bordado donde está representado el cuerpo de Jesús en la tumba). Durante el canto de Vísperas el Sábado Santo se lleva solemnemente el Epitafion desde el altar en un arca que figura el santo sepulcro y se adorna con abundantes perfumes y flores; cuanto termina el rezo es llevado de nuevo al altar donde permanecerá hasta la Vigilia de la Ascensión. El canto de los Enkomia se hace frente al Epitafion.


Como unión entre las Vísperas y la Liturgia de San Basilio, se hacen 15 lecturas del Antiguo Testamento y 2 del Nuevo: Rm 6, 3-11 y Mt 28, 1-20.


Noche del Sábado al Domingo de Pascua: El pueblo se reúne en la Iglesia a oscuras y se canta la primera parte del Oficio de la noche; después tiene lugar el Rito de la luz: el Sacerdote sale del iconostasio con un cirio encendido y todos encienden sus velas de él, saliendo procesionalmente fuera de la iglesia. Después se canta Mc 18, 1-8, suenan las campanas y se canta el tropario de Pascua, entrando de nuevo en la Iglesia al tiempo que es iluminada y perfumada con el incienso; en la Liturgia de san Juan Crisóstomo se lee el prólogo del Evangelio de Juan; como conclusión de lee una bellísima catequesis pseudo-crisostómica sobre la Pascua. Y por la mañana se canta en varias lenguas: Jn 20, 19-25.


Nin, Manuel. Las Liturgias Orientales. CPL, Barcelona 2008.



LA PRIMERA PARTE DE LA SANTA Y GRAN SEMANA


La primera parte de la Gran Semana nos presenta una colección de temas basados principalmente en los últimos días de la vida terrenal de Jesús. La historia de la Pasión, como es contada y recopilada por los evangelistas, está precedida por una serie de incidentes ocurridos en Jerusalén y una colección de parábolas, dichos y discursos centrados en la filiación divina de Jesús, el reino de Dios, la Parusía y el castigo de Jesús de la hipocresía y los oscuros motivos de los líderes religiosos. Las celebraciones de los tres primeros días de la Gran Semana están enraizados en estos incidentes y dichos. Los tres días constituyen una sola unidad litúrgica. Tiene el mismo ciclo y sistema de oración diaria. Las lecciones de la Escritura, los himnos, las conmemoraciones y las ceremonias que conforman los elementos festivos en los respectivos oficios del ciclo destacan aspectos significativos de la historia de la salvación, haciendo recordar los acontecimientos que anticiparon la Pasión y proclamando la inevitabilidad y significado de la Parusía. Es interesante señalar que los maitines de cada uno de estos días es llamado el Oficio del Novio (Akolouthia tou Nimfiou). El nombre procede de la figura central de la conocida parábola de las diez vírgenes (Mateo 25:1-13). El título “Novio” sugiere la intimidad del amor. No deja de ser significativo que el reino de Dios sea comparado a una fiesta de bodas y a una cámara nupcial. El Cristo de la Pasión es el divino Novio de la Iglesia. La imaginería connota la unión final del Amante y la amada. El título “Novio” también sugiere la Parusía. En la tradición patrística, la parábola antes mencionada está relacionada con la Segunda Venida, y está asociada con la necesidad de la vigilancia espiritual y la preparación, por la que somos capaces de guardar los mandamientos divinos y recibir las bendiciones del siglo venidero. Además, conocer algo sobre la estructura de los maitines nos ayudará a mejorar nuestra comprensión del uso de la imagen del Novio. Se ha mostrado que, tras el llamado Oficio Real y el Hexasalmo, la primera parte de los maitines, como la conocemos y la practicamos hoy, es una versión antigua del oficio monástico de Medianoche. El oficio de Medianoche está centrado principalmente en el tema de la Parusía y está unido a la noción de vigilancia. El tropario “He aquí que viene el Novio a media noche...”, que se canta al inicio de los maitines del Gran Lunes, Martes y Miércoles, une a la comunidad de fieles a esta expectación esencial: vigilar y esperar al Señor, que vendrá de nuevo a juzgar a los vivos y a los muertos.


Aunque cada día tiene su propio carácter distintivo y su propia conmemoración específica, comparten muchos temas comunes entre los que están los siguientes.


Conflicto, juicio y autoridad


Los últimos días fueron especialmente tristes y sombríos. La implacable hostilidad y oposición a Jesús por parte de las autoridades religiosas ha alcanzado proporciones incomparables. En medio de este penoso conflicto, Jesús reveló aspectos de su autoridad divina juzgando los planes malvados y la falsa religiosidad de sus enemigos.


La beligerancia sin tregua de los adversarios de Jesús fue completamente desenmascarada en los días precedentes a la crucifixión. Los líderes de todos los partidos y facciones religiosas colaboraron y conspiraron para atraparlo, humillarlo y matarlo. Ante las trampas de sus enemigos cercanos, Jesús predijo abiertamente su muerte y su posterior glorificación. Sus palabras fueron una clara declaración de que su muerte era voluntaria y se disponía en el marco del divino plan de salvación del mundo. El poder que Él ejercía sobre sus enemigos era concedido y controlado por Dios (Juan 12:20). La Iglesia conmemora la Pasión, no como feos episodios causados por hombres viles y despreciables, sino como el sacrificio voluntario del Hijo de Dios.


El mal con su completo absurdo irrumpió violentamente sobre la Cruz, para destruir y eliminar a Jesús y negar y abolir su mensaje. Sin embargo, fue en sí mismo el mal el que se hacía fundamentalmente impotente e ineficaz a causa de la soberanía del amor y la vida de Dios. Aunque el mal asalta a los santos de Dios, no puede destruirlos.


Los relatos del Evangelio que cuentan los hechos que condujeron a la crucifixión también incluyen muchas parábolas y discursos en los que Jesús criticaba severamente a los líderes religiosos por su incredulidad, obstinación, autoritarismo e hipocresía. La severa crítica a las clases religiosas (Mateo 21:28, 23-36) es otro claro signo de la autoridad y excelencia de Jesús. Al preservar estos dichos de Jesús, los evangelistas declaran que Cristo “no es sólo un maestro único, sino también el mayor juez. Es el único con autoridad que tiene derecho a juzgar y condenar” la mala y falsa fe y actividad religiosa.


Ninguna enfermedad del espíritu es más insidiosa, engañosa y destructiva que la falsa religiosidad, que puede ser definida sucintamente como legalismo y exhibicionismo religioso. Jesús lo condenó rotundamente. Advirtió contra aquellos cuyas vidas estás medidas por ceremonias en vez de por la santidad, la misericordia y el amor de Dios, y contra aquellos cuyas malas motivaciones, intenciones e incorrecciones están vestidas con la respetabilidad de los aspectos externos de la fe y la vida religiosa. La falsa religiosidad es un cruel engaño y una traición a la auténtica fe religiosa. Los practicantes de tal fe artificial cierran el reino de los cielos a los hombres, pues ni entran ellos, ni permiten que aquellos que quieran entrar lo hagan (Mateo 23:73).


Duelo y arrepentimiento


El tono de la Gran Semana es claramente sombrío y triste. Incluso las vestiduras del altar y del sacerdote, según una antigua tradición, son negras. Sin embargo, la asamblea litúrgica no se reúne para velar a un héroe muerto, sino para recordar y conmemorar un hecho de significado cósmico: el Hijo de Dios experimentando en Su humanidad toma forma de sufrimiento a manos de hombres débiles, mal dirigidos y malignos. Lloramos nuestros pecados y estamos en silencio contrito ante el asombroso e insondable misterio de Cristo, el Dios-Hombre (Zeántropos), que lleva su kenosis a límites extremos aceptando la muerte en la Cruz (Filipenses 2:5-8).


La Gran Semana nos revela la vergüenza absoluta de la Caída, las profundidades del infierno, el paraíso perdido, y la ausencia de Dios. ¡Y así nos dolemos! No hay otra forma de luchar contra nuestra rebelión y con la insondable humildad de Dios y su condescendencia excepto experimentando el quebranto del corazón. A partir de este duelo es de donde nace el arrepentimiento, para ser experimentado como el compromiso honesto del largo proceso de vida de comprender, aceptar y elegir seguir los valores de la vida cristiana.


La liturgia de los días del “Novio” representa la llamada más urgente y enfática a tal arrepentimiento (metanoia). A los fieles se les recuerda que no hay pecado mayor como el de desafiar los límites de la misericordia divina, pues Cristo da a todos el poder de matar el pecado y compartir Su victoria.


En la Cruz, Jesús tiene una visión de todos aquellos por los que muere. Ve a cada uno de nosotros individualmente, salvándonos por su muerte y por su amor... Hizo esto para permitir que Dios entrara allí donde haya sufrimiento humano, incluso en el abismo de la muerte, acompañando al hombre a las profundidades del sufrimiento para levantarlo de nuevo y llevarlo de vuelta a la vida, elevándolo al cielo y poniéndolo a la derecha del Padre. El Hijo de Dios muere como hombre para que el Hijo del Hombre pueda levantarse de nuevo como Dios. El Hijo de Dios tuvo que experimentar la angustia de la ausencia de Dios para que todos los hombres que murieran pudieran recuperar la presencia de Dios: esto es la salvación.


La Parusía


En los días y horas antes de Su pasión, Jesús habló a sus discípulos sobre la Parusía, es decir, Su segunda venida gloriosa. Nos invita también al inicio de la Gran Semana a acercarnos al misterio y a reflexionar su sentido y significado para nuestra propia vida y la vida del mundo. En la Iglesia reconocemos que la vida eterna ha penetrado en nuestra finitud. Sin embargo, también sabemos que la completa realización y revelación del reino de Dios, que ya ha comenzado a desarrollarse secretamente en el mundo, se producirá solo al final de los tiempos, en la Parusía. La Parusía es la intervención climática de Dios en la historia del cosmos. Es el Último Día, cuando Cristo vendrá en Su gloria para juzgar a los vivos y a los muertos (Mateo 16:27; 25:31). Entonces, todas las cosas serán hechas nuevas (Apocalipsis 21:5).


Aunque sólo tenemos un conocimiento parcial de las cosas que pertenecen al Último Día, algunas son claras y ciertas.


Los tiempos del fin aparecerán de repente y cuando menos lo esperemos (1a Tesalonicenses 5:2-3). El momento exacto de la Parusía sólo lo conoce Dios el Padre (Mateo 24:36; Hechos 1:7). Sin embargo, según la palabra de Jesús, este dramático y decisivo hecho que marcará el repentino final de la historia, estará precedido por ciertos signos que señalarán la inminente venida del Novio. Se hace evidente por Sus palabras que la Segunda Venida no se producirá por ningún interludio idílico, sino con calamidades cósmicas sin precedentes, tribulaciones y desastres (Mateo 24:1-51; Marcos 13:1-37; Lucas 21:7-36). La devastación y desolación de los últimos días ha sido prefigurada misteriosamente en los acontecimientos terribles y espantosos que acompañaron a la crucifixión (Mateo 27:27-54). Independientemente de cuándo venga el Último Día, siempre es inminente, espiritualmente cercano en la vida del ser humano. Las incertidumbres y lo impredecible en la vida humana nos permite captar, aunque vagamente, la inminencia de la Parusía. Por ejemplo, la muerte, la indignidad final, la abominación y el enemigo, nos acecha desde el momento en el que nacemos. Para conseguir la victoria de Cristo sobre la corrupción y la muerte, debemos permanecer espiritualmente vigilantes; ser firmes en la fe; utilizar sabiamente los dones concedidos por Dios, y ser conscientes constantemente de la primacía del amor en nuestras relaciones. La vida que vivimos en la carne está llena del potencial y la oportunidad para obtener el cielo o perderlo.


La batalla decisiva contra el mal ya se ha librado y ganado. Sin embargo, la plenitud de esta victoria no será obtenida y manifestada hasta la Parusía. Hasta entonces, los esfuerzos sin sentido, inútiles y torpes del maligno intentarán robarle a la gente su dignidad y destino. Por lo tanto, estamos obligados a guardar las palabras de San Pedro, vivas en nuestra memoria y obrarlas en nuestras vidas. Escribió: “Humillaos por tanto bajo la poderosa mano de Dios, para que Él os ensalce a su tiempo. Descargad sobre Él todas vuestras preocupaciones, porque Él mismo se preocupa de vosotros. Sed sobrios y estad en vela: vuestro adversario el diablo ronda, como un león rugiente, buscando a quien devorar. Resistidle, firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos sufren vuestros hermanos en el mundo. El Dios de toda gracia, que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo, después de un breve tiempo de tribulación, Él mismo os hará aptos, firmes, fuertes e inconmovibles” (1a Pedro 5:6-10).


La Iglesia siempre está orientada hacia el futuro, al siglo venidero. Así, es eskhaton o Último Día, que marcará el comienzo del reino de Dios en poder y gloria, forma parte de una constante referencia tanto como personas, como comunidad. “La Iglesia no muestra su identidad por lo que es, sino por lo que será.... Debemos pensar del eskhaton como el inicio de la vida de la Iglesia, el “arjé” (principio), que hace nacer a la Iglesia, le da su identidad, la sostiene e inspira en su existencia. La Iglesia existe, no porque Cristo muriera sobre la Cruz, sino porque Él se levantó de entre los muertos, lo cual significa que el reino ha venido. La Iglesia refleja el futuro, la etapa inicial de las cosas, no un hecho histórico del pasado”. Esta visión escatológica es una característica fundamental de nuestra fe. Modela la conciencia de los cristianos bizantinos y guía la vida y actividad de la Iglesia.


La Iglesia es, ante todo, una comunidad de fieles constituida por la presencia del amor de Dios. Establecida por la acción redentora de Dios, sostenida y vivificada por el Espíritu Santo, la Iglesia en oración siempre está constituida y actualizada como el Cuerpo de Cristo. Impregnada por la gozosa y abrumadora presencia de Cristo resucitado (Mateo 28:20), la Iglesia está llamada a compartir Su resurrección, la vida deificada y a anhelar y esperar la venida en plenitud de la manifestación de Su gloria y poder (2a Pedro 3:12). El siglo venidero, (el reino de Dios), es conocido y experimentado por los fieles tanto como un don y como una promesa, es decir, algo dado y, al mismo tiempo, algo anticipado.


Mediante la adoración en general, y los sacramentos en particular, experimentamos una relación personal con Dios, que infunde Su vida en nosotros. Experimentamos Sus energías increadas, tocando, sanando, restaurando, purificando, iluminando, santificando y glorificando, tanto a la vida humana como al cosmos. Participamos en los hechos salvíficos de la vida de Cristo, para ser continuamente renovados. Experimentamos continuamente la presencia del Espíritu Santo que mora y se activa dentro de nosotros, conduciéndonos a revestirnos con la vida de la resurrección. Nuestra preparación para el reino ya ha comenzado con nuestro bautismo y crismación. Se sustenta y avanza por medio de la Eucaristía. Los sacramentos nos dan poderes por los que podemos acercarnos a Cristo y a su reino. Estos poderes son dinámicos y están destinados a ser desarrollados por nosotros. Así, nuestra preparación para el reino es un movimiento que envuelve progreso, tanto como un regreso, así como un avance hacia Dios. El progreso comienza con el regreso del hombre de su distanciamiento a su propia autenticidad. Fundamentalmente, esto significa un regreso a Cristo, el arquetipo y modelo del hombre. Al mismo tiempo, este regreso también es un progreso encaminado a Dios. “El regreso es simultáneamente también un progreso hacia adelante, y el progreso hacia adelante es un regreso. Es un regreso de la naturaleza humana a sí misma, y un progreso hacia adelante en si mismo, pero al mismo tiempo es un regreso y un progreso hacia adelante en Dios y Cristo, pues no es posible que haya desarrollo de la naturaleza humana, excepto en Dios y Cristo.... La nueva o futura era se desarrolla promoviendo la disolución o transformación de la era presente”.


El siglo venidero no surgirá a partir de algún progreso evolutivo biológico o histórico, ni será simplemente el resultado de logros humanos mediante un constante avance de la civilización. Efectivamente, el nuevo mundo se está obrando por sí mismo, pero en el misterio de la fe, oculto a los sabios de este mundo (1a Corintios 1:19-21; 2:6-9). El reino, después de todo, es de Dios y no del hombre. Sin embargo, la “era mesiánica comenzada por la Encarnación sólo puede ser establecida con la colaboración de la humanidad. Esta colaboración es llamada sinergia. Nos preparamos para la Segunda Venida, el triunfo final de la justicia y la vida sobre el maligno y la muerte, estando unidos por fe al Salvador crucificado y resucitado”. Además de estos temas compartidos, cada uno de los tres días del “Novio” tiene su propia conmemoración especial que lo distingue de los otros dos.


P. Alkiviadis Calivas

Traducción: Cantor Nektarios B.



Fuente: lexorandies.blogspot.com / Cristianismo bizantino

Domingo de Ramos


La fiesta de la Entrada Triunfal de Jesucristo a Jerusalén, el Domingo de Ramos, es una de las doce fiestas mayores de la Iglesia. Los oficios de este día siguen en el mismo espíritu que los del Sábado de Lázaro. El templo guarda su esplendor de resurrección, y los himnos continuamente repiten el Hosanna ofrecido a Cristo como el Rey-Mesías que viene en el Nombre de Dios Padre para la salvación del mundo.


El tropario principal de esta fiesta es el mismo que se canta para el Sábado de Lázaro. Se canta en todos los oficios de este día, y en la Divina Liturgia se canta también como Tercera Antífona. El segundo tropario de este día, así como el kontakion y los otros himnos, glorifican la manifestación triunfal de Cristo “seis días antes de la Pascua” cuando se entregará en la Cena y en la Cruz por la vida de este mundo.


Hoy la gracia del Espíritu Santo nos ha reunido. Elevando Tu Cruz, digamos: Bendito sea el que viene en el Nombre del Señor. ¡Hosanna en las Alturas! (1° verso de las Vísperas)


Cuando fuimos sepultados contigo en el bautismo, oh Cristo Dios, nos hiciste dignos de la vida eterna por Tu Resurrección. Ahora Te alabamos cantando:  ¡Hosanna en las Alturas! Bendito sea El que viene en el Nombre del Señor. (Segundo Tropario del Domingo de Ramos)


Sentado en Tu trono en los cielos, y llevado en un pollino de asno en la tierra, oh Cristo Dios, aceptando la alabanza de los ángeles y el canto de los niños quienes proclaman: Bendito  eres Tú que vienes a restaurar a Adán nuevamente. (Kontakion del Domingo de Ramos)


En la vigilia de la fiesta de Domingo de Ramos, se leen las profecías del Antiguo Testamento acerca del Mesías-Rey, junto al relato del Evangelio que cuenta acerca de la entrada triunfal de Cristo a Jerusalén. En el oficio de Matutinos, se bendice ramos que los fieles llevan durante la celebración litúrgica como signo de su propia glorificación a Jesucristo como Salvador y Rey. Estos ramos generalmente son palmas, u otra clase de ramo disponible según la costumbre local.


Los fieles que llevan sus ramos y cantan sus himnos al Señor en el Domingo de Ramos, son juzgados de la misma manera que la multitud de Jerusalén. Fueron las mismas voces que exclamaron ¡Hosanna! a Cristo que, pocos días después, gritaron ¡Crucifícale!  Así, los fieles, mientras glorifican a Cristo con los “ramos de la victoria”, son sometidos a su juicio y entran junto con Él a los días de Su pasión voluntaria.


El canon del Domingo de Ramos


En el cielo sentado en un trono, en la tierra en un pollino


El canon del oficio del matutino del Domingo de Ramos en la tradición bizantina es atribuido a Cosme, himnógrafo bizantino de la segunda mitad del siglo VII, monje de San Sabas y obispo de Maiouma. El texto retoma el tema de la resurrección de Lázaro: "El Hades todo tembloroso, a tu mandato dejó andar a Lázaro, muerto de cuatro días, porque Tú, oh Cristo, eres la resurrección y la vida: en tí ha sido consolidada la Iglesia que aclama: Hosanna, bendito eres tú que vienes". La Iglesia que con los niños alaba a Cristo es la misma que sobre él, piedra angular, es fundada: "Bebe el pueblo de Israel en la dura roca desquebrajada de la cual a tu mandato brotó el agua: pero la roca eres Tú, oh Cristo, y sobre esta piedra ha sido consolidada la Iglesia".


Algunos troparios del canon subrayan que quien entra humilde sobre un pollino es también el Creador del cielo y de la tierra: "En el cielo sentado en un trono, en la tierra sobre un pollino, oh Cristo Dio, tú has acogido la alabanza de los ángeles y la aclamación de los niños: Bendito eres tú que vienes a llamar de nuevo a Adán del exilio. Viéndote sobre un asno, te contemplaban como sentado sobre los querubines, y por esto así te gritaban: Hosanna en lo alto de los cielos".


El poema pone en paralelo las aclamaciones de los niños en este domingo con su llanto cuando fueron degollados por Herodes: "Porque has encadenado el Hades, oh inmortal, matado la muerte y resucitado el mundo, con palmas te exaltaban los niños, oh Cristo, como vencedor. Los niños no serán más sacrificados por el niño de María ya que por todos, niños y ancianos, tú serás crucificado. La espada no se volverá más contra nosostros, porque tu costado será atravesado por la lanza. Por esto decimos exultantes: Bendito eres tú que vienes a re-llamar a Adán del exilio".


Mons. Manuel Nin


Traducción del original italiano: P. Salvador Aguilera López


LECTURAS


En Vísperas


Gén 49,1-2;8-12: Jacob llamó a sus hijos y les dijo: «Reuníos, que os voy a contar lo que os va a suceder en el futuro; agrupaos y escuchadme, hijos de Jacob, oíd a vuestro padre Israel. A ti, Judá, te alabarán tus hermanos, pondrás tu mano sobre la cerviz de tus enemigos, se postrarán ante ti los hijos de tu padre. Judá es un león agazapado, has vuelto de hacer presa, hijo mío; se agacha y se tumba como león o como leona, ¿quién se atreve a desafiarlo? No se apartará de Judá el cetro, ni el bastón de mando de entre sus rodillas, hasta que venga aquel a quien está reservado, y le rindan homenaje los pueblos. Ata su asno a una viña, y a una cepa, el pollino de la asna; lava su sayo en vino, y su túnica en sangre de uvas. Sus ojos son más oscuros que vino, y sus dientes más blancos que leche».


Sof 3,14-19: Así dice el Señor: «Alégrate hija de Sión, grita de gozo Israel, regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén. El Señor ha revocado tu sentencia, ha expulsado a tu enemigo. El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti, no temas mal alguno. Aquel día se dirá a Jerusalén: “¡No temas! ¡Sión, no desfallezcas!”. El Señor tu Dios está en medio de ti, valiente y salvador; se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo como en día de fiesta. Acabé con tu mal, con el peso de tu oprobio. En aquel tiempo me ocuparé de todos tus opresores; salvaré a los tullidos, reuniré a los dispersos, les daré alabanza y renombre».


Zac 9,9-15: Así dice el Señor: «¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna. Suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; romperá el arco guerrero y proclamará la paz a los pueblos. Su dominio irá de mar a mar, desde el Río hasta los extremos del país. En cuanto a ti, por la sangre de tu alianza, sacaré a tus prisioneros del pozo donde no hay agua. Volved de la fortaleza, prisioneros de la esperanza. Hoy mismo os lo anuncio: ¡voy a devolverte el doble! He tensado para mí a Judá, empuño como arco a Efraín; lanzo a los hijos de Sión contra los hijos de Yaván; te empuñaré como espada de héroe. El Señor aparecerá sobre ellos, su flecha saldrá como rayo; el Señor Dios tocará el cuerno, avanzará entre tormentas de bochorno. El Señor del universo los protegerá».


En Maitines


Mt 21,1-11;15-17: En aquel tiempo, cuando se acercaba Jesús a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, envió a dos discípulos diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto». Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta: «Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila”». Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!». Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando: «¿Quién es este?». La multitud contestaba: «Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea». Pero los sumos sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que había hecho y a los niños que gritaban en el templo «¡Hosanna al Hijo de David!», se indignaron y le dijeron: «¿Oyes lo que dicen estos?». Y Jesús les respondió: «Sí; ¿no habéis leído nunca: “De la boca de los pequeñuelos y de los niños de pecho sacaré una alabanza”?». Y dejándolos salió de la ciudad, a Betania, donde pasó la noche.


En la Liturgia


Flp 4,4-9: Hermanos, alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mí, ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros.


Jn 12,1-18: Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a los pobres?». Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando. Jesús dijo: «Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis». Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron no solo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos, por su causa, se les iban y creían en Jesús. Al día siguiente, la gran multitud de gente que había venido a la fiesta, al oír que Jesús venía a Jerusalén, tomaron ramos de palmeras y salieron a su encuentro gritando: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel». Encontrando Jesús un pollino montó sobre él, como está escrito: «No temas, hija de Sión; he aquí que viene tu Rey, sentado sobre un pollino de asna». Estas cosas no las comprendieron sus discípulos al principio, pero cuando Jesús fue glorificado, entonces se acordaron de que esto estaba escrito acerca de él y que así lo habían hecho para con él. Entre la gente que daba testimonio se encontraban los que habían estado con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro y lo resucitó de entre los muertos. Por esto, también le salió al encuentro la muchedumbre porque habían oído que él había hecho este signo.



Fuente: Cristianismo bizantino / Sagrada Biblia de la Conferencia Episcopal Española